La Fogata de la Verdad
La noche había caído con un silencio distinto al habitual. No era el silencio del descanso ni el que antecede a la tormenta. Era uno denso, suspendido, como si incluso el viento contuviera el aliento.
El grupo se había reunido en el claro donde entrenaban. La tierra aún mostraba cicatrices del combate entre los portadores, pero las raíces ya empezaban a cubrir los bordes rotos, como si la naturaleza quisiera sanar junto a ellos.
Una fogata chispeaba en el centro. Su luz anaranjada parpadeaba en los rostros de los presentes: Kael, con la mandíbula tensa; Thoren, de brazos cruzados, ojos clavados en Lira; Kirelya abrazando a Miko, que se encogía de hombros con curiosidad infantil; Elsha, como una estatua de sabiduría, callada.
Y Lira, sentada en silencio, con los codos sobre las rodillas y la mirada baja, perdida en las brasas.
Lume estaba de pie tras ella. Inmóvil, su cuerpo vegetal resplandecía apenas con un tono verde muy tenue.
Fue Kael quien hablo primero.
—Los tres... vinieron por nosotros. No sabían ni siquiera dónde estaban, pero sí a quién debían eliminar.
Sus palabras quedaron flotando en el aire.
Thoren entrecerró los ojos, su voz cargada de incredulidad y una chispa de rabia contenida:
—Y uno de ellos... te conocía.
Miko, que no hablaba mucho en momentos así, murmuró:
—Le dijo Ara...
Lira levantó la mirada. Su rostro estaba desprovisto de expresión, pero sus ojos brillaban con una humedad apenas contenida.
Durante unos segundos, nadie dijo nada más.
Lira se puso lentamente de pie.
Todos la siguieron con la mirada, como si temieran lo que estaba a punto de decir.
Miró primero al suelo, luego a Kael, y por último a Thoren, como si estuviera entregando partes iguales de verdad y culpa a ambos. Cómo si solo hubiera esperado a que Samvarg se recuperará para hablar del tema.
—Mi nombre... no es Lira. No lo fue —dijo con voz baja, pero clara—. Me llamaban Ara.
Se oyó un leve suspiro entre los demás.
—Y vine del futuro.
Nadie se movió.
Ni siquiera Lume.
—Fui enviada para impedir que ustedes destruyeran la ciudadela —continuó—. Mi misión era matarlos.
Las palabras cayeron como piedras. El silencio que siguió fue sofocante.
Thoren se levantó de golpe, el puño apretado. Su expresión era un caos de emociones.
—¿¡Qué…!? ¿Estuviste con nosotros todo este tiempo? ¿Curaste a nuestra gente? ¿Jugaste con Miko? ¿¡Mentías!?
Kael, más contenido, alzó una mano.
—¿Y por qué no lo hiciste? —preguntó—. Tuviste mil oportunidades. ¿Qué pasó?
Lira bajó los ojos. Su voz se quebró por primera vez.
—Porque no recordaba. No al principio. Algo falló en la cápsula. Caí... herida. Perdí partes de mí. De mi memoria, de mi propósito.
Respiró hondo. Cerró los ojos. Los párpados temblaban.
—Y luego comencé a soñar. Pesadillas. En ellas ustedes estaban muertos. Aniquilados por mis manos. Los veía suplicar. Los veía resistirse. Y yo… los destruía.
Algunos se removieron incómodos.
—Me despertaba llorando. Sin saber por qué. Hasta que los miré... y ya no eran monstruos. Eran humanos. Con cicatrices. Con fuego en el alma. Con miedo. Y entonces me volví cobarde —susurró—, porque comencé a quererlos.
Kirelya se puso de pie. Su tono era firme, pero no cruel.
—Si fuiste enviada por la ciudadela... ¿por qué tienes a Lume? Ninguno de los otros tenía un titán. ¿Cómo terminaste con uno... tan real?
Lira alzó la vista a su guardián. Lume seguía sin moverse. La luz en su pecho palpitaba lenta, como el corazón de un ser dormido.
Thoren, con voz más controlada ahora, añadió:
—Lume no es un artefacto. No es una máquina ni un experimento. Es un protector. Un espíritu. No uno artificial.
Kael, pensativo, cruzó los brazos.
—Si viniste del futuro… ¿cómo terminaste del lado de los titanes? ¿Cómo te convirtieron en una de nosotros?
Lira dudó. Tragó saliva.
—No lo sé. A veces siento que Lume me eligió. No por lo que era… sino por lo que podía ser. Como si… me perdonara algo que yo aún no he entendido.
El silencio regresó.
Lume bajó la cabeza, despacio. Su luz bajó un poco.
Entonces, Lira levantó el rostro. Se irguió como si una resolución la atravesara desde dentro.
—Debo irme —dijo.
Kael se adelantó.
—No tienes que hacer esto —insistió—. Estamos aquí. Podemos ayudarte.
Thoren dio un paso también.
—¿Vas a huir? ¿Después de todo lo que has sido para todos?
Lira negó despacio.
—No huyo. Pero no puedo quedarme. No puedo buscar respuestas si me siguen viendo como una amiga… o como una amenaza.
Kael apretó los puños.
—Entonces déjanos ir contigo. Aunque sea uno de nosotros.
Pero Lira ya se estaba apartando.
—No —dijo con voz firme—. Ni siquiera Lume vendrá… si yo no lo permito.
Todos voltearon hacia el titán de la naturaleza.
Lume dio un paso hacia ella. Luego se detuvo.
Su luz vibró… pero no avanzó más.
Esperaba.
Como si supiera que el último paso debía ser suyo.
Lira lo miró. Se le quebró algo en el rostro, pero se mantuvo firme.
—¿Lo ves? —susurró, sin mirar a nadie más—. Incluso él… me deja elegir.
Nadie volvió a hablar.
Lira se alejó entre los edificios. Sus pasos eran lentos pero decididos. Más adelante la vegetación se abría ante ella, solo para cerrarse en cuanto pasaba. Como un portal natural.
Lume permaneció quieto, como una estatua.
La última vez que la luz de su pecho brilló, fue cuando ella desapareció entre los arbustos. Luego, descendió, apagándose casi por completo.
Kael se quedó mirando el punto donde había desaparecido.
Thoren bajó la cabeza. Su quijada tensa, sus ojos clavados en la tierra.
Kirelya estrechó a Miko contra su pecho. El niño no entendía del todo, pero sabía que alguien importante se alejaba.
Elsha susurró, apenas audible, como si hablara a los espíritus del bosque:
—Y así… otra herida se abre en nuestro lado.