El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Vestigios de lo Que Fue
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Vestigios de lo Que Fue

El cielo se había cubierto de nubes oscuras.

No era aún tormenta, pero tampoco claridad. Era esa clase de gris que parecía guardar la respiración del mundo antes de un desastre.

Se agachó frente al cilindro metálico, cubierto por una gruesa capa de óxido y tierra. Tenía el tamaño de un ataúd, pero estaba demasiado bien conservado. Y algo... algo en el aire cambió en cuanto lo tocó.

Un zumbido leve.

Una vibración profunda, como si un tambor bajo tierra hubiese empezado a sonar.

—Aléjate —le dijo a Miko con voz firme.

Presionó uno de los símbolos triangulares en el costado.

Pssssssshh...

El cristal se iluminó. Dentro, la figura humana dormía. Joven, con el rostro pálido, delgado, y un uniforme que no pertenecía a ninguna tribu. Piezas mecánicas sobresalían de su cuello y su antebrazo. Llevaba una máscara rota colgando del cinturón. Su pecho subía y bajaba. Dormía… o quizás soñaba.

Thoren retrocedió un paso.

—¿Está vivo? —preguntó Miko, temblando un poco.

—Sí.

El silencio se volvió espeso. Como si algo antiguo los estuviera escuchando.

Y entonces, Miko, sin querer, camino hacia atrás y chocó con un escombro.

Thoren volteo a ver a Miko.

Los ojos del joven dentro de la cápsula se abrieron de golpe.

Ámbar. Intensos. Vacíos.

Un segundo después, el cristal explotó desde adentro. Thoren apenas alcanzó a levantar un muro de tierra para amortiguar los fragmentos.

La figura salió como una fiera. Casi sin tocar el suelo.

—¡¿QUIÉN ERES?! —gritó Thoren, pero no hubo respuesta.

El joven lo atacó con movimientos precisos, aprendidos. Directos a los puntos vitales. Como si no peleara… sino ejecutara una orden.

Thoren solo se defendía. Evitaba herirlo, contenía sus golpes. Pero la fuerza del muchacho era anormal.

—¡MIKO, CORRE! —rugió.

El niño retrocedió unos pasos más. Dudó. Pero luego salió disparado, corriendo entre la maleza, gritando con toda la fuerza de sus pulmones.

—¡KAEL! ¡LIRA! ¡AYUDAAA!

Kael y Lira estaban entrenando con un grupo de jóvenes cerca del puente. El grito se escuchó desde lejos. Agudo. Desesperado.

Samvarg y Valgor se irguieron al instante.

BOOOOMM

Un solo salto, y los titanes comenzaron a correr.

El suelo se estremecía con cada paso. Las ruinas vibraban. Los árboles se apartaban como si los reconocieran.

Lume encendió su luz.

Ara corrió detrás.

Thoren rodó por el suelo, levantándose con dificultad. El joven lo atacaba sin hablar, sin mostrar emoción. Solo un código impreso en sus nervios.

Thoren sintió algo mal... en su energía. Como si ese chico no solo golpeara: absorbiera. Como si algo en él drenara la fuerza de lo que tocaba.

Y entonces aparecieron los otros dos.

No salieron de cápsulas. Emergieron de entre el barro, proyectados de estructuras colapsadas. Uno tenía ojos negros y un cuerpo cubierto de símbolos arcanos. El otro llevaba un respirador de metal sobre el rostro, que se abría para mostrar dientes afilados como cuchillas.

En esos precisos momentos llegaban Lira y Kael.

—OBJETIVO: LOCALIZADO —dijeron al unísono. —PRIORIDAD: ELIMINAR A LOS TITANES Y LOS PROTECTORES. —ARA: ACTIVA PROTOCOLO DE CAZA. —CONFIRMA IDENTIDAD Y OBEDECE.

Todos giraron hacia Lira. Ella se detuvo en seco. Un escalofrío recorrió su columna. Las voces… le resultaban familiares. Antiguas. Como un eco en su sangre.

Kael la miró. Dio un paso al frente.

—¿Lira?

Ella no respondió.

Los tres enemigos la miraban fijamente, esperando su traición.

—Ara —repitieron.

Ella bajó la cabeza. Dio un paso.

El suelo susurró.

Y entonces giró hacia los suyos… y creó un muro de raíces para protegerlos.

—¡MI NOMbrE NO ES ARA!

El claro ya no era claro.

Era una tormenta de poderes desatados, rugidos elementales, raíces desgarradas, tierra quebrada, hielo partido y gritos de guerra.

Todos se habían acercado a ver lo que estaba pasando ahí, pero no atacaban, tenían miedo y nadie los obligó a nada. Kirelya se encargó de proteger a Miko.

La cápsula aún humeaba. Tres figuras emergieron como espectros del pasado…

o del futuro. Cubiertos con ropajes híbridos entre tecnología y naturaleza: cueros reforzados, correas metálicas, visores rotos, músculos marcados por cicatrices de batalla, y en sus ojos, algo que no correspondía a este tiempo.

El primero, ágil y delgado, se lanzó directo hacia Kael como una saeta. Sus cuchillas giraban como hélices, y cada salto dejaba marcas en el concreto.

Kael no se movió.

Levantó la mano.

—Ya aprendí a congelar al viento —murmuró.

El suelo estalló en escarcha. Una ola blanca como un rugido se alzó, rugiendo como un glaciar desgarrado.

El robot intentó cortar el hielo, pero era tarde. Fue atrapado, sellado en una cápsula congelada que crujió al instante, atrapando sus engranajes, su núcleo, su conciencia ausente.

Dentro del hielo, el enemigo rasgó con fuerza, desesperado.

Kael cerró el puño.

El hielo estalló hacia adentro. Silencio. Vapor. Restos.

El segundo enemigo —el más corpulento, con brazos como yunques y piernas reforzadas con pistones— cargó como una locomotora hacia Thoren.

Cada pisada era un martillo.

Thoren lo esperó, arrodillado. Golpeó el suelo con ambas manos. Una grieta lo partió todo.

—¡Te hundo aquí!

El terreno se quebró como papel. El robot cayó… pero no antes de que una columna de roca lo impulsara hacia arriba como un proyectil maldito.

Thoren giró sobre sí mismo, la espalda cubierta de placas pétreas. Frente al punto de caída, levantó una muralla maciza de piedra con sus brazos.

El impacto fue tan brutal que el sonido se expandió como un cañonazo. El cuerpo metálico del enemigo se dobló en su mitad inferior. Chispa. Aceite. Humo negro.

—No vengan solos —escupió Thoren, con sangre en los dientes.

Lira, más atrás, se movía con precisión. Lume estaba con ella, brillando, cuidándola.

Ella no atacaba como ellos.

Ella desarmaba.

Uno de los enemigos levantó un lanzador en su hombro. Cargó una esfera con púas.

Lira levantó la mano, sus dedos temblando. Desde el suelo calcinado brotaron raíces grises, pálidas, aún vivas por terquedad, por odio. Atravesaron el piso. Enredaron el lanzador. Lo arrancaron de cuajo. Lo aplastaban como un hueso seco.

El enemigo giró hacia ella.

Pero no logró disparar.

Una pared de ramas retorcidas surgió entre ambos. Como si el bosque muerto recordara por un instante cómo se lucha.

—¡LIRA! —gritó Kael, al verla retroceder con un corte en el hombro.

Pero Lume saltó sobre ella, envolviéndola con luz cálida. El corte se cerró al instante. Y sus ojos volvieron a abrirse. Ya no asustada.

Lista.

—

El tercero—más pequeño, pero con puertos de energía en la espalda— activó algo.

Un pitido. Una cuenta regresiva.

Thoren lo supo al instante.

—¡TIENE UNA BOMBA INTERNA!

Kael lo vio moverse. No dudó.

Cerró los ojos. Formó una aguja de hielo, tan fina como un alfiler, y se lanzó con una ráfaga.

El hielo silbó.

La aguja atravesó el pecho del enemigo… justo donde su núcleo brillaba. El pitido se apagó. Un siseo. Vapor. Cortocircuito. El robot cayó.

—Quédate ahí —dijo Kael entre dientes—. No mereces una tumba.

Pero estos no obedecieron. Volviendo atacar.

Valgor se preparó. Y el campo se partió.

El titán de tierra de 50 metros era una montaña viva. Sus patas hundían el suelo, sus pezuñas lo agrietaban, y su lomo sacudía el aire como un terremoto con alma.

Uno de los robots intentó cargar contra Kael por un lado.

Valgor lo interceptó como una pared en movimiento. Su costado lo arrolló. El cuerpo del robot quedó incrustado en un edificio derrumbado.

Y Samvarg…

Samvarg saltó sobre una columna caída.

Desde allí, exhaló escarcha pura. No una nevada. No una brisa. Era un rayo polar.

Uno de los enemigos que trataba de escapar por un túnel quedó atrapado en la explosión gélida. Su cuerpo entero se congeló. Y luego… estalló como un cristal roto.

Lira temblaba.

No de miedo.

De reconocimiento.

Solo quedaba uno.

El corpulento, aún vivo, pero atrapado entre los restos de piedra, sangrando, jadeando.

Kael y Thoren se acercaron, y Lira bajó las manos lentamente. No tenía intención de matarlo… aún.

—¿Quiénes son? —preguntó Kael.

El enemigo escupió sangre. Rió, ronco. Su cuerpo chisporroteaba. Era una risa que no venía de gozo. Venía de derrota… y advertencia.

—No debieron llegar tan lejos...

Kael se agachó, lo tomó del pecho.

—¿Quién te envió?

Pero el enemigo solo giró el rostro hacia Lira.

—"Ara..." —susurró—. No cumpliste…

Y entonces el cráneo comenzó a humear. Su piel metálica se calentó en segundos.

—¡Se va a quemar desde adentro! —advirtió Thoren.

Kael retrocedió.

Un silbido eléctrico surgió del interior del enemigo.

Se fundió. Sus ojos se apagaron. La cabeza crujió. Toda su estructura interna colapsó. Como si alguien, desde lejos, hubiera activado un protocolo de autodestrucción silenciosa.

Murió con una sonrisa torcida.

El silencio que quedó no fue de tranquilidad.

Fue de presagio.

Kael, Thoren y Lira se miraron, aun respirando con dificultad. El suelo estaba cubierto de fragmentos de tecnología, sangre y escarcha.

Lira caminó hasta uno de los cadáveres. Su cuerpo temblaba.

Era por lo que sintió cuando la llamaron por ese nombre. “Ara”.

Thoren no dijo nada. Pero sus nudillos estaban blancos.

Samvarg y Valgor se posicionaron a sus espaldas, alertas. Como si intuyeran que eso… no había sido el final.

Había algo más. Algo esperando. Algo que no quería ser descubierto… Aún.

El combate había terminado, pero el aire seguía cargado.

Las raíces aún se retorcían alrededor de los cuerpos vencidos, y el vapor salía del hielo resquebrajado. El lago, tan sereno hacía apenas una hora, ahora parecía una herida abierta bajo el cielo.

Thoren respiraba con fuerza. Kael mantenía a Lira detrás suyo, sin saber si protegerla… o preguntarle por qué la habían llamado Ara.

Lira seguía temblando. En sus ojos danzaba un miedo que no nacía del combate.

—Ellos… me reconocieron —murmuró.

Todos se volvieron hacia ella.

—Me miraron como si… como si los hubiera traicionado. Como si alguna vez… hubiera sido parte de ellos.

Kael apretó los puños.

—No eras tú. No eres ellos.

—¿Cómo lo sabes? —susurró Lira, la voz quebrada—. Algo en mí… reaccionó. Lo sentí. Cuando me llamaron por ese nombre.

—¿Ara? —repitió Miko, aún aferrado a la capa de Kirelya.

Lira asintió. Kirelya frunció el ceño.

—Su tono… no era de búsqueda. Era de obediencia. Esperaban que siguieras sus órdenes.

—Y no lo hice —dijo Lira, casi con una risa rota—. Y por eso nos atacaron.

Thoren se agachó cerca del cuerpo de uno de ellos. Lo observó con atención. La piel tenía marcas como raíces internas, mezcladas con circuitos. El cuerpo no parecía exactamente humano… ni completamente vivo.

—No fueron criados. Fueron ensamblados.

—¿Y si yo también fui ensamblada? —preguntó Lira con voz apagada.

Kael no respondió. Solo bajó la mirada. Nadie tenía esa respuesta. Ni siquiera ella.

Fue entonces cuando el suelo tembló ligeramente, con un zumbido metálico.

Todos se giraron al mismo tiempo.

Más allá surgió algo, una cápsula más grande, oculta entre raíces secas y musgo podrido, empezó a vibrar. Una luz carmesí comenzó a pulsar por sus ranuras. Vapor salió con un chillido.

Thoren retrocedió. Samvarg gruñó al instante. Valgor pisoteó el suelo. Lume encendió su luz al máximo.

—¡Atrás! —gritó Kael.

Un rugido de presión interna se acumuló hasta que...

¡KRAKHHH!

La puerta de la cápsula salió disparada como un cañón, estrellándose contra un árbol calcinado y partiéndolo en dos.

De su interior emergió… algo que no debía existir.

Primero, solo una figura doblada, jadeante, como si acabara de nacer. Después, al erguirse, su forma quedó clara.

Un cuerpo de diez metros de altura, demasiado delgado para sostener su propio poder, cubierto por una mezcla grotesca de corteza viva, tubos transparentes y alas membranosas que se extendían desde sus omóplatos como ramas filosas.

El torso tenía musculatura falsa, moldeada como imitación humana, pero abierta en zonas, donde se veían raíces verdes pulsantes y metal oxidado.

Su rostro era lo más inhumano: cómo una máscara sin boca, con ranuras que se abrían y cerraban al respirar. En lugar de ojos, tenía orbes dorados giratorios, como brújulas eternamente confundidas.

El viento a su alrededor se torcía, como si respirara a través del aire mismo. El pasto bajo sus pies moría al contacto, marchitado por una esencia impura, artificial, corrupta.

El ser alzó lentamente la cabeza.

Las alas crujieron al desplegarse. Una de ellas tenía aún un cable colgando. La otra chispeaba con esporas luminosas. Un zumbido empezó a escucharse alrededor, como si el viento lo rodeara y lo reconociera... como error.

Todos retrocedieron un paso. Nadie se atrevía a hablar.

Samvarg gruñó como si enfrentara a un rival digno. Su aliento helado se volvió denso, amenazante. Valgor clavó sus pezuñas, las piedras bajo él flotaron por un segundo. Lume avanzó hasta quedar al frente de Lira, su luz bajó… luego se elevó lentamente. Un “no” y un “sí” al mismo tiempo.

Kael, Thoren y Lira intercambiaron miradas. Miedo. Duda. Decisión.

Kael conjuró hielo en sus brazos. Thoren endureció la tierra bajo sus pies. Lira cerró los ojos y las raíces a su alrededor se alzaron como serpientes en guardia.

El monstruo inclinó la cabeza hacia ellos… como si los reconociera.

O peor aún: como si los recordara.

Y entonces, todo el claro enmudeció.

Las bestias gigantes estaban listas. Los jóvenes… también.

El aire se partió en silencio. Y la batalla estaba a punto de comenzar.