Bajo la Lluvia, los Nombres Perduran
La lluvia caía como un manto pesado sobre el bosque. No era una tormenta violenta, sino un llanto constante del cielo, como si incluso la naturaleza se uniera al duelo. Las hojas empapadas susurraban con cada gota, y el suelo blando tragaba lentamente las huellas de los que aún quedaban con vida.
Ese mismo día, en medio de un claro, Kael, Thoren y Lira permanecían en silencio.
Sus ropas estaban desgarradas, ennegrecidas por el humo y manchadas por la sangre que ya no sabían si era propia o ajena.
A su alrededor, los titanes —Samvarg, Valgor y Lume— observaban solemnes, con esa calma imponente que solo los gigantes podían transmitir.
Frente a ellos, habían colocado lo poco que quedaba de los caídos: prendas chamuscadas, pequeños objetos, trozos rescatados por los titanes de entre las ruinas.
No había cuerpos que enterrar; el fuego de Rykan lo había consumido casi todo.
Pero los nombres, los recuerdos, esos no habían sido borrados.
Thoren dio el primer paso hacia adelante. Sus manos temblaban, no de frío, sino de impotencia. Tomó entre sus dedos una pequeña flor azul, haciendo alusión a una bufanda que alguna vez había pertenecido a Miko. Se arrodilló frente al improvisado altar y cerró los ojos.
—Miko… —su voz se quebró apenas al pronunciar el nombre—.
Dijiste que el mundo era enorme, que querías verlo entero…
y yo no pude protegerte ni siquiera un día más.
—Sus labios temblaron y por un instante no pudo continuar.
Samvarg se acercó, apoyando suavemente su hocico junto al muchacho, cubriéndolo con el vapor helado de su aliento—.
No serás olvidado, pequeño. No mientras yo respire.
Kael se adelantó, con lágrimas corriendo junto con la lluvia por sus mejillas. Colocó una flor blanca, encontrada entre los charcos del bosque.
—Kirelya —susurró, con voz rota pero cálida—. Madre fuerte, madre buena… no merecías ese final. Tú creías en la vida, en el amor, incluso en medio de este mundo roto. Yo… yo me aferro a tus palabras, a tu fe en que todavía hay bondad en nosotros.
Lira permanecía rígida, los puños apretados. Miraba fijamente los restos ennegrecidos de un bastón: el de la anciana Elsha. Se inclinó, lo recogió y lo sostuvo en alto.
—Elsha… me enseñaste que la fuerza no es solo músculo. Que la verdadera fortaleza está en soportar lo insoportable y aun así sonreír. No pude salvarte… —su voz se endureció, pero un brillo húmedo apareció en sus ojos—. Pero juro que tu valentía nos acompañará hasta el final.
El titán Valgor avanzó entonces, cada paso resonando con un eco grave.
Se inclinó, el enorme bisonte de tierra bajo la cabeza hasta casi tocar el suelo.
De su garganta brotó un sonido profundo, un mugido prolongado que vibró en el aire como un canto fúnebre.
Era un llamado a la tierra misma, un reconocimiento solemne de los que habían regresado al polvo.
Lume, la criatura de luz y esperanza, extendió unas alas translúcidas.
Cada gota de lluvia que tocaba su cuerpo chispeaba en destellos suaves, como si las lágrimas del cielo se convirtieran en estrellas al contacto con ella.
Su luz era un idioma incomprensible, pero el sentimiento era claro: un canto de consuelo, como arrullando las almas hacia la calma.
Kael se giró hacia el grupo, con el rostro endurecido pero la voz aún trémula.
—Todos… todos ellos fueron más valientes que nosotros. Resistieron hasta el final, aún sabiendo que no había escapatoria. No podemos permitir que sus nombres se pierdan.
—Kirelya. —Elsha. —Syen. —Miko. —Y todos los demás… —agregó Lira, con un sollozo.
Thoren, apretando los dientes, completó:
—Ellos… son la resistencia. La verdadera.
La lluvia arreció por un instante, como si el cielo respondiera a las palabras.
Thoren levantó la “bufanda” de Miko una vez más y la coloco en la rama más alta del altar improvisado. Lira dejó la flor a los pies, y Kael clavó el bastón de Elsha en el suelo, firme, como un estandarte silencioso.
Samvarg aulló hacia el cielo gris, un sonido desgarrador que atravesó el bosque y heló la sangre de los presentes. Era un grito de luto, pero también de promesa.
El silencio volvió después de ese eco. Solo la lluvia.
Kael, con voz baja, pronunció la despedida final:
—Hoy no lloramos porque los perdimos. Lloramos porque nos mostraron que todavía vale la pena luchar.
Nadie respondió. No hacía falta.
Allí, bajo la lluvia, el bosque entero pareció inclinarse al peso de los nombres pronunciados. Y aunque la guerra aún rugía más allá de aquellos árboles, por un instante, todos supieron que los caídos seguirían marchando a su lado.