Bajo un Cielo de Acero #2
Kael, Thoren y Lira se reunieron espalda con espalda. Valgor, Samvarg y Lume formaron un triángulo protector alrededor de ellos, bloqueando ataques con hielo, roca y raíces. Pero todos sabían que era cuestión de tiempo. Y que el enjambre aún no había mostrado su verdadero tamaño.
El cielo seguía pariendo sombras.
Los drones descendían sin cesar, como una lluvia de acero y hélices que no conocía descanso. Entre el caos, Kael, Thoren y Lira luchaban espalda con espalda, sus titanes formando un muro vivo de hielo, piedra y madera contra la marea mecánica.
Y entonces… la tierra misma gruñó.
Un sonido grave, profundo, que hizo vibrar el asfalto bajo sus pies. No era un temblor provocado por Valgor ni un derrumbe cercano. Era algo más… algo que estaba despertando.
Lira se giró hacia el noreste, los ojos abiertos de par en par. —¿Sienten eso? Kael cerró los puños. Lo sintió. Un pulso. No de tierra, no de hielo. Un latido vegetal, húmedo, eléctrico. Thoren lo entendió antes de que lo dijeran. —…Esa es Syen.
A kilómetros de distancia, en lo profundo del refugio semiderruido, Syen estaba postrada en su cama vieja.
Su piel pálida, y sus manos temblaban incluso cuando no se movía.
Alrededor, la habitación era un collage de tiempos muertos: muebles polvorientos, botellas de vidrio con plantas marchitas, un buro con una foto enmarcada.
En ella, un joven sonreía con la misma intensidad que ahora faltaba en sus ojos.
Los gritos llegaban como ecos rotos desde la ciudad: hombres llamando a sus hijos, mujeres suplicando ayuda, niños chillando entre explosiones. Cada detonación hacía vibrar los cimientos de su refugio. El polvo caía del techo. Las paredes crujían.
Y sobre todo… el zumbido. Ese zumbido de hélices, inconfundible. Primero lejano, luego más fuerte, más bajo. El sonido de una plaga metálica acercándose.
La luz del cuarto se apagó poco a poco, como si un eclipse hubiera cubierto el sol. No era una nube. Eran ellos.
Syen, giró la cabeza. Desde su cama, por una rendija en la pared rota, vio pasar la sombra de decenas de drones. Algunos sobrevolaban calles enteras, otros se detenían en los techos y lanzaban descargas.
Algo en su pecho se rompió. Sus manos se cerraron. —Llego la hora... pagaran.
El asfalto del patio, a varias calles de distancia, se partió como una herida que se abre. Raíces negras y retorcidas emergieron como serpientes, atrapando a los drones que pasaban demasiado cerca y partiéndolos en dos.
Las enredaderas subían por fachadas derruidas, arrancaban antenas, atravesaban ventanas, aplastaban hélices. Entre los edificios, descargas eléctricas azules corrían como relámpagos salvajes, achicharrando a cualquier máquina que se atreviera a acercarse.
Los drones empezaron a caer en masa. Sylva respiraba con fuerza, sudando, sintiendo el poder recorrerla como una fiebre. —Malditos… ninguno saldrá vivo.
Viento, electricidad y naturaleza que emanaban de ella, destruían docenas de drones que pasaban cerca de ese refugio, explotaban, se partían, dejaban de funcionar.
Pero su furia llamó la atención equivocada. Uno de los drones, más grande, con carcasa reforzada, se detuvo en seco en pleno vuelo, girando sus sensores hacia el origen de las raíces.
Vio el patrón de destrucción: las ramas partiendo techos, los relámpagos atravesando calles enteras, tornados que proyectaba con furia a los drones hacia los edificios.
Y se dio cuenta.
El dron cambió de rumbo. Ya no patrullaba. Ahora cazaba.
Syen lo vio acercarse, descendiendo como un depredador que ha encontrado a su presa. —Ven entonces… —susurró—. Ven por mí.
El dron atravesó la ventana del refugio con un destello metálico. Fue directo hacia ella. Pero antes de que pudiera alcanzarla, el asfalto del patio se quebró con un ruido ensordecedor.
Raíces.
Decenas, cientos, gruesas como columnas, irrumpieron desde la tierra calcinada, arrancando trozos de asfalto, vigas oxidadas y huesos enterrados desde hace siglos.
En segundos, el refugio quedó envuelto en un bosque que crecía a velocidad imposible, como si el mundo entero intentara cerrarse sobre sí mismo.
Desde la distancia, Lira lo vio: un estallido verde que rompía el horizonte gris. Raíces que se alzaban más alto que los edificios derruidos, enredándose unas con otras, creando un caparazón vivo.
—Syen… —susurró, y su voz se quebró.
En el interior, Syen respiraba agitada. El poder fluía por sus venas como fuego líquido, descontrolado.
Su cabello se agitaba aunque no hubiera viento, y chispas eléctricas corrían por las enredaderas que cubrían las paredes.
—Ninguno de ustedes me tocará… —escupió, mientras nuevas raíces brotaban, destrozando muebles, estanterías y paredes.
Otro dron que había entrado fue triturado entre dos troncos que se cerraron como una trampa. Luego otro, y otro. Las hélices se rompían como alas de insectos bajo la presión vegetal.
Pero el refugio crujía. Las raíces no distinguían entre enemigo y hogar.
El marco de fotos cayó al suelo y se rompió. El cristal astillado reveló de nuevo la sonrisa de su hermano. Syen lo miró. Y algo en sus ojos cambió.
—Esto… es por ti… hermano.
Su grito fue un rugido de elementos. La electricidad recorrió las raíces, y en un instante, la defensa se volvió un huracán de hojas, látigos de madera y descargas que partían el aire.
El techo del refugio se desplomó. La cama sobre la que yacía comenzó a ser devorada por enredaderas que crecían desde el suelo, trepando por sus piernas, sus brazos, su torso.
No se resistió. —Que caigan conmigo… —susurró.
Las raíces, voraces, perforaron su piel con la lentitud de un tormento inevitable.
Al principio eran agujas que se deslizaban bajo la carne, pero pronto se transformaron en lanzas que desgarraban músculo y tendones sin compasión.
Cada crujido de hueso era un estallido seco, como ramas partiéndose bajo el peso de una tormenta.
Una estaca gruesa emergió brutalmente desde su abdomen, levantándola de la cama en un espasmo de sangre que manchó la madera y las raíces mismas. La presión la arqueó, obligando a su columna a rendirse con chasquidos que helaban el aire.
Las raíces se enroscaron en su cuello, apretando hasta que la piel se amorató, y subieron hacia su cabeza, penetrando por las sienes como clavos retorcidos.
La sangre corría en surcos oscuros, mezclándose con la savia que manaba del árbol.
Sus ojos, desorbitados, se llenaron de venas reventadas hasta que el blanco desapareció, y sus labios abiertos dejaron escapar un gemido entrecortado, apenas humano.
En cuestión de segundos, su cuerpo dejó de ser suyo: la carne, los huesos, la sangre y el dolor se fundieron en la corteza viva. Ya no parecía una persona atada a un árbol, sino un fragmento más de él, absorbida, convertida en raíz, en madera, en algo que respiraba aún, pero que ya no era humano.
Su grito final fue ahogado por un estallido de savia, electricidad y viento.
Desde el cielo, los drones caían como hojas muertas, cortados en pedazos o quemados por rayos que nacían de las ramas. El ataque fue tan masivo que incluso los protagonistas lo sintieron en el pecho, como una onda de choque vegetal que atravesó la ciudad.
Pero el poder era inestable. La energía creció, se retorció… y explotó hacia afuera.
Donde antes estaba el refugio, ahora solo había un cráter humeante, cerca del de su hermano, lleno de raíces carbonizadas. Unas pocas chispas aún saltaban de los troncos muertos, como si quisieran seguir luchando.
En el centro, no quedaba rastro de Syen.
Solo el eco de su último aliento.
Kael apretó los dientes. —Ella… Lira bajó la mirada. —Lo dio todo. Thoren cerró los puños y giró hacia el cielo, donde los drones seguían cayendo. —Entonces nosotros no vamos a quedarnos atrás.
Samvarg gruñó, Valgor golpeó el suelo, y Lume brilló con una luz fuerte, como si reconociera el sacrificio.
La batalla aún estaba lejos de terminar.
Los drones descendían sin cesar, como una lluvia de acero y hélices que no conocía descanso.