El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Huellas Calcinadas en el Mutismo
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Huellas Calcinadas en el Mutismo

Las ruinas de una casa estaban muertas. No por las grietas en los muros o el techo hundido, sino por esa quietud que no pertenecía a ningún lugar vivo.

Rykan se arrastró hasta un rincón donde los escombros servían de pared improvisada. Su respiración era corta, el dolor en el costado ardía cada vez que se movía. Tenía sangre seca en la frente y polvo incrustado en la piel.

Ignelion estaba ahí. Quieto, su figura encorvada contra el marco calcinado de una ventana. No hablaba. No lo miraba del todo. Se limitaba a vigilar, como si la destrucción afuera pudiera colarse por cualquier rendija.

Pasaron horas sin palabras. Solo el crujir ocasional de madera y el sonido de algo metálico rodando en las calles lejanas. Rykan cerró los ojos un instante y casi se duerme, pero una voz baja, áspera, lo arrancó de esa tregua.

“No fue la manera”

Rykan giró la cabeza, lento, sintiendo cómo el dolor le trepaba por la espalda. —¿Qué?

Ignelion no le devolvió la mirada. “Lo que hiciste… no era el camino”

No hubo reproche gritón, ni un ataque directo. Era más bien una sentencia pronunciada después de demasiado tiempo guardada.

—No había elección —murmuró Rykan.

Ignelion giró apenas la cabeza, lo suficiente para que sus ojos, oscuros como roca fundida antes del brillo, se clavaran en él. —“Siempre hay elección. Tu padre… él sí eligió. Eligió destruir a Nai’Zaar. No por defensa. No por necesidad. Por poder”

Rykan apartó la vista.

—Yo no fui parte de eso —dijo, con una voz que sonaba más débil de lo que pretendía.

—“Lo sé” —Ignelion se movió despacio, acercándose un paso—. “Ni yo ni tú alzamos la mano contra esa tribu. Yo te vi negarte. Vi cómo no pudiste atacar al titán de agua, ni a su gente”

Hubo un silencio breve. Solo se oía el viento pasar entre las grietas del techo.

“Fue eso lo que vi en ti “—continuó Ignelion—. “Algo distinto a la obsesión y al hambre de dominio que vi en tantos otros. Y por eso te di mi poder”

Rykan apretó la mandíbula. —No entiendes… No sabes lo que era estar ahí.

“Te vi” —replicó Ignelion, sin elevar la voz—. “Te vi asustado, sin saber qué hacer. Pero no mataste. Eso importaba”

Rykan quiso responder, pero lo único que encontró fueron frases huecas que se deshacían antes de llegar a la lengua.

“Después de eso, nos fuimos”—continuó el titán—. “Dejamos atrás a tu padre. Me dijiste que, si quería seguirte, lo hiciera. Que ninguno de los dos había participado en esa masacre. Y lo hice. Porque pensé que tal vez… había algo que proteger en ti”

Rykan se incorporó con esfuerzo, apoyando un brazo contra la pared. —¿Y ahora?

Ignelion lo miró como si ya hubiera tenido esta conversación antes, en silencio, mil veces. —“Ahora creo que me equivoqué”

Ese hueco en el pecho de Rykan no era dolor físico, pero pesaba igual. —Yo… intenté—

—“No” —lo interrumpió Ignelion—. “No intentaste lo suficiente. Fallaste una y otra vez. Y aun así… te di una oportunidad”

Rykan no respondió. No había defensa que no sonara vacía.

Ignelion se irguió por completo. Su sombra cubrió a Rykan en el rincón. —“Nuestros caminos se separan aquí. No puedo seguir protegiéndote, sabiendo que te estas convirtiendo en tu padre”

Por un instante, Rykan pensó que podría convencerlo. Pero no había grieta en esa voz. No había duda.

El titán dio media vuelta. Sus pasos fueron lentos, pero cada uno sonaba como si cerrara una puerta detrás de él. No miró atrás.

Rykan lo siguió con la vista hasta que la figura de Ignelion se desdibujó en la luz tenue que entraba por la ventana rota. El silencio volvió. Esta vez, no era la quietud de un lugar muerto… era algo peor.

Era la certeza de que ya no quedaba nadie. Rykan se dejó caer contra la pared. Escuchó, muy lejos, el eco de un rugido apagándose. Y cuando ese eco murió, lo único que quedó fue su propia respiración, áspera, perdida, dentro de un refugio que ya no protegía a nadie.