El Bosque que No Responde
El bosque era denso. Viejo. De árboles tan altos que parecían tocar las nubes rotas del anochecer. Sus ramas eran retorcidas, nudosas, como dedos de gigantes petrificados por el tiempo. Las hojas caídas crujían apenas bajo los pies de Lira, pero ni los pájaros ni el viento se atrevían a hablar.
Ella caminaba.
La capa estaba rasgada por la pelea anterior, arrastrando jirones como si fueran cicatrices visibles. Sus botas estaban húmedas, cubiertas de barro. Los mechones de su cabello se habían pegado a su rostro por la bruma del bosque, que le calaba los huesos y la mente.
Lira… ya no era Lira. Tampoco se sentía Ara. Solo era un eco sin nombre… y ese eco caminaba sin rumbo.
Las raíces, que antes danzaban ante su paso, no se movían ahora. Permanecían rígidas, enterradas. El musgo no la acariciaba. Las ramas no se inclinaban. Hasta las flores se cerraban a su paso, como si temieran reconocerla.
Se detuvo junto a un árbol retorcido, uno que parecía antiguo incluso para los estándares del bosque.
Apoyó una mano sobre su tronco.
—¿Nada…? —susurró.
La corteza estaba fría. Muerta, casi.
—¿Ni tú…?
El árbol no respondió. La savia no fluyó. La naturaleza no susurró.
Sus dedos temblaron. Dio un paso atrás. Luego otro. El corazón le latía despacio, pero con peso. Como si cada latido fuera un recordatorio.
Y entonces lo vio.
En el reflejo de un charco cercano.
No su rostro. No su cuerpo.
Sino una visión. Un fragmento de algo que no sabía si era memoria o delirio.
Ella, parada sobre un campo de hielo, con Kael atravesado por una lanza de raíces negras.
Su rostro cubierto de furia. Thoren, con el rostro abierto, tierra resquebrajada saliendo de su boca, mientras ella lo miraba sin compasión.
Gritos. Dolor. Cápsulas abriéndose. Mandatos repetidos como ecos metálicos.
Retrocedió. Tropezó. Cayó de sentón en la tierra húmeda.
—¡No…! —gritó, cubriéndose el rostro—. ¡No soy eso! ¡Yo… no soy eso!
El reflejo se quebró por una gota de lluvia. Pero el recuerdo quedó.
Su respiración se volvió irregular. Trató de llamar a alguien, a algo, con el único nombre que siempre la había hecho sentir acompañada.
—Lume…
Nada.
Solo el murmullo de hojas lejanas. El silencio le respondió.
Recordó cómo él había dado un paso… y luego se había quedado. Porque ella se lo había pedido. Porque ya no podía permitirse tenerlo cerca. Porque si seguía con ella… ¿qué lo convertía eso a él?
Apoyó las manos en el suelo. El barro le manchó los dedos, las muñecas. Intentó alzarse, pero no lo logró. Sus fuerzas no eran físicas. Estaban rotas desde adentro.
Y entonces… gritó.
Gritó con rabia. Con miedo. Con tristeza. Con asco de sí misma.
Golpeó la tierra con ambas manos. Golpeó raíces. Golpeó piedras hasta que sus nudillos sangraron.
El bosque no respondió.
—¡¿Qué soy ahora?! —lloró—. ¿Qué soy sin misión, sin recuerdos, sin hogar?
Se arrastró hasta un pequeño claro. Allí, en el centro, el musgo era más espeso. Se dejó caer sobre él como un cuerpo vacío.
El cielo era gris. Las nubes cruzaban lento, como sus pensamientos. Las lágrimas resbalaron en silencio. Primero unas pocas. Luego más. Hasta que Lira lloró como lo hacen los que ya no pueden fingir que entienden quiénes son.
No como una guerrera. No como una enemiga. Ni siquiera como una amiga.
Lloró como alguien… que ya no sabía si merecía seguir existiendo.
Pasaron minutos. U horas. No lo supo.
Fue entonces que algo suave rozó su pierna.
Un zorro de seis colas y seis ojos.
De pelaje oscuro, casi ceniza. La observó. Luego, sin miedo, se acurrucó junto a ella.
Después llegó un grupo de luciérnagas. Una mariposa blanca se posó sobre su hombro. Una raíz, apenas, se deslizó cerca… sin tocarla, pero sin huir.
Lira no sonrió. Ni habló.
Solo cerró los ojos.
Y en medio del claro, sola entre los árboles, entre lo que había sido y lo que aún no comprendía… lloró un poco más.