Rugido de Magma
El regreso
El amanecer no traía luz. Solo un silencio tenso, roto por el retumbar de las patas de Valgor, atravesando la tierra como un alud.
Thoren cabalgaba sobre él, la espalda tensa, los ojos sombreados por el cansancio y la ira que no se apagaba. Había pasado la noche sin dormir, sin detenerse. La conversación con Valgor seguía ardiendo en su pecho, pero no había espacio para luto. Tenía que volver.
Al llegar al otro lado del puente destruido, bordeó el lago como quien evita mirar al abismo. Y entonces, alzó la vista.
Allí, de pie sobre el inicio de la estructura colapsada, estaba Miko.
Pequeño. Inocente. Sonriendo.
Levantó la mano. Saludó. Thoren sintió el peso desaparecer por un segundo.
—Ahí estás, pequeño…
Valgor disminuyó el paso. Thoren respiró profundo. Iba a abrazarlo. Iba a pedirle perdón.
Hasta que…
El rugido bajo la tierra
Valgor se tensó. Sus músculos se endurecieron como piedra viva.
—¿Qué pasa?
El suelo comenzó a vibrar, pero no como en un entrenamiento. Era un temblor oscuro. Antiguo.
Las aguas del lago… ebullicionaron. Una masa burbujeante vomitó humo y fuego. Y entonces el mundo se partió.
Una garra de roca incandescente surgió de la tierra, rompiendo el pavimento, levantando rocas y escupiendo llamas como aliento de volcán.
Thoren gritó.
—¡¡¡MIKOOO!!!
Miko giró justo cuando la sombra lo cubría. Su expresión se volvió confusa. Luego asustada. Intentó retroceder…
Pero no hubo tiempo. Vio por última vez a Thoren.
La garra cayó con un impacto devastador.
Todo se volvió fuego.
El vapor ocultó el mundo. El puente colapsó.
Miko desapareció.
No hubo cuerpo. Solo cenizas y roca fundida.
De la orilla donde había estado el puente, emergió Ignelion.
Avanzaba en cuatro patas, como una bestia hecha de fuego.
Sus músculos estaban cubiertos de lava viva. Su melena era un volcán en erupción perpetua. Cada zancada derretía el suelo.
Sus ojos eran brasas. No rugía todavía.
Pero el mundo temblaba por su existencia.
Sobre él, con una mirada fria, estaba Rykan. Joven, duro, de pie como una sombra viva. Frío como magma a punto de explotar.
No habló.
No pidió perdón.
No explicó.
Solo… observó.
Thoren en llamas
Thoren se arqueo sobre Valgor, lleno de dolor. Sus labios temblaron.
—Miko… lo mataste. Destruiste a Miko.
El susurro no fue para Rykan. Fue para sí mismo.
Luego, se irguió.
—¡VALGOOOR!
Y el bisonte rugió, cargando con toda su fuerza.
La batalla comenzó.
Colosos en guerra, portadores en fuego
El mundo se partió en dos.
Ignelion medía cuarenta metros de altura, su cuerpo parecía una amalgama entre volcán y depredador. Cada paso dejaba cráteres. Su melena vivía en erupción, escupiendo chispas de magma como si el cielo también ardiera. Su hocico humeaba. Su respiración era fuego líquido.
Frente a él: Valgor.
El titán de cincuenta metros de pura roca viva, con cuernos que parecían montañas erosionadas por el tiempo. Cada movimiento suyo levantaba oleadas de tierra y fragmentos de antiguas eras. Era más alto, más imponente, más destructor.
Dos siglos de furia encapsulados en cuerpos antinaturales.
Valgor bramó, y la tierra obedeció. Cientos de columnas de piedra emergieron bajo Ignelion, intentando aprisionarlo en un campo de púas que se cerraba con violencia tectónica.
Ignelion rugió… y el aire se convirtió en fuego. Una explosión de calor incineró los vehículos y edificios cercanos fundiendo las rocas como cera.
Los cuernos de Valgor se encendieron al contacto, su cuerpo crujió… pero no retrocedió.
Thoren se cubrió del calor de miles de grados.
Coloso contra coloso. Tierra contra magma. Pasado contra presente.
Los portadores se enfrentan
Y mientras los titanes colapsaban la ciudad alrededor… los humanos luchaban a su sombra.
Thoren fue el primero en atacar.
—¡¡¡MATASTE A MIKO!!! —rugió, la voz hecha piedra rota.
Saltó desde el lomo de Valgor, impulsado por una columna de tierra. Aterrizó a unos metros de Rykan, la furia estampada en sus puños.
Rykan no se movió.
No hizo una defensa. No pidió perdón. No parpadeó.
Solo observó cómo se le venía encima un torbellino de roca y odio.
Thoren lanzó un primer golpe. El suelo retumbó cuando su puño, envuelto en polvo y fragmentos, pasó rozando el rostro de Rykan.
El portador del fuego se inclinó, esquivando con un movimiento seco. Luego respondió. Un codazo al costado. Un rodillazo al pecho.
Thoren cayó hacia atrás… pero hundió las manos en la tierra, que lo escupió hacia arriba como una catapulta.
—¡NO ME TOCARAS OTRA VEZ! —gritó, con los ojos inyectados de rabia.
Rykan retrocedió apenas, luego encendió su brazo derecho.
Magma líquido recorrió su piel. No parecía quemarle. Era parte de él.
—Entonces… muere con tu fuego.
Y la batalla verdadera comenzó.
Thoren se convirtió en una tormenta de tierra. Golpeaba con rocas, lanzaba estalagmitas, abría grietas para atrapar.
Rykan danzaba entre ellas como el fuego que nunca puedes atrapar. Cada uno de sus puños dejaba llamas a su paso.
En un momento, chocaron directo.
Puño contra puño. Piedra contra fuego.
El aire explotó a su alrededor. Los árboles calcinados se partieron por la onda expansiva.
Rykan no se inmutaba. No mostraba odio ni emoción. Solo una calma peligrosa. Una frialdad cruel.
Eso enfurecía más a Thoren.
—¡DI ALGO! —¿Para qué? Ya ardes por dentro.
Valgor embistió con todo su peso. El suelo tembló. Ignelion lo detuvo con una garra que hizo vibrar el aire. No contraatacó. No aplastó. Solo contuvo.
Pero esa contención era destructiva.
La onda de impacto lanzó varios escombros por los aires. El puente, ya colapsado, se hundió más.
Ignelion giró el torso. Con un movimiento felino, impacto a Valgor con su cola volcánica, lanzándolo contra un edificio.
La estructura se deshizo como papel mojado.
Pero Valgor se levantó.
Y volvió.
Sus ojos brillaban. No por odio. Por luto.
Un rugido se escuchó a lo lejos. Un aullido de hielo.
Samvarg emergió entre los edificios, destrozándolos como una tormenta ancestral. Saltó sobre la calle, dejando su rastro congelado detrás.
Encima de él, Kael. Y junto a ellos… Lume.
El titán de naturaleza venía corriendo. Su luz… Roja. Casi negra.
La gente salió de sus casas. Miraban asustados. Algunos gritaban. Otros corrieron. Pero la orden fue clara.
—¡TODOS FUERA! —gritó Kael— ¡AHORA!
Kael cayó junto a Thoren. El hielo lo rodeó. Estaba jadeando. Quería preguntar. Quería saber qué estaba pasando.
Pero Thoren ni lo miró.
—Destruyó a Miko.
Kael lo entendió. Sus ojos se abrieron por el comentario.
No hubo más palabras.
Se giró hacia Rykan. Su mirada no pedía explicaciones. Pedía sangre.
Samvarg escupió escarcha.
Valgor golpeó el suelo.
Lume brilló más rojo que nunca. Sus ramas se crisparon como cuchillas.
Ignelion rugió, pero no de guerra… sino de advertencia.
Pero nadie lo escuchó.
—¡MATENLOS! —gritó Thoren.
Y Kael asintió.
Los tres titanes atacaron a la vez.
El suelo se quebró.
El hielo cubrió las ramas.
La lava explotó en círculos.
Y el rugido del presente, alimentado por el pasado, rompió el cielo.
Entre ellos, Samvarg aullaba. Cada rugido suyo bajaba la temperatura del campo. El hielo invadía lentamente las raíces, pero Ignelion fundía todo al contacto.
Lume había entrado también, y por primera vez… atacaba. Sus lianas eran látigos de espinas. Una naturaleza herida.
La gente huía. Los portadores gritaban que se alejaran.
Todo era confusión. Caos. Cenizas. Grietas. Llamas.
Kael se giró hacia Rykan.
—Te voy a congelar los huesos.
Samvarg rugió como un trueno. El hielo explotó.
Ignelion giró hacia ellos. Aún no atacaba. Solo detenía. Pero el campo ya estaba en llamas.
Todo temblaba.
El mundo ya no tenía dirección, ni arriba ni abajo. Solo un eje de caos que se expandía desde el centro del claro, donde cuatro titanes colosales contenían sus verdaderas fuerzas, mientras tres portadores chocaban como meteoritos ardiendo.
Kael y Thoren no hablaban. No pensaban. Eran impulsos y odio puro. Rykan, en cambio, era cálculo, hielo mental disfrazado de fuego. Sus pies apenas dejaban marcas. Se movía como si supiera cada acción antes de que sucediera.
Thoren no se contenía.
—¡TE VOY A PARTIR EN DOS! —gritó, sus puños endurecidos por placas de tierra que se formaban al avanzar.
Rykan no esquivó. Giró sobre su propio eje, extendió el brazo y desvió el golpe con el antebrazo envuelto en magma sólido. Una ola de chispas estalló en el aire.
El impacto lanzó a Thoren hacia una pared semidestruida, que cedió en un rugido de piedra. El polvo cubrió todo. Pero antes de que se disipara, ya estaba de pie.
Kael vino después.
Lanzó proyectiles de hielo a velocidad supersónica, formando estacas y cuchillas en el aire. Rykan bailó entre ellas, algunas le rozaron el traje, dejando marcas, pero nada lo detenía.
Entonces, Kael se impulsó sobre una placa congelada que se extendía por debajo del campo y apareció tras Rykan como una sombra blanca.
Lo golpeó. Directo al costado del rostro.
Rykan se tambaleó. Por primera vez, su equilibrio pareció flaquear.
Pero su rostro no mostró dolor. Solo atención.
Giró el cuello, miró a Kael de reojo y extendió ambas palmas.
—¿Esto es todo lo que tienen?
Del suelo brotó una columna de magma líquido, como una flor de fuego, que obligó a Kael a retroceder. Samvarg rugió al mismo tiempo, su aullido congelando el aire, creando una pared helada para proteger a su portador.
Valgor, enorme como una montaña, se interpuso entre Rykan y Thoren, cuando este último cayó tras una explosión de magma que lo lanzó contra el suelo.
Rykan quiso continuar el ataque, pero Ignelion lo detuvo con su cuerpo. No atacó. Simplemente puso su garra delante, deteniendo a su propio portador.
El magma salpicó por los bordes, fundiendo los adoquines. Ignelion rugió, pero sin violencia.
Valgor hizo lo mismo. Una piedra emergió del suelo, cubriendo a Thoren como una cúpula protectora. Ambos titanes no peleaban. Solo intervenían para impedir una muerte.
Esto desconcertó a los tres.
¿Por qué no peleaban?
¿Por qué, con todo su poder, simplemente... se interponían?
Rykan se aparto de su titán y giró sobre sí mismo, elevó ambas manos y el suelo se abrió como una flor de lava.
Una docena de esferas incandescentes emergieron y salieron disparadas hacia Kael y Thoren, que apenas lograron esquivarlas. El impacto en el fondo destruyó otro edificio, que se desmoronó en una nube negra.
Kael utilizó el aire congelado para formar espejos de hielo que redirigieron algunos proyectiles.
Thoren emergió de la tierra como una lanza humana, alzando una muralla de piedra que detuvo los demás.
A pesar de todo… Rykan no sangraba.
Él no se tambaleaba.
Ellos sí.
Y en medio del campo —tras ataques desesperados con raíces, espinas y látigos de savia ardiente— Lume se detuvo.
No por miedo. Por algo más grande.
Su luz… cambió.
De un rojo ardiente… a un ámbar apagado, casi grisáceo. Luego, lentamente, se volvió azul tenue, y finalmente blanco.
Miró al horizonte.
Más allá del fuego, más allá del humo y los edificios derrumbados… Lira. Sus raíces se recogieron. Su figura tembló.
Se giró.
Hacia el bosque.
Y corrió.
Su zancada hizo crujir el pavimento, empujar la tierra, apartar hojas.
Kael lo vio. Su pecho se tensó.
Thoren dio un paso, instintivo.
Gritó entre dientes:
—¡LIRA…!
Lume ya no estaba.
Solo un rastro de hojas danzando en el viento, y una ausencia que se sintió más fuerte que el rugido de los titanes.
Thoren vio la dirección hacia la que Lume se fue. El instinto fue inmediato. Quiso ir tras ella. Pero no podía dejar a Kael solo.
Porque sabían… que si se distraían un segundo… Rykan los destruiría.
Kael y Thoren volvieron a levantar los puños.
La batalla aún no había alcanzado su punto más alto.
Pero algo dentro de ellos ya sabía…
Que el verdadero infierno aún no había comenzado.