El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Rykan – El Fuego Consumidor
81%

Rykan – El Fuego Consumidor

El campo de batalla se había reducido a un caos sostenido. Los drones y las naves drenadoras ya no eran una marea interminable, pero las que quedaban se movían con precisión quirúrgica, como si supieran exactamente a quién cazar.

El cielo era una telaraña de haces oscuros que drenaban la energía de los titanes. Samvarg y Valgor, aun resistiendo, parecían cada vez más pesados, cada movimiento una tortura. El titán cuervo revoloteaba en círculos lejanos, como un buitre esperando que su presa deje de respirar.

Pero en medio de esa agonía, Lume se movía como un relámpago verde.

No había rayo que lo atrapara. No había drenadora que pudiera engancharse a su luz.

No era el titán de la naturaleza, y aquello lo convertía en un enigma para las máquinas.

Saltaba sobre ruinas y techos destrozados, atravesando naves con sus zarcillos luminosos, desgarrando sus núcleos con una violencia silenciosa.

Kael lo siguió con la mirada por un segundo. —… No lo tocan. —Su voz estaba cargada de incredulidad. Lira, respirando agitada, apenas pudo responder: —Es… diferente. No es como los demás.

Y en ese momento, un rugido de dolor y rabia quebró la atención de todos.

Ignelion, el titán de lava, estaba siendo rodeado por cuatro naves drenadoras. Los haces oscuros atravesaban su piel fundida, y cada segundo su brillo interno se apagaba un poco más. Sus rugidos eran como el gemido de un volcán que empieza a morir.

Rykan, a unos metros, estaba jadeando. Su pecho subía y bajaba con dificultad, sus brazos colgaban pesados. La piel ennegrecida por el hollín le daba un aspecto de sombra viviente. Tenía cortes abiertos, y en su mirada ardía algo nuevo: frustración.

—Ignelion… —murmuró, apenas audible. Otro rayo golpeó al titán de lava, y parte de su brazo se quebró como piedra frágil.

Rykan cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, no quedaba rastro de duda. Enderezó la espalda, extendió sus brazos hacia los lados y el aire a su alrededor se distorsionó con un calor tan intenso que incluso el polvo flotante comenzó a arder.

Sus labios se movieron, no para gritar, sino para dejar escapar un verso, como si hablara solo para sí mismo:

—“Cuando mi fuego devora, sus nombres serán polvo… y en su resplandor todo lo vivo aprende a gritar.”

El campo de batalla se detuvo. Literalmente. Los drones, las naves, incluso el titán cuervo, parecieron congelarse por un instante.

Vacío sonoro. Ni un golpe, ni un grito, ni el batir de alas. Solo el latido sordo del calor acumulándose.

El silencio duró apenas una fracción de segundo… pero fue suficiente para que todos lo sintieran: la muerte estaba ya en el aire.

Entonces el mundo se volvió luz.

Una esfera incandescente emergió del centro de Rykan, expandiéndose con un rugido que no se oía con los oídos, sino con los huesos. El cielo y la tierra se fundieron en un mismo mar de fuego. Nubes de fuego comenzaron a devorar todo.

El calor era tan brutal que los escudos de los titanes comenzaron a derretirse como cera, escurriendo en hilos brillantes antes de evaporarse.

Kael y Lira reaccionaron por puro instinto, levantando barreras de hielo y raíces entrelazadas.

Thoren, sin pensar, cubrió con su propio cuerpo a Lira, sintiendo cómo las piedras que reforzaban su piel se resquebrajaban bajo el calor.

Lume se envolvió en un capullo de luz, protegiendo a los tres como podía, pero incluso su brillo se deformaba ante la intensidad de las llamas.

Los gritos de la gente en la ciudad fueron absorbidos por el rugido del fuego.

En los túneles subterráneos, el calor entró como un demonio invisible, evaporando el aire.

Los bunkers se convirtieron en hornos; no hubo tiempo para que nadie corriera.

Las sombras humanas quedaron impresas en las paredes antes de ser reducidas a cenizas.

Los edificios se licuaban. El acero se doblaba como papel. Las naves drenadoras se fundían en el aire, cayendo como lluvia de metal derretido sobre las ruinas. Los drones, atrapados en la ola de fuego, se desintegraban en partículas negras que desaparecían antes de tocar el suelo.

El lago se consumió en un instante, incluso las capsulas abandonadas se derritieron casi al instante.

El calor era tal que hasta los titanes aliados comenzaron a quemarse. Samvarg lanzó un aullido entrecortado, su pelaje chisporroteando, la escarcha en su lomo evaporándose en segundos. Valgor intentó hundirse en la tierra para escapar, pero la misma tierra estaba ardiendo, roja como brasas.

Kael sintió el dolor de Samvarg en su mente y la respiración se le cortó. Lira apretó los dientes, sintiendo que la piel de sus brazos comenzaba a ampollarse bajo el escudo. Thoren no se movió, aunque el fuego le arrancaba capas de piel y roca. No podían detenerlo. Solo resistir.

Entre la marea de fuego y humo, Lira las vio. Kirelya, aferrada a sus poderes, levantaba muros de raíces y troncos para contener la ola abrasadora que se acercaba. Sus manos temblaban, sus venas marcadas como ramas bajo la piel, y el sudor y la ceniza le dibujaban un rostro irreconocible.

Elsha, sin poderes, estaba pegada a ella, cubriéndose con el cuerpo de su amiga, intentando protegerla como si Kirelya fuera la única ancla que le quedaba en el mundo. La sujetaba por la cintura, como negándose a dejar que la separaran de ella.

—¡Lira! —gritó Kirelya, y su voz se quebró en un instante. Sus ojos se encontraron a través de la cortina de calor: no había miedo, solo un dolor imposible de nombrar… y un último destello de despedida.

Los portadores intentaron reaccionar. Kael, Thoren y Lira enviaron escudos de hielo, tierra y viento hacia ellas, uniendo sus fuerzas. Pero los escudos, al tocar la zona, se evaporaron al instante, tragados por el calor incandescente como gotas sobre hierro fundido.

Incluso Lira intento detener el tiempo, un don que no había desarrollado del todo, aun así, lo intento.

Todo a su alrededor se detuvo, vio el rostro de sus amigos en perpetuo dolor.

Las raíces crecieron un poco más que los escudos de Kael y Thoren, pero no lo suficiente.

El calor era sofocante, lo que volvió inestable su poder, obligándola a desistir.

Solo le quedó observar lo inevitable.

Ninguno de ellos podía moverse. Samvarg y Valgor, debilitados y drenados por las naves enemigas, estaban lejos, forzándose a mantener barreras para proteger a sus portadores y a la ciudad. No era egoísmo: era su instinto más profundo, mantener con vida a aquellos con los que estaban enlazados.

Lume, en cambio, estaba allí, a su lado, extendiendo su luz y su cuerpo para cubrirlos a todos. La luz titilaba. Su piel de madera viva comenzaba a oscurecerse, a chamuscarse. El olor a savia quemada impregnaba el aire.

La pared de fuego avanzó como una marea asesina. Elsha abrazó más fuerte a Kirelya, ocultando su rostro contra su espalda. Kirelya extendió una última raíz como si pudiera apartar la muerte con sus propias manos.

El calor les arrancó la piel antes que la vida.

La madera de sus defensas se partió en astillas incandescentes.

La carne se volvió carbón. Y en cuestión de segundos, las dos se convirtieron en una sola figura negra, fusionadas por las llamas, hasta que el viento ardiente las redujo a un polvo que se llevó el aire.

Lira, cubierta por el cuerpo de Thoren y la luz agonizante de Lume, no apartó la vista. No podía. Era el último momento en que volvería a verlas.

Todos morirían aquel día.

El fuego no se detuvo con ellas. Las llamas siguieron arrasando, como si el mundo entero fuera solo yesca esperando encenderse.

Los túneles, pensados como refugio, se convirtieron en trampas mortales.

El rugido del incendio se mezcló con un sonido nuevo y atroz: el de las compuertas de metal y los refuerzos de hormigón derritiéndose.

El calor viajó como un monstruo invisible a través de la piedra, y en segundos, los gritos comenzaron a subir desde el subsuelo.

—¡No…! —Lira apretó los dientes, intentando enviar viento para frenar el calor que se colaba en los accesos—. ¡No llego…!

Bajo tierra, madres abrazaban a sus hijos mientras el aire se volvía irrespirable. Los viejos, incapaces de moverse, cerraban los ojos y dejaban escapar un último suspiro. La carne se pegaba al metal de las paredes. El oxígeno se convirtió en humo.

En la superficie, los autos, bancas y todos esos objetos que pertenecían a otra era de generaciones pasadas, se carbonizaban al instante.

Los árboles más antiguos, esos que habían sobrevivido siglos de guerras y estaciones, empezaron a gemir bajo el peso de las brasas.

Sus copas se incendiaron de golpe, lanzando columnas de chispas que se confundían con las lágrimas del cielo ennegrecido.

Uno a uno, los troncos se partieron con estrépito, cayendo sobre ruinas y cuerpos, y el bosque alrededor de la ciudad, que alguna vez fue un símbolo de vida se volvió un cementerio ardiente.

Los drones, atrapados en la marea de calor, se deformaban y colapsaban, sus estructuras metálicas retorciéndose como insectos en un fuego de campamento. El olor a plástico quemado y aceite se mezcló con el hedor inconfundible de carne chamuscada.

Samvarg y Valgor gemían en sus mentes. No por dolor físico —aunque su piel se llenaba de ampollas y su pelaje o placas se ennegrecían—, sino por impotencia.

Sentían a miles de vidas extinguiéndose alrededor, y aun así debían mantenerse firmes, protegiendo a sus portadores con lo poco que les quedaba de energía.

Lume, en cambio, ya estaba perdiendo la batalla.

Su luz bajaba a pulsos lentos, como un corazón que empieza a apagarse.

Su cuerpo se agrietaba, y de las hendiduras brotaba humo.

Aun así, no se movió ni un centímetro: se mantenía delante de los tres jóvenes, absorbiendo todo lo que podía del infierno que Rykan había desatado.

La ciudad entera se convirtió en una única hoguera. Las calles, los edificios, las plazas, los túneles… todo ardía al mismo tiempo. No había esquinas ocultas. No había sombras que ofrecieran refugio. Solo un rojo absoluto, cegador, que lo cubría todo.

Y en medio de ese rojo, el silencio. Un silencio roto apenas por el crujir de lo que alguna vez fue un hogar.

Fue el punto de no retorno. Nada volvería a ser como antes.

En medio de la marea de calor, una silueta negra atravesó el resplandor. Sus alas recortaban el rojo del fuego, y cada batida enviaba torbellinos de ceniza que giraban como espectros enloquecidos.

El titán Veylith no luchaba, huía. No buscaba enfrentarse a Rykan ni a ninguno de los demás.

Solo esquivaba, cortando el aire con movimientos demasiado rápidos para un cuerpo tan grande.

Pero su plumaje, antes lustroso y oscuro, estaba lleno de llamas diminutas que se apagaban y volvían a encender con cada aleteo.

Sus ojos, dos agujas blancas en la penumbra, se clavaron un instante en los protagonistas. Fue una mirada que no pedía ayuda… pero que sí dejaba claro que aquello no era su guerra.

Entonces, Rykan volvió a rugir y una lengua de fuego pasó rozando una de sus alas.

El cuervo respondió con un chillido. No era un sonido natural.

No era siquiera algo que pudiera pertenecer a un animal de este mundo.

Era una nota larga, rota, que atravesó el fuego y el humo como un cuchillo, un grito que hacía vibrar los huesos y encogía el estómago.

Los pocos que aún podían oírlo —humanos, titanes o portadores— sintieron que ese chillido llevaba algo más que dolor: llevaba una maldición. Como si el cuervo estuviera jurando que volvería.

Intentaba levantar el vuelo, pero el fuego lo abrazaba como si no quisiera dejarlo ir, haciéndolo caer varias veces, cayendo contra los escombros de los edificios, se retorcía y volvía a intentarlo, sus garras se enterraron en el esqueleto de un edificio que se derretía rápidamente, pero alcanzo a impulsarse con este.

Y luego desapareció. No volando hacia el cielo abierto, sino hundiéndose entre las cortinas de humo, perdiéndose en las calles ardientes hasta que no quedó rastro de él.

El silencio volvió, pero no era alivio. Era el vacío que deja una amenaza cuando se marcha antes de terminar lo que empezó.

Y en el centro del caos, Rykan seguía quemando todo. El fuego no se apagaba. Los protagonistas no sabían qué hacer.