Thoren vs Rykan – El Infierno Encuentra a la Piedra
El aire ardía. Literalmente.
Lira respiraba con dificultad bajo el escudo pétreo de Thoren.
Cada inhalación era un puñal caliente en los pulmones.
Kael, a su lado, temblaba de agotamiento, los ojos entrecerrados mientras Samvarg, a lo lejos, seguía resistiendo, aunque la piel de hielo del titán ya mostraba grietas oscuras.
Valgor, jadeante, se inclinaba sobre sus patas, su lomo cubierto de heridas incandescentes, protegiendo con todo lo que quedaba de su fuerza a su portador.
El calor lo impregnaba todo, como si estuvieran dentro de un horno que cerraba sus puertas sobre ellos.
El escudo de Thoren empezaba a deformarse, la piedra ablandándose, su superficie brillando por el calor.
Lume estaba frente a ellos, cubriendo la última brecha…
y su cuerpo comenzaba a incendiarse. Sus placas naturales, verdes y vivas, se convertían en brasas encendidas. Cada destello de su luz era más débil.
Thoren apretó los dientes. Sus ojos dejaron de mirar alrededor. No vio más el caos, ni el cielo rojo, ni los drones fundiéndose en el aire. Solo vio a Rykan.
Ignelion, detrás de su portador, se arqueaba y se defendía de las llamas que él mismo provocaba. Rykan no gritaba. No mostraba odio. Solo una fría determinación… y un cansancio cada vez más evidente.
Thoren giró su rostro, vio a Lira bajo su sombra, su rostro tenso y cubierto de sudor. Kael, apenas consciente, sostenía una capa de hielo que se derretía tan rápido como la creaba. No había más tiempo.
Se agachó, posó una mano sobre el hombro de Lira y otra sobre el de Kael. La tierra bajo ellos vibró, y un nuevo escudo se formó alrededor, grueso, compacto, alimentado por la última reserva de su fuerza.
—No se muevan… —murmuró, su voz grave y afilada—. No lo derriben… pase lo que pase.
Se incorporó. Y comenzó a caminar.
Cada paso de Thoren sonaba como un golpe de tambor en medio del silencio roto por el rugido del fuego.
El calor pegaba contra su piel como un enjambre de agujas ardientes, pero la piedra que lo cubría se fundía con su carne, endureciéndose, adaptándose a cada embate térmico.
Ya no era solo un hombre cubierto de roca: parecía una estatua viviente, una montaña en movimiento.
Su visión era casi nula. Entre las llamas y el humo, apenas distinguía las siluetas deformes que bailaban frente a él. Pero no necesitaba ver con los ojos: sabía dónde estaba Rykan. Podía sentir la vibración de sus pasos a través de la tierra quemada.
Samvarg y Valgor, a lo lejos, lo llamaban en su mente, sus voces distorsionadas por el dolor. Estaban cayendo, pero él no podía ir a ellos. Su objetivo era otro. Su enemigo estaba ahí.
A cada paso, el suelo bajo Thoren se agrietaba, y pequeñas ondas sísmicas se extendían como si anunciara su llegada.
Rykan estaba de espaldas, con los brazos aún extendidos, sus llamas extendiéndose como un último estallido de rabia contra todo lo que lo había arrastrado hasta ese infierno. No sonreía. No disfrutaba. Solo quería acabarlo todo.
Cuando sintió la vibración detrás de él, giró la cabeza. Y lo vio.
Thoren, avanzando lento, el fuego lamiendo su armadura pétrea sin poder romperla. Su rostro era un bloque de concentración y furia contenida, sin gritos, sin amenazas. Solo venía por él.
Esto obligo a Rykan a darse media vuelta para quedar de frente a Thoren.
Por primera vez, Rykan frunció el ceño. Por primera vez… titubeo.
—¿Cómo… puedes seguir de pie? —escupió, incrédulo.
Thoren no respondió, ambos se quedaron viendo por unos instantes. El suelo bajo ellos comenzó a temblar.
El primer golpe fue como un trueno que Rykan no se esperaba. Thoren embistió sin previo aviso, un muro de piedra que se incrustó en el pecho de Rykan y lo lanzó hacia atrás contra un edificio medio derrumbado. El impacto pulverizó los muros, levantando una nube de polvo ardiente.
Antes de que el polvo cayera, Thoren ya estaba encima de él. Sus puños bajaban como martillos, rompiendo la defensa de Rykan antes de que este pudiera siquiera formar un contraataque. Cada impacto sacaba chispas de la armadura de Rykan, cada choque arrancaba pedazos de su protección.
Ignelion intentó interponerse. Thoren lo vio de reojo y levantó un muro de piedra que lo empujó con violencia hacia atrás, dejándolo aturdido y sin espacio para ayudar a su portador.
Rykan intentó lanzar un torrente de fuego directo a su rostro. Thoren giró la cabeza, el chorro le arrancó fragmentos de piedra, exponiendo carne chamuscada… pero ni siquiera parpadeó.
Lo agarró por el cuello, lo levantó del suelo y lo estampó contra el pavimento con tal fuerza que se abrió un cráter. Rykan intentó rodar para escapar. Thoren levantó una columna de piedra detrás de él, bloqueando la salida, y le dio un rodillazo que lo devolvió al centro del combate.
Así comenzó la cacería.
Era un baile brutal y unilateral. Cada vez que Rykan intentaba retroceder, Thoren ya estaba ahí.
Cada vez que trataba de ganar distancia, una muralla de tierra le cortaba el paso.
Cada vez que levantaba un brazo para atacar, Thoren lo atrapaba y lo usaba para estrellarlo contra el suelo o contra un resto de edificio.
Rykan ya no se movía con frialdad. Ahora se movía con urgencia. Con miedo. Por primera vez, parecía humano.
Los ojos de Thoren eran dos brasas heladas. No había placer, solo determinación. Cada golpe que daba parecía calcular no solo el daño, sino el lugar exacto para quebrar resistencia y voluntad al mismo tiempo.
El fuego todavía rugía alrededor, pero ya no era una tormenta sin control. Rykan, obligado a concentrarse en su supervivencia, había reducido el infierno a un círculo de calor insoportable en el que solo él y Thoren existían.
El mundo se había encogido hasta convertirse en ese campo de batalla, y en ese espacio reducido… la piedra dominaba al fuego.
Golpe tras golpe
Rykan retrocedía. Thoren avanzaba.
No había espacio para respirar, ni distancia que mantener. Cada vez que Rykan intentaba ganar terreno, la tierra misma se levantaba como un muro sólido, cerrando cualquier escape. Si intentaba saltar sobre los escombros, una columna de piedra lo empujaba de regreso al suelo.
Thoren no atacaba con furia ciega. Lo hacía con precisión quirúrgica.
Un golpe directo a las costillas, donde sabía que la armadura estaba agrietada.
Un puñetazo ascendente al mentón, lo justo para desorientarlo sin matarlo.
Un empuje en el hombro, torciéndolo para exponer su costado y hundirle un rodillazo que lo dejaba sin aire.
Cada impacto levantaba polvo, fragmentos de roca y chispas que se confundían con brasas.
Ignelion, viendo a su portador sometido, desplegó sus garras de lava y se lanzó contra Thoren.
Pero la respuesta fue inmediata: un pilar de piedra surgió bajo sus patas delanteras, levantándolo por el aire, y antes de que pudiera reaccionar, Thoren lo golpeó con una ola de rocas que lo arrojó varios metros atrás, haciéndolo rodar por el pavimento abrasado.
Ignelion rugió, pero no volvió a acercarse. Sabía que, en ese momento, Thoren estaba en un estado en el que incluso un titán podía quedar reducido a escombros.
Rykan intentó otro ataque desesperado: un estallido de fuego concentrado hacia el rostro de Thoren. El impacto arrancó más placas enteras de piedra, exponiendo piel quemada y carne viva… pero Thoren no se detuvo.
Lo agarró del pecho y con un cabezazo lo lanzó hacia atrás con tal fuerza que Rykan salió disparado, atravesando un muro y volando sobre una calle entera.
Antes de que pudiera tocar el suelo, Thoren ya estaba en el aire. Usó un bloque de roca como plataforma improvisada para impulsarse y, en pleno vuelo, lo alcanzó.
El golpe descendente fue como el martillazo de un dios sobre un yunque. Rykan se estrelló contra el pavimento, y el impacto abrió un cráter que hizo temblar varias manzanas a la redonda. Las piedras y los restos de asfalto cayeron como lluvia de metralla.
Rykan rebotó una vez, dos veces… hasta estrellarse contra la pared derruida de un edificio, rompiéndola en mil pedazos.
No tuvo tiempo de caer al suelo. Thoren emergió del polvo, se impulsó con otro pilar de piedra y lo embistió, rompiendo lo que quedaba de la fachada. Atravesaron juntos los escombros, cruzando de una ruina a otra como proyectiles humanos.
Cada vez que Rykan intentaba rodar para alejarse, una ráfaga de roca endurecida lo golpeaba, volviéndolo a dejar expuesto. Cada vez que levantaba el brazo para atacar, Thoren lo bloqueaba y lo usaba para lanzarlo contra otra superficie.
El suelo, las paredes y hasta las vigas metálicas eran armas en manos de Thoren. Rykan no estaba combatiendo contra un hombre: estaba combatiendo contra el peso de toda la tierra.
Rykan cayó sobre un montón de escombros y se incorporó tambaleante. Escupió, y la sangre negra mezclada con saliva que se evaporó antes de tocar el suelo. Su respiración era entrecortada, sus pasos inseguros.
Thoren lo observaba desde unos metros, con la espalda arqueada, el torso cubierto de piedra agrietada y carne expuesta. Sus ojos… eran dos brasas heladas. Avanzó sin prisa, pero cada paso retumbaba como un golpe de tambor.
Rykan retrocedió un paso. Luego otro. Su fuego no era un arma ahora, sino un escudo, pero incluso ese escudo se deshacía bajo la presión constante de la roca que lo acosaba.
Por primera vez… había terror en sus ojos.
A lo lejos, Kael y Lira empezaron a enderezarse, apenas lo suficiente para ver más allá de sus escudos. Samvarg y Valgor, exhaustos y heridos, mantenían la protección sobre ellos, pero incluso así, podían sentir las vibraciones de cada golpe.
La imagen era borrosa, intermitente. A veces veían a Thoren y Rykan en un extremo de la calle… y al parpadear, aparecían estrellándose contra un edificio del otro lado. El eco de los impactos viajaba por las piedras y el acero como truenos sordos.