Donde el Vidrio Polar Refleja el Cielo
Al día siguiente, por la tarde, cuando el sol aún estaba alto pero suave, una voz recorrió la explanada donde entrenaban: —Todos al claro. Kael quiere hablarles —dijo Thoren, con un tono diferente. Más relajado. Más... ¿ligero?
Uno a uno, los grupos interrumpieron sus ejercicios. Algunos estaban cubiertos de polvo, otros tenían hojas enredadas en el cabello, o pequeñas heridas en las manos. Pero todos obedecieron. Curiosos. Cansados. Unidos.
Kael los esperaba de pie, con los brazos cruzados y una sonrisa apenas dibujada. Lira, Thoren, Kirelya, Miko y Elsha lo acompañaban. A lo lejos, como centinelas eternos, Samvarg, Valgor y Lume observaban.
—Quiero decirles algo —empezó Kael, alzando un poco la voz—. En estos días han hecho lo que muchos nunca creyeron posible. Han sangrado. Se han caído. Se han levantado. Y más importante aún… se han escuchado entre ustedes.
El murmullo general se disolvió. Todos lo miraban ahora, con atención.
—Aún falta. Mucho. No voy a mentirles. Pero… —hizo una pausa y miró a Thoren, que ya sonreía—... también sé que una espada que nunca descansa, termina rompiéndose.
Algunas risas discretas.
—Así que quiero que me acompañen. Todos. Donde vamos… no se necesita poder, ni precisión, ni velocidad. Solo ganas de sonreír un poco.
Algunos se miraron, intrigados. Pero nadie discutió. Kael ya había demostrado que, cuando callaba algo, era por algo bueno.
Caminaron largo rato. Pasaron por las antiguas rutas que bordeaban la ciudad, cruzaron raíces anchas como brazos humanos y escombros decorados con flores. Finalmente, al asomarse entre dos enormes troncos, lo vieron: el puente destruido. Y bajo él, el lago.
Era el mismo que tiempo atrás había sido congelado por Samvarg para rescatar los restos del dron caído. Ahora, con el tiempo y el sol, las aguas habían vuelto a su cauce, cristalinas, calmas, vibrando con una pureza que no parecía de este mundo.
—¿Aquí es? —preguntó Miko, con los ojos encendidos.
Kael asintió. Luego miró a Samvarg. No necesitó palabras.
El titán de hielo avanzó con pasos que hacían crujir la tierra. Se colocó al borde del precipicio, alzó la cabeza y exhaló una niebla helada que descendió como un velo sobre el lago.
Luego, colocó una sola pata sobre la orilla.
Y entonces, como si el mundo se detuviera un segundo, el agua se transformó en cristal.
Una capa perfecta de hielo se expandió en segundos, sólida, transparente, con brillos azulados que atrapaban la luz del cielo como una red de estrellas líquidas. El silencio fue total.
Kael se giró hacia ellos y dijo:
—El hielo está listo. Ahora… sus pies también lo estarán.
Levantó las manos y una corriente helada suave recorrió el aire.
Como copos invisibles que se posaban sobre los tobillos de todos, formando cuchillas de hielo personalizadas, que se ajustaban al pie como una segunda piel.
No eran patines normales. Eran extensiones de ellos mismos, nacidas del poder.
—Quien quiera entrar —dijo Kael—, solo debe desearlo. El hielo los reconoce.
Al principio, nadie se movió.
Luego, un niño dio el primer paso… y resbaló.
Las risas no se hicieron esperar. No burlonas, sino contagiosas.
Detrás de él, una joven con trenzas lo siguió, agarrándose de sus brazos. Ambos cayeron. Más carcajadas.
Pronto, más se animaron.
Cayeron. Se levantaron. Gritaban y reían. Algunos bailaban sin control, otros simplemente deslizaban los pies con torpeza.
Niños y jóvenes se deslizaban con entusiasmo. Adultos que juraban no hacerlo, terminaron en medio del hielo, tropezando como si fueran niños otra vez. Una pareja mayor se tomó de las manos y, paso a paso, avanzó con una torpeza tierna que hizo llorar de risa a los más cercanos.
Miko se lanzó de rodillas, girando sobre el hielo como si lo hubiera hecho toda su vida. Luego intentó pararse… y se estampó contra Thoren. —¡Esa fue tu culpa! —dijo, riendo, mientras Thoren lo empujaba de nuevo al hielo con suavidad.
Lira ayudó a Kirelya a mantenerse en pie. —Nunca aprendí a patinar —dijo la madre, con una mueca.
—Yo tampoco… —susurró Lira, riendo.
Ambas se tomaron de la mano. Y juntas, dieron vueltas lentas alrededor del borde. Rieron como niñas que compartían un secreto.
Thoren intentó seguir a Kael en una figura compleja y terminó cayendo de espaldas.
—¿Eso fue dirección o fuerza? —bufó desde el suelo.
—Puro estilo —respondió Kael, deslizándose en círculos a su alrededor.
—¿Por qué nunca me enseñaste a patinar? — preguntó Thoren casi con seriedad.
—Nunca quisiste aprender — rio Kael en respuesta.
Valgor bufó a lo lejos. Samvarg ladeó la cabeza. Lume pulsó con una luz tenue, como si también sonriera.
El aire helado cortaba como cristales diminutos.
Bajo la sombra inmensa de un puente casi derrumbado, un coloso metálico oxidado, devorado por el tiempo, el lago se había congelado en un espejo quebradizo.
Niños corrían y reían, deslizándose sobre el hielo.
Sus risas rebotaban en las vigas retorcidas del puente, rompiendo por un instante la rutina de dolor y miedo que era cada día en ese mundo.
Kael y Thoren se acercaron a la orilla, y Lira se mantenía un poco más cerca del hielo, sonriendo con timidez mientras los veía jugar.
Miko fue el más atrevido.
Se lanzaba una y otra vez hacia el centro del lago con pasos torpes, resbalando y girando sobre sí mismo, hasta que el filo de una plancha de hielo rota lo hizo caer de golpe. Un quejido ahogado, un hilo de sangre en su pierna.
—¡Miko! —gritó Lira, se deslizó hacia él.
El niño apretaba los dientes, más asustado que herido. Ella se arrodilló, posó sus manos brillando en verde sobre la herida, y la piel se cerró en segundos.
—¿Mejor? —preguntó ella, sonriendo suavemente.
Miko asintió… pero no se apartó. Se quedó mirándola, sus ojos oscuros más graves de lo normal.
—Continúa —susurró.
Lira parpadeó. —¿Cómo que… continúe?
El niño tragó saliva. Su voz salió temblando, pero firme.
—No aquí afuera. Allá dentro… —se llevó la mano al pecho—. Sana lo que está roto. Lo que no me deja dormir.
Lira lo miró horrorizada. Un viento gélido atravesó sus huesos.
—Miko… eso no es lo mismo. No es como cerrar una herida en la piel. Si entro ahí… si abro lo que guardas dentro, puede doler mucho más. Tal vez no aguantes.
Él levantó la barbilla, con la inocencia brutal de alguien que había vivido demasiado.
—Ya me dolió antes. Solo… no quiero seguir con miedo.
Lira quiso decirle que no podía, que ni ella misma había podido sanarse cuando lo intentó. Sus recuerdos todavía la perseguían, como cuchillas en la oscuridad. Pero cuando vio a Miko, tan pequeño, con la voz quebrada pero la mirada firme, supo que no podía negarse.
—Está bien —dijo, apretando sus manos sobre las de él—. Pero prométeme esto: si veo que no puedes más, me detendré.
—Lo prometo —susurró Miko, y cerró los ojos.
La luz verde de Lira descendió como raíces vivas sobre la frente del niño. El hielo bajo ellos comenzó a vibrar, crujir, como si respondiera al dolor que estaba por emerger. Lume se acercó para ser un respaldo para Lira.
El cuerpo de Miko se arqueó de inmediato.
Y los recuerdos lo devoraron.
Primero, la voz de un hombre.
Su propio padre.
—Ven conmigo, Miko. Tu madre ya no puede protegerte.
El niño pequeño lloraba, pataleando mientras era arrastrado por pasillos metálicos. Su última visión de Kirelya fue su rostro lleno de felicidad después de un día de juegos, sin saber que ese sería el último momento que se verían antes de ser un vil experimento.
—¡MAMÁ!
El grito resonó en el lago helado, y el cuerpo de Miko se sacudió. Sus manos se crisparon, uñas clavándose en la piel de Lira.
Ella no se apartó.
—Estoy aquí, Miko… déjalo salir.
La escena cambió.
Salas blancas, olor a hierro, bisturís reluciendo. El niño desnudo, amarrado con correas, mientras agujas lo atravesaban. Líquidos ardientes entraban en sus venas. Un humo verde y plateado lo envolvía.
Los científicos lo observaban desde detrás de un cristal, tomando notas mientras su pequeño cuerpo se retorcía. Huesos quebrándose, músculos desgarrándose. Implantes de energía del viento y la naturaleza chocando dentro de él, como tormentas peleando en un frasco demasiado pequeño.
—¡BASTA! —gritó Lira, con lágrimas quemándole los ojos, pero no podía detenerlo todavía. Tenía que sanar lo que emergía.
Miko gritaba y gritaba, su voz de niño quebrada en chillidos imposibles. Veía agujas entrando por sus brazos, escuchaba las palabras frías:
—Si sobrevive, será perfecto.
—Si muere, habrá más.
La memoria se mezclaba con el presente. Su cuerpo pequeño se retorcía en el hielo, convulsionando, la piel sudando sangre.
Lira lo sujetó fuerte.
—¡Resiste, Miko! Estoy aquí, no estás solo.
Kirelya ya se encontraba ahí, con el rostro lleno de terror, pero no tuvo otra opción que esperar a que todo terminara.
El niño sollozaba.
—No quiero volver ahí… no quiero volver a escuchar los gritos.
Porque en sus noches, las pesadillas eran siempre las mismas: otros niños como él, encerrados, quemados, abiertos como experimentos fallidos. Sus llantos eran ecos eternos en su cabeza.
La luz de Lira se intensificó, rompiendo capas de recuerdos. No podía borrarlos todos, pero sí podía sellar las heridas que más sangraban.
Finalmente, el cuerpo de Miko cayó débil contra ella. Jadeaba, temblando, con lágrimas manchándole las mejillas.
Kirelya lo abrazó fuerte, sintiendo su pecho aún agitado.
—Ya está… ya pasó.
Él levantó la mirada, exhausto, pero con un destello distinto. Una calma que nunca había tenido.
—Me siento… más liviano mamá —susurró, apenas audible—. Como si… pudiera dormir un poco mejor.
Kirelya lo abrazó fuerte contra su pecho, sus lágrimas comenzaron a salir.
Lira sonrió, pero sus ojos estaban rojos, hinchados. Ella también temblaba, porque había visto demasiado.
Alrededor, la gente había dejado de reír y jugar. Todos habían visto lo que pasó. Y uno por uno, comenzaron a acercarse.
Una madre que perdió a un hijo.
Un joven mutilado.
Un anciano con pesadillas.
Algunos con dones menores de naturaleza dudaron, pero al fin tomaron la decisión y empezaron a intentarlo entre ellos, tímidamente, inspirados. Y poco a poco, lo que comenzó con un niño roto se volvió un círculo de sanación, de intentos, de manos que curaban lo que antes parecía imposible.
Kael y Thoren miraban desde la orilla, en silencio. El hielo reflejaba las luces verdes de sanación como si fueran auroras.
Kael, con la voz apenas audible, dijo:
—Nunca había visto tanta… esperanza junta.
Thoren no respondió. Solo bajó la mirada, y por primera vez en mucho tiempo, dejó que ese silencio le calara en el alma.
Aunque el ambiente se llenó de gritos y llantos incontenibles, el propósito era una mayor, cuerpos caían inconscientes, otros con espasmos de dolor, todo esto era necesario.
Lira y Lume comenzaron a sanar a quienes se los pedían y se encargaban de estar atentos para ver qué nada se saliera de control.
Pasaron varios minutos.
El hielo reflejaba apenas los últimos destellos verdes que Lira había derramado sobre Miko y sobre los demás que se animaron a acercarse. Ahora solo quedaban cuerpos exhaustos, rostros empapados de lágrimas y respiraciones entrecortadas que parecían más libres que nunca.
El pequeño Miko dormía acurrucado contra Kirelya, con un gesto de paz que nadie recordaba haberle visto antes. Ella lo sostenía como si no quisiera soltarlo nunca.
Kael y Thoren seguían apartados unos pasos, observando la escena. La luna plateaba sus siluetas, y el viento frío del lago golpeaba sus rostros.
Kael volvió hablar.
—¿Lo viste, Thoren? —susurró, casi con reverencia—. Esa fuerza… no era un poder cualquiera. Fue más que curación. Fue como si Lira hubiera encendido algo que todos necesitaban.
Thoren no respondió de inmediato. Su mirada seguía fija en el hielo, en los reflejos temblorosos de la gente reunida. Parecía distante, pero no indiferente.
Kael respiró hondo.
—A veces me pregunto si… si todo lo que hacemos tiene sentido. Luchamos, destruimos, perdemos a los nuestros. Y aun así, ellos… siguen buscando razones para creer.
El silencio se estiró.
Kael giró hacia él, con un dejo de frustración en la voz.
—¿No sientes nada? ¿Nada después de ver lo que ese niño cargaba dentro?
Fue entonces cuando Thoren lo interrumpió, su voz baja pero cortante, como un filo.
—Lo siento, Kael. Pero a mi manera.
Alzó la vista hacia su hermano, y por primera vez esa noche sus ojos no fueron un muro, sino una grieta abierta.
—Yo… iré contigo hasta el fin del mundo. No importa lo que pase, ni lo que quede de nosotros. Daría mi vida sin pensarlo, porque eres mi hermano. Y porque si caes tú, caeremos todos.
Kael quedó mudo un instante.
Las palabras habían llegado como un golpe directo al pecho.
Thoren no dijo más, se dio media vuelta y se alejó de aquella escena.
Pasaron las horas.
Y cuando el cielo empezó a teñirse de naranja y luego de oro derretido, la pista de hielo comenzó a reflejar los colores como un espejo. Las lamentaciones se apaciguaron. Todos se sentaron alrededor, aún con el hielo bajo los pies, y miraron el horizonte.
Fue entonces cuando Kirelya, sin decir nada, rodeó a Lira con un brazo. Lira, aún con los ojos brillantes, apoyó la cabeza en su hombro.
No se dijo nada.
No hacía falta.
Al borde del hielo, encendieron pequeñas fogatas. Alguien repartió pan. Otro calentó raíces dulces. Las risas no se hicieron esperar, ahora en tono bajo. Más íntimas. Más humanas.
Miko dormía ya, acurrucado junto a Lume, que pulsaba muy suave.
Kael se acercó al borde del lago, miró su reflejo, y luego el de todos los demás detrás de él.
—Este es el mundo que protegeremos —murmuró.
Lira lo escuchó.
—Entonces… hay que recordarlo. Siempre.
Thoren los miró a ambos a la distancia y sonrió, mientras el hielo, reflejando el fuego del atardecer, parecía un portal hacia otro mundo. Uno que aún no existía… pero que por fin, empezaban a merecer.