El Acero Azul Roto
El cielo de la noche estaba despejado. Estrellas frías salpicaban la oscuridad, lejanas, indiferentes al dolor que se escondía bajo ellas.
El viento soplaba con una delicadeza engañosa, arrastrando copos rezagados de escarcha por el suelo, como si incluso la nieve buscara una forma de huir del silencio.
Kael estaba solo.
De pie en el centro del terreno donde habían entrenado por semanas. El hielo bajo sus pies crujía, delgado y fatigado tras tantas pisadas, tantas caídas, tantas esperanzas puestas en una guerra que aún no comenzaba. El lugar seguía igual… pero también había cambiado. Como todo lo demás.
Se quitó la capa, la dejó caer a un lado. Cerró los ojos y dejó que el frío lo abrazara como una vieja memoria. El viento le acarició la piel descubierta del rostro, helándolo hasta los huesos, pero él no se inmutó.
Dio un paso hacia adelante. El hielo crujió. Otro paso. Luego abrió las manos, y el aura gélida que lo rodeaba comenzó a expandirse como un susurro.
—Vamos… —murmuró para sí mismo—. Solo concéntrate…
El aire vibró. Las partículas de humedad comenzaron a congelarse en su palma, y una pequeña lanza de hielo surgió. Pero temblaba, irregular, torpe. Kael la sostuvo por un momento… luego esta se partió en dos y cayó al suelo con un sonido seco.
Gruñó.
Se agachó, tomó los fragmentos, y los arrojó con fuerza al suelo. El hielo crujió más fuerte.
Intentó otra vez. Esta vez una pared, una columna, algo que lo ayudara a entrenar. Nada surgió. Su control era errático. La escarcha se formaba a su alrededor como si también estuviera en duelo.
Golpeó el suelo con ambas manos, dejando salir una ráfaga fría que se extendió por varios metros. No fue hermosa. No fue precisa. Fue caótica. Desesperada.
—¡¿Por qué…?! —gritó a la nada, al viento, al cielo indiferente—. ¡¿Por qué no puedo hacer nada bien…?!
Entonces lo sintió.
Un calor suave. Familiar.
Samvarg.
El enorme lobo de hielo se acercó en silencio, con sus pasos pesados pero elegantes, como si el hielo supiera acomodarse a su andar. Lo observó desde cerca, con sus ojos cristalinos, llenos de comprensión. Había estado ahí, siempre. Esperando. No con juicio. Solo con paciencia.
Kael cayó de rodillas. El lobo dio otro paso, y luego bajó la cabeza, con cuidado, hasta que su enorme hocico tocó el pecho de su compañero. Su aliento helado se mezcló con el de Kael.
Y entonces… lo lamió.
Una sola vez, lenta, como si intentara limpiar una herida invisible.
Kael apretó los dientes.
—Lo arruiné… —susurró, hundiendo los dedos en el pelaje gélido—. Lo dejé ir… los dejé ir a los dos…
Samvarg no respondió, pero su mirada decía todo. Un lazo profundo vibraba entre ellos. No eran palabras lo que necesitaba Kael… era presencia. Era sostén.
—¿Kael…?
La voz fue apenas un murmullo a la distancia. Kael no se giró.
Miko estaba parado a unos metros, con los brazos cruzados, los ojos grandes como platos bajo el abrigo que le quedaba ligeramente grande. Caminó hasta él con pasos indecisos, como si temiera romper algo más con solo acercarse.
—¿Estás… enojado? —preguntó el niño—. ¿O triste?
Kael respiró hondo. Mantuvo la mirada fija en el suelo. La escarcha se agrietaba a su alrededor.
—¿Tú también te vas a ir?
Esa pregunta… fue un cuchillo sin filo, pero igual de profundo.
Miko bajó la cabeza.
—Como ella… como él…
El hielo ya no crujió. Se rompió.
Kael no dijo nada. Solo se levantó con lentitud, el rostro cubierto por su cabello. Caminó hacia el borde del hielo, más allá del círculo de luz que proyectaba Samvarg. Sus pasos eran lentos. A cada uno, el frío se pegaba más al pecho.
Y entonces, sin decir nada, se dejó caer de rodillas otra vez.
Y lloró.
No en voz alta. No con dramatismo.
Lloró como lo hace un guerrero que no tiene permitido derrumbarse. Como lo hace un hermano que ha perdido la única brújula que siempre tuvo. Como un líder que se ha quedado sin fuerza… sin nadie a quien seguir.
Miko no lo siguió. Solo lo observó un instante, luego se alejó con pasos suaves, sus propios ojos humedeciéndose, aunque no sabía por qué.
Pasaron horas.
El hielo comenzó a volverse opaco bajo la luna. Samvarg seguía junto a él, como una estatua viva.
Fue entonces que una sombra se aproximó.
Kirelya.
No dijo nada. No hizo preguntas.
Se quitó el abrigo de lana que llevaba sobre los hombros —el único que ella misma tejió durante el invierno más crudo que vivieron—, y lo colocó con cuidado sobre Kael, sin tocarlo.
Kael no reaccionó al principio. Pero cuando ella se sentó a su lado, tan solo a un palmo de distancia, sin invadir su dolor, sin pedir explicaciones… él no se apartó.
No lloró otra vez.
Pero tampoco estaba solo.
Y esa noche, bajo las estrellas indiferentes, sobre el hielo roto de un líder quebrado, el silencio compartido se convirtió en abrigo.