El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) El Bosque que Respira
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El Bosque que Respira

Nadie sabe cuántos días habían pasado desde que llegaron al bosque, a ese refugio, pero ahí solo se habían limitado a comer y dormir lo más que podían, aun no tenían las fuerzas suficientes para continuar su camino. Nadie juzgo, todos estuvieron de acuerdo.

Cuando por fin lo hicieron, la lluvia ya no formaba parte del paisaje.

El primer paso sobre la hojarasca húmeda fue como romper un silencio muy antiguo.

El aire olía a musgo, a savia fresca y a un leve perfume floral que el viento arrastraba desde algún lugar oculto.

Los árboles, altos como catedrales, inclinaban sus copas en un movimiento apenas perceptible, y el bosque seguía apartándose para dejarles paso.

Lira caminaba al frente. No decía nada. Sus botas apenas hacían ruido y el cabello, recogido de forma descuidada, se movía con la brisa.

Lume la seguía a su lado, las astas brillando suavemente con destellos que parecían reflejar la luz filtrada entre las ramas.

Cada criatura que asomaba entre los arbustos —zorros de pelaje gris azulado, aves de plumas iridiscentes— detenía su marcha para observarla.

No huían, pero tampoco se acercaban demasiado.

Kael y Thoren avanzaban unos pasos detrás.

No había conversación, solo el sonido acompasado de tres pares de botas y cuatro cascos contra la tierra.

Kael revisaba el sendero, atento a cualquier cambio, mientras Thoren, sin decir palabra, recorría con la mirada los troncos retorcidos y las sombras entre ellos.

El bosque respiraba. No de forma figurada, sino como si un pulso invisible recorriera el suelo y subiera por las raíces. Cada tanto, un rayo de luz atravesaba la bóveda verde, pintando sus rostros con parches dorados. En esos instantes, el silencio no era incómodo: era un refugio.

En un claro, se detuvieron. El agua de un arroyo corría limpia sobre piedras cubiertas de musgo, y una bandada de pequeños pájaros blancos se posó cerca, cantando en un coro suave. Lira sonrió sin mostrar los dientes, apenas un gesto leve, pero suficiente para que Kael lo notara. No dijo nada.

Durante unos minutos, nadie se movió. Era como si los tres hubieran comprendido, sin acordarlo, que aquel lugar no debía romperse con palabras.

Siguieron caminando cuando el sol comenzó a descender, y el bosque volvió a cerrarse suavemente detrás de ellos, como si guardara en secreto que habían pasado por allí.