El Error Nacido del Viento
El aire se tensó como una cuerda al borde de romperse.
Y entonces, el titán artificial atacó.
No rugió. No gritó. No emitió ninguna amenaza.
Simplemente se lanzó.
Fue un borrón entre el viento. En un segundo estaba frente a Kael, y en el siguiente, detrás. Sus alas membranosas se cerraron sobre sí mismo como una hoja cortante, y su brazo —largo, con dedos filosos como garras de hueso reforzado— cortó el aire en un movimiento letal.
Kael apenas logró esquivar.
—¡Cuidado! —gritó Thoren, levantando un muro de tierra para frenar al titán.
Pero no bastó. El ser atravesó el muro como si fuera humo, usando el impulso de sus alas para dar un giro imposible en el aire. Su cuerpo apenas rozaba el suelo. No corría: flotaba y embestía al mismo tiempo.
Era rápido. Más que cualquiera que hubieran enfrentado.
Valgor embistió. Samvarg cargó a su lado, aullando con furia.
Las patas de ambos titanes hicieron temblar el claro.
Samvarg trató de congelarlo. Un muro de hielo brotó del suelo, tan grueso como una muralla.
Pero el ser no se detuvo: usó su propio giro para golpear el hielo con una de sus alas, quebrándola desde dentro con una presión concentrada de viento comprimido.
Explosión.
Kael salió disparado hacia atrás, golpeando la nieve. Thoren rugió y golpeó el suelo con ambas manos, creando grietas sísmicas que buscaron atrapar los pies de la criatura.
Por un momento lo logró.
El titán incompleto cayó sobre una rodilla. Lira aprovechó y extendió raíces desde el suelo para atraparlo. Lo envolvieron como serpientes salvajes.
—¡Ahora! —gritó.
Kael, aun sangrando del hombro, alzó ambas manos y formó una lanza doble de hielo azul celeste, lista para lanzarse como proyectil.
Thoren alzó una columna de piedra desde el suelo, como un martillo ascendente.
El impacto fue casi simultáneo… pero no suficiente.
Las alas del ser giraron como hélices, lanzando una ráfaga de viento y esporas ácidas que destrozaron las raíces y desvió la lanza en el último segundo.
Un estallido cortó el campo en dos.
Todos cayeron. Incluso Valgor retrocedió. Samvarg gruñó con molestia al sentir la helada contaminada por la esencia del ser.
Y entonces… Lira gritó.
Uno de los zarcillos espinosos del titán le había atravesado el costado.
—¡Lira! —corrió Kael hacia ella.
Thoren se giró, furioso, y golpeó el suelo con su pie. La tierra tembló, elevando una trampa de rocas que atrapó una pierna del enemigo.
Lira apretó los dientes. Su mano temblorosa tocó la herida. Cerró los ojos. Las raíces a su alrededor se arrastraron hacia ella como un enjambre vivo, y en un instante, formaron una capa verde sobre la herida, sellando la hemorragia.
—No... no es suficiente —murmuró—. Es como si envenenara con solo tocar…
—¡Aléjate! —gritó Kael, al ver que el titán se liberaba nuevamente.
El ser no estaba perdiendo fuerza. Al contrario. Cada segundo parecía adaptarse más. Se movía como si probara cosas nuevas con su cuerpo. Como si aprendiera en tiempo real.
Y su mirada… esos ojos giratorios… ahora se centraban directamente en Lira.
Thoren lo notó.
—Está cazándola —dijo.
Kael endureció la mandíbula. —Entonces no la dejaremos sola.
Samvarg rugió, formando una onda expansiva helada. Valgor embistió desde un lateral, usando su enorme cuerpo para forzar al titán a retroceder.
El impacto lanzó al ser varios metros. Cayó de pie… pero por primera vez, se detuvo. Lo observaron agazapado, jadeante. Uno de sus brazos colgaba, dislocado. Un ala sangraba esporas verdes. El suelo a su alrededor estaba envenenado, ennegrecido.
Kael, Thoren y Lira se reagruparon. Miko estaba siendo protegido por Kirelya y Elsha a la distancia. Los demás seguían ahí, pero nadie se atrevía a interferir.
—Esto no es un experimento cualquiera —murmuró Thoren—. Esto fue creado… para cazarnos.
El ser alzó la cabeza una vez más.
El titán incompleto no huyó.
Saltó.
Y cayó como un relámpago torcido sobre Valgor, clavando su garra derecha en el cuello del coloso de tierra.
El impacto fue brutal: rocas, musgo y polvo salieron disparados, mientras el bisonte de piedra rugía, sacudiéndose con furia.
Samvarg intentó flanquear, pero el ser reaccionó antes, usando su ala como látigo para frenar al lobo con una ráfaga que le abrió una herida profunda en el costado.
Kael gritó de furia, deslizándose por el hielo, ambas manos extendidas, haciendo surgir un ejército de lanzas congeladas que se dispararon hacia el enemigo desde múltiples ángulos.
El titán incompleto los vio venir.
Y sonrió.
Con un giro violento, lanzó una ráfaga de viento que partió las lanzas, desviándolas con tal fuerza que algunos fragmentos cayeron peligrosamente cerca de los que observaban.
Una astilla atravesó el brazo de un joven, que cayó con un grito.
Lira se volvió hacia él por puro instinto, a la distancia hizo brotar raíces para detener la hemorragia.
Pero el titán ya estaba encima de ella.
Kael llegó justo a tiempo, bloqueando con una barrera de hielo. Esta se quebró al instante, pero le bastó para empujar a Lira hacia atrás y tomar su lugar.
—¡NO TOQUES A NADIE MÁS! —rugió Kael, y el aire a su alrededor bajó de temperatura en segundos.
El campo de batalla entero se volvió una tormenta polar. Samvarg aulló con poder, extendiendo ese frío sobrenatural que congelaba incluso la humedad del suelo. El titán sintió el cambio y se movió más lento.
Thoren se unió, invocando columnas de piedra que atraparon sus extremidades, sujetándolo con fuerza. El titán aulló esta vez, una mezcla aguda de viento y metal retorcido.
Lira se reincorporó con los ojos iluminados. De sus manos brotaron raíces cargadas de savia venenosa, que se enroscaron en las alas del enemigo, quemándolo.
Y entonces… todos atacaron.
Kael fue el primero. Saltó sobre el pecho del titán, y con una cuchilla de hielo puro le cercenó el ala izquierda. El ser chilló con una voz aguda, casi humana, y la sangre verdosa le manchó el rostro.
Thoren aplastó su pierna derecha con un pilar que surgió desde el interior de la tierra. Se escuchó el crack del hueso desgarrado, acompañado del estruendo sordo de una roca partida.
Samvarg embistió desde el lateral, clavando sus colmillos de hielo en el torso del titán, arrancando una sección de su carne vegetal mezclada con placas mecánicas.
Valgor no se contuvo. Con ambas patas delanteras, pisoteó la espalda del titán hasta que la columna se partió en tres.
Pero no se rendía.
Aun con una pierna colgando, sin un ala, sin equilibrio, el titán esquivó una lanza de hielo y logró herir a Kael en el muslo. Lira lo detuvo al instante con una liana que le atravesó el ojo derecho.
El ser chilló de nuevo. Esta vez, por rabia.
Y luego, intentó arrastrarse hacia ella.
—¡Suficiente! —gritó Thoren.
Unió ambos puños en el aire.
Una grieta surgió como un rayo.
Y del centro del campo emergió una trampa de tierra con púas de piedra que lo empaló desde abajo.
El titán quedó suspendido por un instante, jadeando, los ojos desorbitados.
Kael se colocó frente a él. Lira al otro lado. Thoren detrás. Los tres rodeándolo.
Y Miko, sin entender del todo, observaba con lágrimas en los ojos desde el límite del hielo.
Kael levantó la mano. Una lanza de hielo surgió, larga, pura.
—Esto no debió existir —dijo con voz baja.
Lira colocó la mano sobre su pecho. Hojas envolvieron el corazón de la criatura, sujetándolo.
Thoren elevó una roca afilada del suelo. Su energía temblaba, como si la tierra misma se negara a albergar a algo tan antinatural.
—Termínalo —dijo Thoren.
Kael asintió. Arrojó la lanza.
Y al mismo tiempo, Lira cerró las raíces, mientras Thoren empujó la piedra.
Las tres fuerzas chocaron contra el pecho abierto del titán.
Y en un último aliento… mientras se desmembraba explotó en una nube de viento pútrido.
El campo quedó en silencio.
Cuerpos jadeando.
Sangre —roja, verde, negra— mezclada sobre el hielo roto.
Lira se dejó caer de rodillas, sanando sus heridas mientras intentaba ayudar a Kael.
Thoren temblaba con furia contenida. Por lo que habían tenido que hacer. Por lo que esa cosa representaba.
Samvarg sangraba. Valgor respiraba con dificultad. Lume se mantenía detrás, sus luces apagadas, en señal de luto.
Y entre los restos humeantes, los tres protagonistas se miraron.
—No fue un titán. —No fue humano. —Fue un mensaje.
El enemigo había despertado algo.
Y ahora sabían lo que vendría después:
Monstruos creados sin alma.
Diseñados con un solo propósito…
Destruirlos.
Silencio.
Eso fue lo primero que vino tras el caos.
No un silencio de paz, sino de colapso. De agotamiento. De preguntas que aún no sabían formular.
Los restos del titán artificial seguían desintegrándose lentamente en la zona del lago, entre vapor fétido, raíces quemadas y placas metálicas aún humeantes. Pero lo peor no fue la criatura.
Fue lo que ocurrió después.
Samvarg cayó.
El gran lobo, colosal, majestuoso, el guardián ancestral del hielo, se tambaleó mientras retrocedía de la escena.
Su respiración se volvió espesa, forzada, como si cada bocanada de aire congelado pesara como plomo.
Una de sus patas delanteras, desgarrada hasta la articulación, sangraba con lentitud, manchando el hielo con un líquido cristalino y azulado.
Kael lo sintió antes de verlo. Un eco mental que no era palabra ni imagen, solo dolor contenido. Un aullido interno de su titán, como un grito ahogado que no quería asustarlo, pero tampoco podía ocultarlo.
—¡Samvarg! —corrió hacia él, deslizándose con torpeza sobre la superficie agrietada.
Samvarg se dejó caer de lado, con un rugido seco, uno que hizo vibrar incluso a los árboles cercanos. Sus ojos, brillantes como astros congelados, parpadearon con lentitud.
Lira llegó junto a Kael al instante, seguida de Thoren, jadeando, con sangre en los puños.
—¡Está malherido! —dijo Kael, arrodillándose junto al costado del lobo, sin saber dónde tocarlo sin causarle más dolor.
Lira no dudó. Extendió sus manos sobre la herida abierta, plantando raíces finísimas que entraban sin dañar, buscando el origen del desgarro, cerrando lo que podía.
Pero la carne de Samvarg no era como la de un animal común. Era hielo viviente. Energía pura en forma sólida. Y sanarlo significaba comprenderlo. Sentirlo.
Lume se acercó para ayudar con el momento de sanación, canalizando su poder elemental sobre Lira.
Lira sintió el frío por dentro, ese hielo que no era solo temperatura, sino pasado, honor, paciencia… y un miedo profundo. Miedo de dejar a Kael solo.
"No te vayas..."
La voz no fue de Samvarg. Fue de Kael. Pero no la dijo. Solo la pensó. Y ella la oyó.
Samvarg giró levemente el cuello, hasta que su enorme hocico reposó junto a Kael. Lo miró. Y el chico, por primera vez, lloró sin palabras. Sus lágrimas se congelaban antes de llegar al suelo.
—¿Puedes salvarlo? —preguntó con la voz rota.
—Sí —respondió Lira, apretando los dientes mientras su luz verde se intensificaba—. Pero… no rápido.
Las raíces crecieron más. Se mezclaron con el hielo. Se fundieron con él. Fue como un injerto entre naturaleza y escarcha, un abrazo de mundos que normalmente no se tocaban.
Thoren se arrodilló detrás de Kael y puso una mano en su hombro.
—Estará bien —dijo. Y fue suficiente.
La noche cayó sobre todos, mientras Lira y Lume continuaban sanando.
Nadie se apartó, nadie se fue a dormir aquella noche.
Días después…
Samvarg no podía caminar. Sus patas aún temblaban. Se mantenía acostado en un claro reforzado, rodeado por un semicírculo de árboles calcinados y curvados como protectores.
Kael apenas se separaba de él.
Cuando entrenaban, él lo vigilaba desde lejos. Cuando dormían, lo hacía cerca de su hocico, cubriéndolo con su manto. Cuando sanaban a otros, Kael regresaba de inmediato a revisar el progreso.
Lira iba cada noche, colocando nuevas raíces, ajustando el tejido helado con toques suaves, casi maternales.
A veces, Samvarg se quejaba con gruñidos suaves.
Otras, simplemente lo miraba.
"Te recuperarás" —le decía Kael, tocando su pelaje.
"No puedes dejarnos justo ahora."
Una noche, mientras las estrellas rompían las nubes por fin, Miko se acercó solo, cargando una taza de agua caliente.
—¿Puedo verlo? —preguntó con respeto, viendo a Kael como si hablara con un dios.
Kael asintió. El niño se acercó y apoyó la taza en el hielo frente a Samvarg.
—No es savia de curación, pero es rica en flores dulces —dijo—. Me lo daba mi mamá cuando me rompí un brazo.
Samvarg emitió un leve sonido que hizo vibrar la superficie. Fue una especie de ronroneo, uno que hizo sonreír a Miko.
—Sabía que le caería bien.
Esa noche, Kael le pidió a Lira que descansara. Él cuidaría del lobo. Thoren trajo madera para una pequeña fogata.
Pero los tres se quedaron ahí. Sin entrenar. Sin discutir. Solo juntos.
Al amanecer, Samvarg se levantó.
Lento. Tembloroso. Pero firme.
El hielo bajo sus patas no se quebró. Se reforzó.
Kael no dijo nada. Solo lo miró… y por primera vez en días, sonrió.
Samvarg le respondió con un pensamiento claro, directo:
"Estoy listo. Pero no vuelvas a llorar por mí."
"Entonces no te mueras, hermano." —respondió Kael, mentalmente.
Samvarg ronroneó. Y todos los árboles de alrededor se sacudieron suavemente.