Protocolo Omega – El Canto del Cuervo
El aire cambió.
No era el rugido de combate habitual, ni el zumbido ensordecedor de los drones que habían plagado el cielo desde el inicio de la batalla. Era… un silencio extraño, como si algo hubiera ordenado al enjambre apartarse.
Y así lo hicieron.
Los drones, hasta hace segundos lanzándose como una marea asesina contra los titanes y portadores, comenzaron a abrir pasillos en el aire. Se replegaron a los lados, girando en perfecta sincronía, como si una inteligencia superior les hubiera marcado la orden exacta.
Kael lo notó primero. —Se están apartando… Thoren apretó la mandíbula. —No me gusta esto. Lira ladeó la cabeza, y Lume, a su lado, parpadeó con un rojo inquieto.
Entonces las vieron.
No eran drones. Eran naves.
Oscuras, alargadas, con carcasas irregulares que parecían hechas de hueso y metal fundido.
En sus vientres, largos cañones terminaban en agujas negras que giraban sobre sí mismas, como taladros invertidos.
Cada nave llevaba grabados símbolos antiguos de la ciudadela, signos que ni Kael ni Thoren habían visto antes… pero que Lira reconoció al instante.
Drenadores.
La Cacería de Gigantes
Las naves no fueron por la gente. No fueron por los portadores. Fueron directo a los titanes.
Un rayo de luz oscura salió disparado de la primera nave y alcanzó a Samvarg en el costado.
El lobo de hielo aulló con un eco glacial que retumbó entre los edificios derruidos.
Su pelaje se erizó, la escarcha que lo cubría comenzó a resquebrajarse…
y una neblina azulada fue absorbida por el rayo, como si le estuvieran robando el aliento mismo.
—¡Samvarg! —gritó Kael, corriendo hacia él.
Otra nave apuntó a Valgor. La aguja brilló, y un haz verdoso envolvió al bisonte de tierra.
Su piel rocosa empezó a cuartearse, la hierba que crecía en su lomo se marchitó al instante.
Valgor bramó, clavando las pezuñas en el suelo para resistir, pero el rayo lo empujaba hacia abajo, drenando cada gramo de fuerza.
Lira extendió las manos, invocando raíces para enredar la nave más cercana, pero antes de que pudiera alcanzarla, una ráfaga de drones descendió como moscas, rodeándola. Lume se interpuso, sus zarcillos de luz golpeando a los enemigos, pero por cada dron que caía, dos más ocupaban su lugar.
—¡No podemos llegar a ellos! —rugió Thoren, lanzando un muro de piedra para apartar a los drones. Kael aplaudió con gran fuerza, liberando un anillo de escarcha que cortó el aire y partió en dos a varios enemigos. —¡Y si no llegamos, los matan aquí mismo!
El suelo estaba cubierto de cuerpos. Portadores de viento destrozados por las hélices.
Gente de la naturaleza, partidos en dos mientras intentaban sanar a otros.
Sangre mezclada con aceite negro de drones destrozados.
Gritos de agonía se mezclaban con el zumbido de las naves, que seguían drenando sin piedad.
Samvarg dio un paso atrás, sus patas temblando. Kael sintió la desesperación de su titán en la mente: Me roban… todo… Valgor intentó girarse para golpear con sus cuernos a la nave, pero sus músculos ya no respondían. El rayo lo tenía como encadenado.
De repente, una explosión sacudió el cielo. No fue de fuego. Fue de viento.
Las nubes se retorcieron sobre la ciudad, formando un vórtice oscuro. Los drones que quedaban libres comenzaron a gritar en sus frecuencias metálicas, como si algo los inquietara. Incluso las naves drenadoras redujeron su fuego, como si reconocieran la señal.
Un grito rompió el caos: —¡¡PRO-TO-COLO OMEGA!!
Lo gritó un portador herido antes de ser atravesado por un rayo enemigo. Lo repitió una anciana, acurrucada junto a los restos de un muro. Y lo corearon voces más lejos… voces que no eran humanas.
—¡Oh no, es el protocolo Omega! —gimió alguien en un tejado. —¡Es el fin…! —susurró otro, antes de desaparecer bajo un derrumbe.
El huracán descendió.
Era como si el cielo se partiera en dos y una marea de aire comprimido cayera de golpe. Las paredes crujieron, el suelo se levantó en fragmentos. Los titanes, incluso debilitados, dieron un paso atrás. Samvarg gruñó, Valgor agachó la cabeza.
Entre el torbellino, una sombra pequeña en comparación… pero perfecta.
Un cuervo gigante, de treinta metros, de un negro tan absoluto que parecía absorber la luz a su alrededor.
Sus alas eran cuchillas invisibles, cada batir cortaba el aire y arrancaba pedazos de edificios.
Sus garras, largas y delgadas, estaban cubiertas de vendajes antiguos, como reliquias de un pasado olvidado.
Sus ojos… dos faros blancos sin pupilas. Fríos. Inhumanos.
El titán cuervo giró en el aire, tan rápido que desapareció de la vista y reapareció frente a Samvarg, golpeándolo con una ráfaga de viento que lo lanzó contra una fachada.
Antes de que Kael pudiera reaccionar, la criatura ya estaba encima de Valgor, golpeando sus flancos con ráfagas tan veloces que la piedra se astilló como cristal.
Rykan, desde la distancia, detuvo por un instante su ataque de fuego para mirar la escena. El titán de lava, Ignelion, se encendió aún más, como si sintiera amenaza. —Ese… maldito pajarraco… —gruñó, y por primera vez, Kael notó algo en su voz: enojo.
—¡No le den la espalda! —gritó Thoren, intentando levantar una muralla de piedra.
Pero el cuervo la partió antes de que terminara de formarse.
Lira invocó raíces para atraparlo, pero el titán se desvaneció con un giro, reapareciendo detrás de ella.
Lume se lanzó, golpeándolo con todo su cuerpo, y la criatura se apartó apenas un metro, esquivando como si hubiera previsto el ataque.
No luchaba por territorio. No luchaba por venganza. Luchaba para demostrar que ninguno de ellos podía alcanzarlo.
Y lo estaba logrando.