Lluvia Dormida
La tormenta había cedido, pero el bosque seguía llorando. Cada rama, cada hoja, cada raíz que sobresalía del suelo destilaba gotas lentas, formando charcos oscuros donde se reflejaba la luz opaca del amanecer.
Dentro del refugio improvisado, la noche había sido larga. Nadie habló, y cuando alguno cerró los ojos, no encontró descanso, sino destellos de fuego, gritos interrumpidos y rostros consumidos en segundos.
Thoren fue el primero en levantarse. No para salir, no para vigilar, sino porque ya no podía seguir quieto.
Caminó hasta la entrada, observando el bosque envuelto en neblina.
Su silueta, recortada contra el gris, parecía más grande de lo habitual, como si el peso de todo lo que cargaba lo hubiera endurecido todavía más.
—“Solo son niños creyéndose dioses… en sus manos llevan sangre inocente.” —dijo de pronto, su voz grave rompiendo el silencio.
Kael alzó la cabeza, sorprendido. Lira, que todavía estaba recostada con Lume a su lado, sintió cómo esas palabras le atravesaban como una flecha.
—Kirelya… —murmuró Lira.
Thoren no se giró, siguió mirando hacia el bosque.
—Nos lo dijo antes… y nunca quise escucharla. Creí que estaba equivocada. Creí que… nosotros éramos distintos.
Kael apoyó los codos en las rodillas, frotándose la cara con las manos.
—No es como si quisiéramos que esto pasara —respondió, su tono a la defensiva, pero sin fuerza real—. Nadie… nadie imaginó que la batalla llegaría a ese punto.
—Eso es lo que me preocupa —dijo Thoren, girándose al fin para mirarlos—. Que no lo imaginamos… pero pasó.
Lira apretó los labios, bajando la mirada. El eco de la frase de Kirelya seguía repitiéndose en su cabeza.
—Tal vez siempre tuvo razón —añadió Thoren, más bajo, como si le costara admitirlo.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez no era un muro, sino un puente incómodo que los conectaba en la misma verdad: que ninguno de ellos podía limpiar la sangre que llevaba encima, por más que intentara justificarse.
Lume proyectó un destello leve, como si quisiera suavizar el momento. Fue Lira quien rompió el silencio ahora, su voz más firme:
—No podemos quedarnos en eso. Si lo hacemos, todo lo que ellos hicieron… todo lo que dieron… no habrá servido de nada. Miko, Kirelya, Elsha, Syen… y todos los que se quedaron en esas ruinas… No podemos permitir que su sacrificio se pierda como el humo.
Kael la miró, el ceño fruncido.
—¿Y qué propones? —preguntó, no con hostilidad, sino buscando dirección.
—Que vayamos a la ciudadela —dijo Lira sin titubear—. Que terminemos con todo esto. No para vengarnos… sino para que nadie más muera así.
Thoren asintió lentamente.
—Si vamos… no es solo por ellos. Es por todos los que ni siquiera tuvieron la oportunidad de pelear. Y por los que viven y mueren ahí arriba, creyendo que no hay esperanza.
—Y después —añadió Kael, su voz más baja, pero con un filo de determinación—, iremos a acabar nuestra misión.
Lira lo miró sorprendida, pero no lo interrumpió.
—Ese monstruo no vagara por este mundo para siempre—continuó Kael—. Lo buscaremos… y lo detendremos.
Afuera, el bosque pareció escuchar. El viento movió las copas de los árboles con un susurro prolongado, y la neblina se desplazó lentamente, como si revelara un camino invisible entre la maleza.
No era un juramento dicho en voz alta, pero lo que quedó flotando entre ellos tenía el peso de una promesa. Un tributo silencioso a todos los que habían caído. Un paso decidido hacia una meta que no garantizaba su supervivencia… pero sí aseguraba que no serían meros sobrevivientes sin propósito.
Thoren salió del refugio y miró hacia donde, más allá del horizonte, la ciudadela invisible aguardaba.
—No será rápido. Ni fácil. Pero iremos.
Lira y Kael lo siguieron con la mirada, y Lume dio un último destello, como sellando la decisión.
La lluvia volvió a caer, fina y constante, pero esta vez no sonaba como llanto. Sonaba como una marcha lenta hacia la guerra.
Bajo el techo improvisado del refugio, con el crepitar lejano de la lluvia como único testigo, Kael salió tras Thoren. Sus pasos eran pesados, no tanto por el cansancio físico, sino por las palabras que llevaba días acumulando.
—Thoren… lo que hice allá… —empezó, su voz grave pero cargada de inseguridad—. No fue porque no confiara en ti. Fue porque pensé que, si me quedaba quieto, todos…
Thoren giró despacio, lo suficiente para que Kael viera el brillo frío y firme en sus ojos. —Kael… —lo interrumpió—. No importa lo que hiciste ni lo que dejaste de hacer.
Kael frunció el ceño, dispuesto a insistir, pero su hermano no le dio espacio. —No lo olvides… iré contigo hasta el fin del mundo. —Sus palabras fueron claras, sin peso dramático, como si fueran una verdad que siempre hubiera estado ahí—. Daría mi vida por ti sin pensarlo.
Por un instante, Kael se quedó inmóvil, con la garganta cerrada. Luego dio un paso adelante y lo abrazó, fuerte, como si temiera que Thoren pudiera desaparecer si lo soltaba. Thoren correspondió el gesto sin vacilar, con esa solidez que siempre lo había definido.
—Perdóname… perdóname por todo mi hermano— la disculpa de Thoren fue corta pero totalmente sincera, una disculpa que abarca todo lo dicho y lo no dicho.
Una lágrima se escapó del ojo de Kael, perdida en el hombro endurecido de su hermano. —Gracias… —murmuró, apenas audible.
Thoren apretó un poco más el abrazo, y sin necesidad de más palabras, Kael entendió tenía frente a él a un líder y que nunca había estado solo… y nunca lo estaría.
Después Thoren caminó hacia donde Samvarg y Valgor descansaban, agachó la cabeza ante ellos.
—Gracias —dijo, directo—. Por no soltarme.
Samvarg inclinó su cráneo helado, su voz mental retumbó en todos.
“Siempre estaremos, mientras tú sigas de pie” Valgor añadió, grave: “Tu fuerza no es solo tuya, Thoren. Es nuestra”
Lume apareció detrás de Lira, su luz suave atravesando la cortina de lluvia. Thoren pasó la mano por el lomo del guardián, y Lume respondió aumentando el brillo, como aceptando el gesto.
Sus ojos se encontraron con los de Lira. Ella lo observaba, cansada, mojada, pero con una calma que no había tenido en días. Thoren se acercó, y sin romper la mirada, levantó con suavidad su barbilla.
—Vuelve a mí siempre.
No fue un mandato ni una súplica. Fue una certeza. Lira cerró los ojos y acortó la distancia, y sus labios se encontraron con un beso lento, sincero, que no necesitó más que ese instante. La lluvia siguió cayendo, pero en ese momento, ninguno la sintió.
El beso se rompió con naturalidad, sin prisa, como si ambos entendieran que no hacía falta prolongarlo para que quedara grabado. Lira mantuvo la frente apoyada en la de Thoren, su respiración tibia mezclándose con la suya.
—No pienso irme —susurró ella. Thoren asintió, y sus manos, aún ásperas por la piedra fundida, se retiraron lentamente.
Kael, que los observaba desde unos pasos atrás, esbozó una sonrisa breve, cansada, antes de volver la vista hacia el bosque cerrado y húmedo que los rodeaba. —Mañana decidimos la ruta —dijo, como si así cerrara el momento—. Aún tenemos que llegar a la ciudadela.
Samvarg dio un paso adelante, sus garras hundiéndose en la tierra blanda, y Valgor lo siguió, moviéndose con una lentitud que imponía respeto. Lume permaneció cerca de Lira, irradiando un calor tenue que contrastaba con el aire frío que la lluvia traía desde las copas de los árboles.
Thoren se volvió hacia todos, midiendo con la mirada cada rostro. —Esta vez —dijo— no fallaremos. No lo dijo como un juramento vacío, sino como una orden silenciosa a sí mismo, una promesa que lo ataba a cada uno de ellos.
Fuera del refugio, la lluvia se intensificó, golpeando hojas y ramas con un sonido que tapaba cualquier eco distante de la ciudad que habían dejado atrás. No hablaron más esa noche. No era necesario.
Pero en el silencio, cada uno guardaba su propio peso, y en el centro, Thoren, con la serenidad de alguien que había dejado atrás la impulsividad, ya no parecía solo el más fuerte… sino el que marcaba el camino.