El Hielo Prometido
La tierra olía a savia, piedra y sudor.
Habían pasado varios días y parecía que una carga de miedo había sido eliminada desde el último descanso, y el entrenamiento no solo continuaba: evolucionaba.
Ya no se trataba de simples ejercicios elementales o repeticiones sin sentido.
Ahora, las rutinas eran más exigentes, más tácticas, más vivas.
Esa mañana, la explanada había sido convertida en una especie de circuito improvisado. Un campo de batalla simulado, delimitado con raíces elevadas, rocas flotantes, charcos que brillaban con esencias curativas, y bloques de hielo que se derretían si uno dudaba demasiado.
Kael se encontraba al centro, de pie sobre una placa de hielo translúcido que él mismo había formado. A su alrededor, algunos jóvenes lo observaban con el ceño fruncido y los brazos en tensión.
—Recuerden —dijo, señalando los pilares congelados que emergían del suelo como columnas de cristal—, no es sólo esquivar. Es leer el hielo. El hielo avisa… si saben escucharlo.
Con un leve movimiento de mano, los pilares estallaron en múltiples fragmentos afilados, como si fueran dardos girando hacia ellos.
Los jóvenes reaccionaron. Uno usó una ráfaga de viento para desviar los cristales. Otra se dejó caer de espaldas y dejó que una enredadera la jalara hacia atrás. Un tercero quedó paralizado… y Kael congeló el proyectil justo frente a su rostro, a centímetros.
—Mejor… —musitó el joven, exhalando el aliento congelado.
Kael asintió. —Mejor.
En el lado opuesto, la tierra temblaba con ritmo medido.
Thoren caminaba entre sus aprendices, observando mientras estos trataban de mover esferas de piedra por un campo de lodo, solo usando la vibración de sus pies y el tacto de sus palmas. No se trataba de levantar la roca con el viento o las hojas, sino de comprenderla. De sentirla.
—Respiren con ella —decía con voz grave—. No la obliguen. Si ella no quiere moverse, es porque ustedes aún no están listos para cargarla.
Una de las jóvenes frunció el ceño, frustrada. —¿Y si ya no quiere moverse nunca?
Thoren se agachó, hundiendo una mano en la tierra. La levantó con cuidado, dejando que el lodo le goteara entre los dedos.
—Entonces no la muevas. Protégela. La piedra no solo ataca… también resguarda.
Y sin más, cerró el puño y creó una muralla sólida entre ella y los proyectiles de barro que lanzaban sus compañeros. La joven lo miró boquiabierta, y Thoren sonrió apenas. Un gesto mínimo, casi invisible.
Lira estaba cerca del borde del claro, en un círculo natural formado por raíces arqueadas y flores abiertas.
No enseñaba con gritos, sino con presencia.
A veces hablaba. A veces solo caminaba entre los suyos.
Su energía se había vuelto más intuitiva, como si la naturaleza misma le susurrara lo que cada alumno necesitaba. Ella también estaba aprendiendo.
Uno de los niños, al fallar una creación de savia, se cubrió el rostro con frustración. Una flor que intentó hacer crecer se marchitó en segundos. Lira se arrodilló a su lado y puso una mano sobre la tierra. En cuestión de segundos, el brote reverdeció y floreció con un brillo tenue.
—No te juzgues por lo que no creció —susurró—. A veces, el suelo necesita escuchar primero tu calma antes que tu orden.
El niño la miró con los ojos empañados… y asintió con una nueva firmeza.
Mientras tanto, los tres titanes observaban desde sus posiciones habituales.
Samvarg estaba recostado sobre una bodega helada, su respiración profunda lanzando vapores blancos que cruzaban el campo.
A veces, cuando alguien caía y se levantaba, soltaba un gruñido bajo de aprobación que resonaba en las mentes de Kael y Lira.
Valgor estaba más atrás, como un monumento de piedra viva. Su pezuña golpeaba el suelo en momentos precisos, y los entrenadores de viento sentían esa vibración como una orden silenciosa. Continúa. Resiste. No cedas.
Lume permanecía vigilante. Cuando una rama amenazaba con romperse o una raíz no obedecía, bastaba su luz palpitante para indicar que había algo que debía corregirse.
Horas después, mientras el entrenamiento finalizaba, algunos ya recogían sus cosas, exhaustos. Otros compartían frutas y agua. Se oía el murmullo de una canción tribal que alguien tarareaba.
Entonces apareció Miko.
Salió corriendo entre los árboles calcinados, con la cara manchada de barro, hojas enredadas en el cabello y una sonrisa que parecía brillar más que el sol oculto.
—¡¿Hoy vamos al lago, cierto?! —gritó, jadeando.
Todos giraron a verlo.
Kael se agachó y lo atrapó al vuelo cuando estuvo a punto de resbalar.
—Hoy no, Miko —dijo con tono paciente—. Aún hay cosas por ajustar. Mañana quizás.
—¡Pero prometieron! —insistió, cruzando los brazos con el ceño arrugado.
Lira se acercó caminando, sus pies dejando huellas suaves sobre la hierba húmeda. Lo miró unos segundos… luego rio, con esa risa suave que sólo ella tenía. Le acarició la cabeza y alborotó su cabello.
—Está bien… mañana, al amanecer. ¿Está bien así, Miko?
Los ojos del niño se iluminaron. Se abrazó a Lira con fuerza, pegando su mejilla a su cintura.
—¡Promesa de hielo!
Thoren, que había observado desde atrás, se cruzó de brazos. Una sombra cruzó su rostro por un instante… pero luego sonrió.
Kael asintió y extendió el puño hacia Miko, que lo golpeó con fuerza.
—Mañana entonces.
Los demás comenzaron a murmurar entre ellos. Algunos a reír. Otros a estirarse. El rumor se esparció como fuego entre ramas secas.
Mañana… irían al hielo.
Y esta vez, no sería para entrenar. Sería para vivir.