Refugio en el Bosque
El bosque los recibió con un silencio distinto al de la ciudad muerta.
No era un silencio de muerte… sino de espera.
El susurro apagado de las hojas, movidas por el viento húmedo, se mezclaba con el golpeteo constante de la lluvia sobre la copa de los árboles.
Cada gota que caía parecía llevarse consigo un poco del hollín que todavía cubría sus cuerpos y armaduras.
No habían querido pasar la noche en las ruinas. Nadie lo dijo en voz alta, pero todos sabían que quedarse allí era como dormir en la boca de un cadáver. Así que caminaron hasta que la línea negra del humo quedó atrás, y el verde profundo del bosque se cerró a su alrededor como una muralla viva.
Thoren, sin pronunciar palabra, fue el primero en mover las manos y hacer que la tierra respondiera.
Troncos caídos se alzaron como columnas sin paredes, rocas planas se acomodaron formando una base sólida.
Kael siguió, congelando un tramo de tierra fangosa para reforzar el piso, mientras Lira dejaba que raíces gruesas se enroscaran sobre la estructura, amarrando todo con la firmeza de la naturaleza.
El viento, invocado por ella misma, cerró el refugio con un techo denso de hojas y ramas que filtraba la lluvia sin sofocar el aire.
Lume se quedó cerca de la entrada, proyectando una luz suave que, bajo la tormenta, parecía aún más cálida. Sus destellos subían y bajaban de intensidad, como si respirara junto a ellos.
Samvarg y Valgor, todavía con quemaduras frescas, se recostaron a un lado del refugio.
El lobo de hielo cerró los ojos por primera vez desde la batalla, dejando que el agua fría le cayera encima sin moverse.
Valgor, con su respiración profunda y grave, parecía una roca inmensa a punto de desmoronarse, pero su sola presencia daba una sensación de fortaleza al lugar.
Dentro, el aire estaba cargado de un olor húmedo, a tierra viva y madera recién rota. La luz verde de Lume entraba a través de las raíces que formaban las paredes, bañando todo con un resplandor tranquilo.
Lira entró al último. Sus manos aún temblaban, no por frío, sino por el agotamiento de haber usado hasta la última chispa de energía para sanar a los titanes. Lume la había asistido, canalizando parte de su luz, pero eso solo evitó que colapsara en el acto.
Al cruzar el umbral improvisado, vio a Kael sentado contra una pared, las piernas extendidas y la cabeza hacia atrás, dejando que la respiración pesada le moviera el pecho.
Frente a él, Thoren permanecía sentado en silencio, los brazos cruzados, mirando el suelo como si pudiera leer algo escrito en la tierra.
No había discusión. No había voces alzadas. Solo la lluvia afuera, y el eco de todo lo que ya no estaba.
Lira caminó despacio hacia el centro del refugio y dejó caer de agotamiento. No dijo nada. Simplemente se arrodilló, cerró los ojos y dejó que el sonido de la tormenta la envolviera.
El cansancio era una capa densa sobre todos.
Nadie intentaba romperlo con palabras inútiles.
Cada uno estaba atrapado en sus propios pensamientos, repasando rostros que ya no verían, gritos que no podían olvidar, y la sensación de que, aunque habían sobrevivido, algo dentro de ellos se había quedado atrás… carbonizado junto a las ruinas.
En algún momento, Lume se acercó a Lira y apoyó su luz sobre su hombro.
Ella, sin abrir los ojos, dejó escapar un suspiro.
Kael miró a su hermano, esperando encontrar algo de la furia de antes…
pero lo que vio fue distinto. Thoren parecía de piedra, no por sus poderes, sino por decisión. Inmóvil. Inaccesible.
La lluvia se convirtió en tormenta, golpeando el techo vivo del refugio como un tambor constante. El agua resbalaba por las paredes de raíces y piedra, filtrándose en hilos finos que caían en silencio sobre el suelo. Los truenos rugían a la distancia.