Thoren vs Rykan – El Infierno Encuentra a la Piedra #2
Samvarg gruñó bajo, sin palabras, como si presenciar aquello le removiera algo más profundo que el instinto de batalla.
Cada segundo que pasaba, las llamas de Rykan se reducían. No porque no quisiera arder… sino porque estaba usando todo su poder para defenderse. El fuego se replegaba, concentrándose en un círculo estrecho alrededor de su cuerpo, y aun así, no podía frenar los ataques de Thoren.
Las paredes se partían. Los escombros se desmoronaban. Y Rykan, el portador del fuego implacable, se veía reducido a un hombre jadeante, cubierto de sangre y hollín, intentando mantenerse en pie ante el peso inamovible de la tierra.
Rykan apenas podía mantenerse en pie. Sus rodillas temblaban, no por el calor —al que estaba acostumbrado— sino por el dolor que le atravesaba cada hueso. La sangre le corría por un costado y se mezclaba con el sudor, cayendo en gotas oscuras que se evaporaban al instante sobre el suelo abrasado.
Thoren no se detuvo.
Su respiración era profunda, como si estuviera absorbiendo el aire caliente y devolviéndolo en forma de fuerza pura. La piedra que lo cubría ya no era una simple armadura: se había fundido a su piel, agrietada y ennegrecida, pero más sólida que nunca.
Avanzó.
Cada paso levantaba pequeñas ondas en el pavimento derretido. Cada paso acortaba la distancia que separaba a la presa del cazador.
Rykan apretó los dientes y lanzó un estallido de fuego concentrado. Una columna ardiente, lo bastante potente como para atravesar el casco de una nave, brotó de su brazo derecho.
Pero Thoren lo esperaba. Giró el torso, dejó que el fuego lamiera la piedra de su hombro y avanzó dentro de las llamas, como un muro vivo que no podía ser empujado.
El fuego se extinguió antes de que Rykan pudiera generar otro. La sombra de Thoren lo cubrió.
Una mano de piedra cerrada como un torno se clavó en su pecho, empujándolo hacia atrás. Antes de que pudiera reaccionar, Thoren lo levantó del suelo y lo lanzó contra un muro derruido. El impacto lo dejó aturdido… pero Thoren no esperó.
Se impulsó con una plataforma de roca, saltó sobre él y, en pleno aire, lo agarró de la nuca para estrellarlo contra el suelo y lo llevo así por varios metros. El pavimento se partía en un cráter humeante.
Rykan intentó rodar… Thoren lo agarró por el brazo, lo giró y lo usó como un látigo para romper lo que quedaba de un edificio cercano. Los ladrillos y vigas llovieron alrededor de ambos, el estruendo cubriendo cualquier otro sonido.
Ignelion impotente rugió, con lava goteando de su mandíbula. Dio un paso hacia su portador, pero una muralla de roca se alzó frente a él, separándolo. Intentó romperla, pero otra pared se levantó detrás. Thoren lo había encerrado. Ni siquiera un titán podía atravesar ese cerco a tiempo.
Rykan estaba solo.
Golpe tras golpe
Thoren lo atrapó de nuevo. Un codazo en las costillas. Un puño en el estómago que lo hizo doblarse. Un rodillazo ascendente al mentón que lo levantó del suelo.
Antes de que pudiera caer, Thoren saltó, lo agarró de los tobillos y lo estrelló de cabeza contra la tierra. Las grietas se extendieron como una telaraña a su alrededor.
Rykan tosió sangre, su respiración rota en jadeos desesperados. Sus ojos, abiertos de par en par, ya no mostraban rabia… solo miedo puro.
Thoren se inclinó sobre él, con la sombra de su cuerpo cubriéndolo. No dijo una palabra.
Alzó ambos puños y los juntó en un solo bloque de piedra y carne. Luego los dejó caer con toda la fuerza acumulada.
El golpe fue tan brutal que el cráter se profundizó un metro más, tragándose a Rykan en una nube de polvo, brasas y escombros. Las ondas sísmicas se sintieron hasta donde Kael y Lira estaban, sacudiendo los restos de la ciudad como si un titán hubiera pisado con furia.
Rykan, jadeante, trató de levantarse. Sangre, sudor y ceniza se mezclaban en su rostro. Thoren se acercó, paso a paso, hasta estar sobre él.
Lo tomó por la cabeza y lo levantó solo para estrellarlo una vez más contra el suelo, incrustándolo entre losas rotas y hierro retorcido. La onda del impacto recorrió la calle, apagando por un momento el rugido del fuego cercano.
Rykan no murió. Pero no volvió a levantarse, estaba destrozado. Ignelion, débil, se acercó hasta él, sin fuerzas para más que cubrirlo con sus garras de lava agrietadas.
Thoren se quedó de pie, respirando con dificultad, su cuerpo expuesto y quemado, su escudo reducido a placas sueltas. Pero no retrocedió. No dijo nada.
Solo miró a Rykan… como un cazador que ha atrapado a su presa.
No celebró. No gritó. Solo respiró hondo, giró la cabeza, y miró hacia donde estaban sus amigos, asegurándose de que seguían con vida.
A su espalda, Rykan quedó tirado, roto. El fuego había cesado… pero el infierno seguía ardiendo en la tierra.
Después de la Cacería.
El estruendo de los golpes se apagó poco a poco, como una tormenta que había gastado todo su poder. El polvo flotaba en el aire, mezclado con cenizas que se pegaban a la piel y a las grietas de la piedra que cubría el cuerpo de Thoren.
El silencio que quedó no era paz. Era el silencio del infierno después de devorar todo lo que tenía a su alcance.
Rykan yacía dentro del cráter, su cuerpo encorvado, su respiración errática.
Thoren permaneció de pie unos segundos más, inmóvil. El calor que lo rodeaba era sofocante, pero no provenía solo del fuego: era el calor del esfuerzo, de la rabia drenada hasta la última gota.
Bajó la vista a sus manos. La piedra estaba resquebrajada, fundida con carne quemada. No podía distinguir dónde terminaba una y empezaba la otra.
Un sonido lejano le devolvió la atención.
Samvarg y Valgor, apenas en pie, observaban la escena desde la distancia, sus cuerpos aun temblando por el drenaje de energía.
Kael estaba encorvado, con una mano en el suelo, intentando levantarse.
Lira, protegida bajo un escudo a medio colapsar, lo miraba con los ojos abiertos de par en par.
No entendía cómo Thoren seguía vivo. Nadie lo entendía.
Thoren dio un paso hacia ellos. Solo uno.
El suelo crujió bajo su peso, y con ese simple movimiento, el eco de la pelea terminó de apagarse.
Rykan seguía respirando. El fuego había cesado, pero el olor a carne quemada, metal fundido y piedra partida seguía flotando como una nube venenosa.
Por un instante, no hubo drones. No hubo naves. No hubo gritos.
Solo el humo, el calor, y la sensación de que el mundo entero contenía la respiración, esperando el siguiente movimiento.