El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Lluvia Muerta que Respira
84%

Lluvia Muerta que Respira

Cuando la ola pasó, el silencio volvió. No porque hubiera calma… sino porque ya no quedaba nada que gritara.

La ciudad era un páramo llameante. Todo seguía ardiendo. Columnas de fuego se elevaban donde antes había calles. Las raíces carbonizadas sobresalían de la tierra como huesos. El aire estaba saturado de ceniza y olor a carne quemada.

Ya no quedaban drones sobrevolando los cielos, ni el zumbido metálico de las naves drenadoras. Solo humo… y el crujido sordo de ruinas aún incandescentes. La ciudad abandonada era ahora un cadáver abierto bajo un cielo gris, su aire tan cargado de ceniza que cada respiración quemaba la garganta.

El suelo, ennegrecido y blando por el calor, se hundía levemente bajo cada paso.

A lo lejos, el perfil de Valgor y Samvarg se recortaba contra la bruma, avanzando con un paso más lento de lo normal.

Las cicatrices recientes brillaban como brasas apagadas en sus cuerpos masivos.

Lume, a diferencia de ellos, todavía estaba erguido junto a Lira, su luz oscilando débilmente, pero sin señales de haber sido drenado.

Thoren no dijo una palabra. Estaba de pie, inmóvil, con la piedra fundida a su piel como una armadura rota.

Sus ojos, antes cargados de rabia, eran ahora un vacío frío y calculador.

No buscó a Rykan, no lo insultó, no exigió explicaciones.

Solo lo miraba, como si ese silencio fuera más pesado que cualquier amenaza.

Rykan estaba arrodillado entre escombros, con la piel cubierta de hollín y sangre seca en la comisura de los labios.

El calor residual aún emanaba de su cuerpo, pero era irregular, errático.

Ignelion se mantenía a unos metros detrás de él, su respiración de lava densa y pesada, como si cada inhalación le costara energía vital.

Samvarg y Valgor fueron los primeros en acercarse a Thoren. El bisonte bajó la cabeza, y su voz resonó en la mente de todos los presentes.

“Fue… necesario” —dijo Valgor, con un tono grave y cansado—. “Si no hubieras detenido a Rykan, no quedaría ni este suelo bajo nuestros pies”

Thoren no respondió. Ni siquiera asintió. Samvarg intervino, su tono más áspero:

“Ese fuego no era solo de él… lo sostenía con el odio”

Ignelion bajó la mirada, y por primera vez habló, su voz de roca volcánica quebrándose.

“Yo… lo siento.” Se tomó un segundo para que el humo en su garganta cediera y su voz resonara con claridad.

“No pude detenerlo… ni protegerlos de lo que vendría. Incluso antes de que la ciudad ardiera, yo… maté al pequeño que llamaban. Miko” —Sus ojos incandescentes buscaron a Lira, y su voz perdió dureza—.

“Fue un accidente… y me arrepiento. Pero eso no quita que lo hice. Y cuando el fuego comenzó, no dudé en atacar a quienes me enfrentaran, porque creí que así protegería a mi portador. Me equivoqué” —Enderezó el cuello, imponente, pero sin ocultar el peso en sus palabras—. “Nada justificará lo que ocurrió aquí”

Rykan no se movió. No dijo nada. Solo tragó saliva, los ojos fijos en el suelo.

Kael y Lira finalmente se acercaron, tambaleantes.

La piel de Kael estaba cubierta de quemaduras enrojecidas, y cada paso era un esfuerzo.

Lira, todavía con su respiración entrecortada, dejó que Lume proyectara un halo suave que empezó a curar las heridas de su hermano de hielo. Luego fue hacia Thoren.

—Te sanaré —dijo ella, con voz firme.

—Estoy bien —respondió Thoren, cortante, sin mirarla—. Sana a Kael.

Lira lo estudió un segundo más, y comprendió que no iba a insistir. Pero en cambio, le devolvió la pregunta:

—¿Y tú? ¿Estás bien?

—No importa —contestó él, con la misma seriedad—. ¿Tú lo estás?

Ella no respondió. No podía.

Sus ojos se desviaron entonces hacia Rykan, sentado entre piedras y metal retorcido.

Tenía cortes profundos, fracturas expuestas y quemaduras que parecían a punto de abrirse más con cada movimiento.

Ignelion lo observaba en silencio, y Lira dio un paso hacia él.

Cuando estuvo lo bastante cerca, se volvió hacia Thoren, como pidiendo una señal.

Él la sostuvo con la mirada un instante, antes de decir:

—Haz lo que tengas que hacer.

Lira apretó la mandíbula. El recuerdo de Kirelya y Elsha, quemadas vivas, la idea de que mataron a Miko estaban demasiado frescas. Se agachó frente a Rykan, y su voz salió como un susurro cargado de veneno.

—Kirelya me miró a los ojos antes de morir… y gritó mi nombre. Elsha se quemó protegiendo a otros, mientras tú seguías alimentando ese maldito fuego. —Su voz temblaba, pero no de miedo—. No se trató solo de ganar. Tú decidiste matar a todos.

En ese momento, Kael dio un paso adelante, con el rostro endurecido.

—¿Por qué? —preguntó, sin gritar, pero con una frialdad cortante—. Dime por qué hiciste esto. Quiero escucharlo de tu boca. ¿Fuiste tú el que mato a Nai’Zaar, verdad?

Rykan alzó la vista un segundo, y volvió a bajarla. No abrió la boca. No emitió un solo sonido.

—Ni una palabra… —Lira negó con la cabeza, una lágrima escapando, aunque su rostro seguía endurecido—. No sé si eres un monstruo o solo un cobarde.

Aun así, posó las manos sobre él, y una luz verde brotó, cerrando apenas las heridas más mortales, dejando todo lo demás intacto: huesos fracturados, carne desgarrada, quemaduras abiertas. Lo suficiente para que no muriera… pero también para que recordara cada segundo del dolor.

Cuando terminó, se puso de pie sin mirarlo de nuevo. Ignelion, en cambio, bajó la cabeza hacia ella.

“Gracias… aunque no lo merezca”

Lira no respondió.

Los tres portadores se reagruparon en medio de un silencio roto solo por el chisporroteo de madera y metal en la distancia. Kael fue el primero en decirlo:

—Ya no queda nada. Ni un alma… ni una máquina.

Lira miró hacia el horizonte, donde algunos edificios aún ardían y los restos de árboles centenarios caían como antorchas negras.

—El cuervo… se fue. —Su voz era apenas un hilo.

Thoren habló entonces, con un tono que no era de propuesta, sino de sentencia:

—La ciudadela. —Se volvió apenas hacia ellos—. Vamos a terminar esto de raíz.

—Y después… —añadió Kael, con los ojos fijos en las brasas—. Vamos por el Errante. Aunque cada vez quedan menos titanes aliados—. Concluyo mirando a Ignelion y su portador.

Rykan, inmóvil entre escombros, levantó ligeramente la cabeza. No preguntó nada. No interrumpió. Pero cada palabra quedó grabada en su memoria como un eco distante.

El cielo, hasta entonces pesado y seco, dejó caer las primeras gotas. La lluvia apagaba las brasas más pequeñas, liberando un vapor espeso que envolvía a todos. Lira no soportaba un minuto más estar ahí y dio el primer paso hacia el norte.

Era momento de irse.

Kael se detuvo frente a Rykan, la lluvia empezando a marcar pequeñas huellas oscuras en la ceniza que lo cubría todo. Su voz era grave, baja, pero con un filo que cortaba.

—Podrías haberlo detenido… —dijo sin apartarle la vista—. No tenías que arrasar con todos.

Rykan, arrodillado aún, no parpadeó. El agua resbalaba por su rostro ennegrecido, mezclándose con la sangre seca. No contestó.

Lira avanzó un paso, el mismo que necesitó para sentir la incomodidad de estar tan cerca. Su tono fue más ácido que el de Kael, más directo.

—No era la manera. —Apretó los puños—. Si querías probar algo… solo probaste que no vales más que los que dices despreciar.

El silencio posterior fue espeso, roto solo por el golpeteo de la lluvia sobre metal retorcido.

Thoren, unos metros detrás, no dijo nada… pero se movió. Un solo paso fue suficiente para que su presencia llenara todo el espacio. Su mirada fue primero hacia Ignelion, esa mezcla de respeto y advertencia que solo un titán podía entender. Luego, lentamente, bajo hasta Rykan.

Era una mirada sin gritos, sin insultos, pero que llevaba más peso que cualquier amenaza verbal. Era la promesa de que, si se cruzaban otra vez bajo el mismo cielo, uno de los dos no saldría vivo.

Ignelion, pese a su tamaño, inclinó la cabeza apenas, como aceptando ese mensaje. Rykan, en cambio, no retrocedió. Levantó el mentón con un orgullo obstinado, la respiración irregular pero desafiante. Su gesto no decía "lo siento", sino "hazlo, si puedes".

La tensión se estiró un instante más, como si el aire mismo se negara a moverse… hasta que Kael tocó el brazo de Thoren, y este, sin una palabra, se giró para irse.

Rykan los vio alejarse, su silueta difuminándose entre la ceniza y la lluvia. Sus labios no se movieron, pero en su interior ya sabía que aquello no había terminado. No para él. No para Thoren.

La lluvia siguió cayendo, apagando los últimos rescoldos… pero el fuego entre ambos acababa de encenderse.