El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Árboles que No Pueden Llorar
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Árboles que No Pueden Llorar

El bosque ardía en un silencio roto.

Lume corría. Sus patas, fuertes y pesadas, hundían el suelo con cada zancada.

Raíces quebradas, ramas reventadas, hojas lanzadas al aire como suspiros verdes.

Cada movimiento suyo era preciso, urgente.

El mundo, tras él, se cerraba. Como si la propia tierra supiera que lo que corría no era una bestia. Era esperanza.

Su luz, normalmente apacible, era ahora una llamarada roja, parpadeante, como si la desesperación latiera en su pecho.

El combate seguía a la distancia, rugiendo como una tormenta. El cielo estaba cubierto de humo y ceniza, de destellos de escarcha y lenguas de fuego. Samvarg rugía. Valgor embestía. Pero Lume no miró atrás. No podía. Su objetivo era una sola cosa:

Lira.

Avanzó entre los árboles, esquivándolos con movimientos zigzagueantes, arrancando arbustos con el cuerpo, sin disminuir la marcha. La fauna escapaba ante él. Seres que nunca habían temido a los Titanes, ahora se retiraban en respeto. Como si todos supieran que una vida colgaba de un hilo.

Tras varios minutos, Lume frenó en seco. Miro a todas direcciones desesperado, buscándola.

El bosque se abrió, como si se inclinara ante la tragedia. Y entonces la vio.

El cuerpo de Lira.

Ella yacía sobre el fango, cubierta casi por completo por una cámara natural de ramas, lianas, hojas y espinas.

Como si la propia naturaleza hubiera intentado envolverla, protegerla.

Algunos animales la rodeaban. Pequeños, etéreos, místicos.

Cabras aladas de ojos blancos, zorros de madera, aves sin plumas que brillaban con una luz tenue.

No la tocaban. Solo la vigilaban. Como velas puestas junto a una tumba.

Lume se acercó y extendió una pata. Con un gesto suave, casi reverente, hizo retroceder las lianas que la cubrían.

Y entonces, la vio de verdad.

Su cuello estaba abierto. Una herida negra, quemada desde dentro, como si una chispa hubiese estallado bajo su piel y la hubiera partido. Su clavícula sobresalía. Había sangre seca y fresca. La tierra la había absorbido como si quisiera quedársela.

Pero lo peor...

Era su espalda.

Estaba desgarrada. No rasgada, no abierta. Desgarrada. Como si algo la hubiera partido en dos desde adentro.

Parte de la columna vertebral se veía, blanca y salpicada de rojo. Las costillas estaban torcidas. Algunas enredaderas habían intentado unir los huesos rotos, como si la naturaleza hubiese querido repararla. Pero había fallado.

La carne palpitaba, sin orden, sin ritmo. Como si su cuerpo, incluso ahora, se rehusara a morir. Como si gritara en silencio.

Lira respiraba. Pero era un susurro. Un gemido lejano.

Lume no hizo sonido alguno. Pero su luz palpitó con violencia. Su cuerpo brilló entero por un instante, como si fuera a estallar.

Se inclinó.

Colocó su hocico cerca de su pecho. Y entonces la luz que salía de su cuerpo pasó a ella.

No fue un rayo. Fue un flujo. Como una transfusión de esperanza. De energía.

Las hojas se alzaron a su alrededor. Los animales retrocedieron. La tierra tembló.

La luz invadió las heridas.

Los huesos comenzaron a moverse, a reacomodarse. La columna se cerró. Las venas volvieron a unirse. La piel se regeneró, centímetro a centímetro.

El cuello se cerró con un sonido húmedo, repulsivo.

El cuerpo de Lira se arqueó con un espasmo. Sangre salió por su boca.

Pero su respiración... no se estabilizó.

Lume se desplomó a su lado, exhausto.

Su luz, por primera vez, titiló de forma irregular.

Lira yacía inmóvil. El cuerpo sano, pero sin fuerzas. Como un capullo cerrado. Como una semilla bajo la tierra.

El bosque cayó en un silencio total.

A lo lejos, la guerra continuaba.

Pero en ese rincón del mundo... una vida se iba poco a poco.

Y el único que lo sabía...

No podía hablar para contarlo.