Entre Raíces y Ruinas
El barro seco crujía bajo cada paso. Las hojas muertas no se movían por el viento. Y el cielo, cubierto de nubes opacas, pesaba sobre los hombros de Thoren como un muro invisible.
Caminaba sin rumbo fijo, aunque sus pies parecían saber a dónde no quería ir: de regreso.
A lo lejos, entre colinas rotas y árboles silenciosos, se erguía la figura lejana de la ciudadela. Aún borrosa, casi flotando sobre la niebla como un recuerdo venenoso.
Las ruinas que bordeaban el bosque hablaban de guerras olvidadas.
Torres quebradas, cristales enterrados a medias, viejos símbolos oxidados de lo que alguna vez fue dominio absoluto.
Todo cubierto de musgo, de ramas secas, de tierra que empezaba a reclamar lo que el hombre había arrebatado.
Caminaba sobre una amplia avenida entre el límite de la ciudad y el bosque, en el fondo no podía alejarse de nadie, o no quería hacerlo aún.
Thoren pasó la mano por una roca tallada. Reconoció el símbolo grabado en ella: una insignia de unidad… de otra época, de antes de la caída. La apretó con fuerza, hasta que la piedra le dolió en la palma.
Apretó los dientes.
—Estúpido... —murmuró.
¿Se refería a Kael? ¿A sí mismo? ¿A Lira? Ni él lo sabía ya.
Se agachó junto a un pequeño riachuelo estancado. Lavó su cara. Miró su reflejo.
Sus ojos parecían más oscuros. Más duros.
Recordó.
A Kael en la tundra, cuando apenas era un niño pequeño. Su rostro helado por el clima, pero curioso. Su manera de hablar poco, pero mirar mucho.
Recordó el día que llegó hasta esa tribu. Él… ensangrentado. Roto. Solo. Y Kael fue el primero en acercarse. El primero en tocar su hombro.
—¿Tienes frío? —le había dicho. Y luego compartió su manta sin decir más.
Thoren negó con la cabeza, espantando el recuerdo como si fuera un insecto molesto.
—¡Tú no entiendes nada! —repitió en voz alta, como si Kael pudiera oírlo.
El eco rebotó entre las piedras. Lo hizo sentir más solo.
—¡Nunca entendiste lo que ella era para mí! —gritó—. ¡Ni lo que Miko… significaba!
El nombre escapó sin permiso. La herida se abrió otra vez.
Cerró los puños. Golpeó el suelo. Una. Dos. Tres veces.
La tierra se fracturó bajo sus nudillos. Pequeñas líneas se expandieron como venas de rabia. Pero la tierra no se rebeló. Solo lo sostuvo. Lo escuchó.
Valgor seguía ahí, solo a la distancia necesaria para él. Desde los edificios. Imponente. Silencioso.
No rugió. No se alzó. Solo se acercó.
Sus pasos eran lentos. Su mirada… profunda. Como si supiera que no había palabras necesarias en momentos como este.
Thoren no se giró.
—No me digas que vuelva. —le dijo, sin mirarlo—. No puedo mirarlo a los ojos otra vez. No después de lo que hice.
Valgor exhaló profundamente. Su aliento removió hojas secas y el polvo del suelo. Era cálido, terroso, como el interior de una montaña dormida.
Thoren se sentó, hundiendo las manos en la tierra. Cerró los ojos.
Y entonces pensó en Lira.
En su risa ligera. En cómo lo hacía sentir humano, menos arma. En cómo lo tocaba sin miedo, como si siempre supiera que él no iba a romperse, pero igual se preocupaba de no apretar demasiado.
—¿Por qué no me eligió…? —susurró—. ¿O sí lo hizo? ¿Y yo fui demasiado lento?
No hubo respuesta.
Se levantó con lentitud. Miró al cielo. Las nubes comenzaban a separarse apenas, dejando pasar una luz grisácea.
Caminó hasta un risco.
Desde ahí podía ver el límite del bosque y, más allá, un claro seco.
Y en ese claro, como salidas del vientre de la tierra, varias cápsulas hundidas. Algunas abiertas. Otras cubiertas de musgo. Una tenía grabado el mismo símbolo de la ciudadela que vio antes, pero con una marca reciente. Un corte, como si alguien lo hubiera tachado con furia.
Se acercó y se agachó. Tocó la superficie metálica.
—¿Cuántos más mandaron…? ¿Cuántos más están por despertar…?
Y entonces lo entendió. Tal vez no era momento de volver. Pero tampoco de huir.
Quizás su lugar no era junto a Kael… Ni detrás de Lira…
Sino aquí. Entre ruinas. Esperando al siguiente error del pasado.
Valgor se quedó junto a él. Como un guardián.
Thoren se dejó caer bajo un árbol solitario. El tronco estaba agrietado. Las raíces envolvían su cuerpo con lentitud, reconociéndolo.
Pero no lo reconfortaban. La tierra, esa vez… no era hogar. Era trinchera.