El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Bajo un Cielo de Acero
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Bajo un Cielo de Acero

El zumbido era constante. Ya no un ruido… era un himno de muerte.

Los drones cubrían el cielo como una nube de langostas mecánicas, ocultando el sol en una marea negra que parecía no tener fin.

No esperaron, bajaban en oleadas, girando, adaptándose, disparando proyectiles que explotaban con fuego, láser o descargas sónicas.

No eran solo armas. Eran juicios con helices.

En el centro del caos, los tres protagonistas resistían.

Kael levantó una muralla de hielo para proteger a varios civiles rezagados. El calor de los disparos la derretía en segundos. La reforzaba una y otra vez.

Thoren atacó directo, su puño recubierto de piedra como una maza viviente. Con cada golpe, decenas de drones eran pulverizados en el aire o sepultados bajo columnas que emergían del suelo.

Lira danzaba entre escombros, extendiendo raíces que atrapaban a los drones en redes naturales, mientras el viento que giraba a su alrededor desviaba proyectiles con precisión sobrenatural.

Estaba completa. Por primera vez, sus dos naturalezas —la que le fue impuesta y la que le fue otorgada— se fusionaban como una sola, estables.

Su poder… era distinto ahora. Ya no sólo era naturaleza. Era orden y caos. Era viento afilado y tierra protectora. Era… como si dos naturalezas chocaran dentro de ella.

A su alrededor, Ignelion y Valgor se mantenían firmes, defendiendo. Escudos de lava y piedra. Brazos cruzados, garras como torres. No atacaban… pero nada tocaba a sus portadores sin enfrentarse al abismo.

Samvarg rugía desde una colina, congelando drones en pleno vuelo. Sus ojos brillaban con ira antigua.

Lume, en cambio, se movía ágil entre los caídos, sanando con luz pura a los que aún podían levantarse y atacando los drones que se acercaban demasiado, atravesándolos con un solo golpe perfecto.

En medio de ese infierno, Kirelya y Elsha salieron de los restos de un edificio destruido.

La madre de Miko caminaba como si el dolor la alimentara.

Su cuerpo temblaba, pero su mirada era fuego.

Desde sus palmas crecían enredaderas afiladas que atrapaban drones al vuelo, que les arrancaban las hélices.

Elsha sostenía una lanza improvisada. Sin poderes, pero con los ojos llenos de determinación.

—No moriré en silencio —murmuró Elsha.

—Ni yo —respondió Kirelya.

Kael cayó de rodillas, exhausto. Un enjambre de tres drones descendió directo sobre él. Uno tenía las cuchillas abiertas. Ya no iba a defenderse a tiempo.

Pero antes del impacto, una flecha de raíces atravesó el pecho del dron líder.

Kael alzó la mirada.

Entre los escombros… apareció una figura que no reconocía al principio. Rostro sucio, cuerpo cubierto de hojas vivas que se movían. Era uno de los jóvenes de la ciudad, uno que apenas había comenzado a entrenar. Pero su mirada… su mirada había cambiado.

—¡Por Sylvara! —gritó.

Y entonces… comenzaron a salir más.

Uno a uno.

De entre calles derrumbadas, grietas de la tierra, sótanos destrozados, techos y balcones que aún resistían el fuego. Hombres, mujeres, jóvenes… algunos heridos, otros temblando… pero todos con algo en común: voluntad.

—¡Por la resistencia!

—¡Por Miko!

—¡Por la libertad!

El suelo floreció.

El viento se alzó.

Los nuevos portadores, todos con afinidad al viento y a la naturaleza, se unieron al campo de batalla como si respondieran a un llamado mayor.

Una joven extendió los brazos y una tormenta de pétalos cortantes derribó a cinco drones.

Un anciano que había sido sabio alguna vez, ahora invocaba un escudo de hiedra alrededor de un grupo de niños que atacaban a los drones a la distancia.

Una pareja se tomó de las manos… y una columna de espinas emergió bajo los drones, como si la tierra misma los estuviera vengando.

Lira miraba, con los labios temblando. No de miedo. Sino de emoción.

—No huyeron… —susurró.

Kael se apoyó en su hombro.

—No… porque esta vez, tienen algo por lo que quedarse.

Rykan, aún no movido por emoción alguna, seguía defendiéndose. Sus ataques eran calculados. Precisos. Mataba sin odio. Solo se protegía y protegía a Ignelion. No más.

A su alrededor, los drones caían… pero seguían llegando.

Cientos más. Miles más.

La marea no se detenía.

Valgor se volvió hacia Kael, su voz mental atravesando el dolor:

“Esto no es una emboscada. Es una exterminación.”

Thoren escuchó también. Miró el cielo… y por primera vez, tuvo miedo.

Los tres protagonistas buscaron la manera de reunirse por un instante. Lira sana las heridas más graves de sus amigos. Sus manos brillan con vida. Pero sus ojos se oscurecen con una pregunta no dicha.

Kael miro hacia el horizonte.

—¿Cuántos más…?

Thoren no responde.

Samvarg ruge. Valgor pisa con fuerza. Lume se eleva, cubriendo con luz a los caídos.

Y el cielo… sigue cayendo.

Pero por primera vez en toda esa guerra…

La tierra no está sola.

La ciudad abandonada ya no tenía silencio.

El rugido de las hélices metálicas era un enjambre infinito, un zumbido que vibraba en los huesos. Entre edificios sin techos y calles partidas, los drones descendían como si hubieran estado esperando miles de años para este momento. No buscaban conquistar. Buscaban borrar.

En una esquina rota, una madre había metido a su hijo bajo una mesa caída.

—No salgas… pase lo que pase —susurró, tapando su boca para que no respirara fuerte.

Sus manos temblaban. En el techo, una sombra pasó volando.

El zumbido creció. Y de pronto, una garra metálica perforó la mesa como mantequilla, arrancando al niño con un tirón seco.

El grito se cortó a la mitad. La madre apenas pudo incorporarse cuando un segundo dron le atravesó el pecho con una lanza vibrante.

Su cuerpo cayó, y su sangre se mezcló con el polvo.

Kael estaba sobre Samvarg, que corría como una flecha entre las ruinas, levantando ráfagas de nieve que cegaban a los drones más cercanos.

—¡Lira, agáchate! —gritó, sin mirar atrás.

Lira no contestó. No necesitaba hacerlo: su brazo se extendió y raíces cubiertas de flores marchitas surgieron del asfalto, enroscándose como serpientes alrededor de cuatro drones que habían intentado flanquearlos.

Las raíces se apretaron con fuerza… hasta que las hélices internas de los drones comenzaron a girar, triturando la madera viva.

Un olor a savia quemada llenó el aire. Las raíces se partieron y los drones siguieron avanzando.

—¡Maldita sea! —escupió Lira, retrocediendo junto a Lume, que brilló con una luz intensa, cubriéndola por un instante.

En un callejón, un anciano con la espalda encorvada sostenía un amuleto roto.

—Por favor… no otra vez… No oraba a un dios.

Oraba a la tierra misma. Una sombra lo cubrió.

Levantó la mirada y vio un dron bajar lentamente, apuntando un arma cilíndrica hacia él.

Un chorro incandescente lo envolvió, reduciéndolo a un montón de huesos negros en menos de un segundo.

Thoren y Valgor irrumpieron atravesando una manzana entera, derrumbando paredes que se desmoronaron como castillos de arena.

—¡Cúbrete! —rugió Thoren, levantando una muralla de piedra en medio de la calle para bloquear una oleada de proyectiles.

Valgor embistió contra un dron del tamaño de un vagón, rompiéndole las patas mecánicas.

El chasis cayó al suelo, pero antes de que pudiera destruirlo por completo, otro dron descendió desde arriba y clavó una cuchilla ardiente en el costado del titán.

Valgor bramó, levantando polvo y fragmentos de metal, mientras Thoren aplastaba al atacante con un bloque de piedra lanzado como una catapulta.

En lo alto de una torre medio derruida, tres portadores del viento se preparaban para saltar.

Uno de ellos —un joven de ojos vidriosos— miró a sus compañeros.

—No hay más que hacer. Saltaron juntos, impulsándose con ráfagas que les desgarraban la garganta, y se lanzaron contra un enjambre de drones.

Las explosiones sacudieron la torre, que se desmoronó sobre los escombros. No quedó nada de ellos.

La batalla era un mosaico de gritos, chispas y metal roto.

Los de la naturaleza intentaban curar a heridos, pero cada vez que uno se agachaba para salvar una vida, otro dron los alcanzaba.

Un portador joven puso las manos sobre un herido y cerró los ojos…

y en ese instante, una lanza le atravesó la espalda, saliendo por su pecho.

Su luz se apagó. El herido, aún consciente, gritó de horror antes de que otra cuchilla le cortara la cabeza.

Kael, de pie sobre un promontorio de hielo, respiraba agitado.

Sus manos emanaban escarcha constante. —No vamos a aguantar mucho…

Samvarg gruñó bajo él, y a través de la conexión mental, Kael sintió la advertencia: “Aún vienen más” Y tenía razón.

Por encima de las ruinas, nuevas oleadas descendían como lluvia negra.

Rykan e Ignelion, a lo lejos, permanecían juntos, girando lentamente sobre sí mismos, repeliendo a los drones que se acercaban… pero ignorando a todos los demás.

En medio del caos, un niño corrió tras un perro callejero que ladraba desesperado, sin darse cuenta de que un dron descendía detrás de él.

Lira lo vio. Saltó desde Lume, el viento y la naturaleza explotando a su alrededor.

Una raíz lo sujetó en el último segundo, lanzándolo a un lugar seguro…

pero el perro no tuvo la misma suerte. Fue cortado en dos.

El niño gritó y luchó contra la raíz que lo sostenía, queriendo correr hacia su amigo muerto.

—¡No! —gritó Lira, obligando a la raíz a sujetarlo con más fuerza mientras otro dron pasaba zumbando por encima, buscando otra víctima.

El suelo tembló. No por un ataque enemigo… sino por los cuerpos que caían. Cada minuto, docenas de vidas se apagaban. Las calles eran un río de sangre oscura y aceite de dron.