El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Polvo Gris Sobre Tierra Vieja
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Polvo Gris Sobre Tierra Vieja

El cielo comenzaba a respirar luz.

No era aún amanecer del todo, pero las sombras se habían vuelto grises en lugar de negras. La escarcha crujía bajo sus pies pesados, y la neblina se disolvía en jirones al paso de Thoren, que caminaba sin mirar atrás, sin rumbo, sin dirección. No había podido dormir.

Sólo… avanzaba.

La tierra temblaba apenas a su paso, no por sus pasos, sino por los pensamientos que arrastraba. Cada uno más denso que el anterior. Cada uno más duro de masticar.

Kael. Lira. Miko.

Y esa rabia… que ya no sabía si estaba encendida o sólo era un carbón consumido.

Se detuvo cuando vio el claro abrirse entre los esqueletos de edificios, donde un día el bosque había sido devorado por fuego, radiación y muerte. Las raíces estaban calcinadas. El viento le trajo un aroma a piedra partida… a tierra vieja. A memoria quemada.

—Gracias por seguir aquí —dijo con una voz profunda.

Thoren se giró.

Valgor emergía de entre ruinas como una bestia antigua. Musgo petrificado cubría sus patas, líquenes colgaban como heridas secas, y sus ojos, eternamente tristes, lo miraban con la gravedad de quien ha sobrevivido al fin del mundo… varias veces.

Thoren no dijo nada más. Solo bajó la mirada. El silencio se estiró entre ellos. Como una cuerda que no sabía si ataba… o ahorcaba.

Finalmente, Valgor habló:

“¿Recuerdas el día en que me viste llegar a la tribu del hielo?”

Thoren asintió, casi imperceptible.

“Estabas de pie a la entrada cuando me viste. Tenías las manos cerradas. Como si quisieras destruir el mundo entero con ellas y a mí. Y yo... no supe si acercarme o marcharme para siempre”

Thoren cerró los ojos. Imágenes cruzaron su mente como cuchillas oxidadas. Agua salada. Nieve ensangrentada. Soledad.

—¿Por qué no te fuiste?

“Porque tenía que decirte la verdad. Pero no podía”

Thoren lo miró. Sus ojos eran cuchillos.

—Entonces hazlo ahora.

Valgor bajó el cuerpo, hasta arrodillarse frente a él. Sus cuernos agrietados casi tocaban el suelo. Valgor era imponente y no se arrodillaba ante nadie, solo la hacía cuando era sumamente necesario.

Un viento cruzó entre ellos. No traía hojas. Solo cenizas.

Valgor tragó un silencio que pesaba como roca.

“Cuando el Errante llegó a nuestra aldea… su sombra cubrió todo el valle. Los míos pelearon hasta el final. Vi cómo desgarraba la tierra. Lo que tocaba… se deshacía”

Thoren apretó los dientes.

“No podía con él. Así que hice lo único que me quedaba: abrí mi espalda. Los escondí. A todos. Los encapsulé en mi carne. En mi pecho. En mi alma”

—¿A todos? —susurró Thoren.

Valgor bajó el rostro como si su propia montaña se desplomara.

“Ella no quería separarse de ti” dijo con voz quebrada “Gritaba tu nombre. Pero su… ya había sido lanzada lejos. Te protegí con una cápsula de tierra. Lo último que pude hacer. Luego… saliste tú. Yo fui arrojado al olvido”

—Y cuando despertaste… —dijo Thoren, ya sin aire.

“Ya no quedaba nada” completó Valgor “Solo cuerpos… en mi espalda. Solo huesos donde una vez hubo esperanza”

Thoren dio un paso atrás. Como si lo hubieran arrojado dentro de un pozo.

—¿Todos…? ¿Todos murieron por tu culpa?

“No” Valgor cerró los ojos “Todos murieron… bajo mi cuidado”

Un silencio roto solo por el zumbido de una corriente lejana. O tal vez eran los recuerdos.

Thoren cayó de rodillas. Golpeó el suelo con ambas manos.

—¡Maldita sea! —gritó— ¡¿Por qué lo hiciste?! ¡Eras su protector! ¡ERAS SU TITÁN!

“Y los fallé” dijo Valgor. Apenas audible. Casi humano. Sus lágrimas comenzaron a caer en silencio.

Thoren jadeaba. Ya no lloraba. Solo temblaba.

—¡Miko…! —El nombre se le partió en la boca—. ¡Ella… confiaba en ti!

Y entonces… se arrojó contra Valgor.

No con violencia. Con desesperación.

Lo abrazó. Con fuerza. Apretando su hocico inmenso, llorando como quien lleva años sin permitírselo.

—Yo tampoco pude protegerla… —murmuró—. Tú hiciste lo mejor que pudiste.

Valgor cerró los ojos. No respondió. Solo permitió el peso del niño que había cargado toda su vida sin saberlo.

Así permanecieron por varios minutos, perdonándose, sanando, sintiendo.

Y entonces, como si algo se abriera, Valgor habló nuevamente.

“Tienes rabia hacia Kael, lo sé. Pero no es justa”

Thoren no se movió. Solo escuchó.

“Lo viste como un enemigo. Como alguien que te quitaba espacio. Que robaba afecto. Pero no entiendes aún… que él nunca quiso pelear contigo. Él peleaba por ti”

Thoren respiró hondo. Dolía oír eso.

“Kael es más que tu amigo” dijo Valgor con voz grave “Es tu eco. Tu reflejo. Ustedes no son hermanos por sangre. Son hermanos por destino. Por voluntad. Por batalla”

—Él… me mintió —susurró Thoren.

“Te protegió” corrigió Valgor “Como tú lo hiciste muchas veces. Ustedes dos son hielo y tierra. Diferentes. Pero cuando se unen… son cimientos. Son fuerza. Son imposibles de derribar”

Valgor se acercó más, casi tocando su frente.

“Tu dolor lo ha sentido también. Él perdió a Miko contigo. Y la sigue llorando contigo. Aunque no lo veas”

Thoren apretó los ojos. Recordó risas. Peleas tontas. Promesas en la nieve. La primera vez que vieron a Samvarg correr bajo la aurora.

“Hermandad…” repitió Valgor “no es estar de acuerdo. Es no abandonarse, incluso cuando todo se cae”

El silencio volvió. Esta vez… no dolía.

Y cuando parecía que la calma finalmente respiraba, un zumbido sutil cortó el aire.

Thoren alzó la cabeza.

Un punto metálico surcaba el cielo. Lento. Observador.

Un dron espía.

Sus hélices giraban como un insecto maldito. Una máquina que no debería estar ahí. Una presencia ajena, invasiva… y peligrosa.

—¿La ciudadela…? —murmuró Thoren.

El dron no se detuvo. Dio una vuelta sobre el cielo lejano… y desapareció entre las nubes negras del amanecer.

El corazón de Thoren golpeó en su pecho como un tambor.

Se puso de pie. Se secó las lágrimas. Ya no temblaba.

La rabia se había ido. Lo que quedaba era decisión.

—Vamos.

Valgor lo miró.

“Llego la hora”

Thoren subió sobre su lomo. Acarició las placas rocosas de su cuello.

—No voy a quedarme atrás otra vez —dijo.

La voz le temblaba… pero era más fuerte que nunca.

Y mientras el sol rompía finalmente el horizonte con un brillo pálido y sucio, la silueta de Valgor y Thoren avanzaba entre las ruinas del mundo, como una sombra de esperanza endurecida por la tragedia.

Y bajo ellos… la tierra por fin exhalaba.