El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) La Cena del Callado Resplandor
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La Cena del Callado Resplandor

Dos días después, parecía que la tensión de aquella batalla iba disminuyendo, nadie hablaba de eso, nadie quería. Sabían que había una línea muy delgada que no debía cruzarse.

La luna no se dejaba ver. Las nubes la ocultaban como si guardaran un secreto. Sin embargo, adentro de aquella habitación tenue, iluminada apenas por lámparas de savia, el calor humano bastaba.

La cama donde yacía Syen, era el centro silencioso de la noche. Sus respiraciones eran profundas, regulares. Su rostro, aún cubierto de cicatrices curadas a medias, era sereno. La sábana verde oscuro se levantaba y bajaba con cada aliento, mientras ella comía.

A su alrededor, Kael, Thoren, Lira, Kirelya, Elsha y Miko compartían una comida sencilla, dispuesta en una mesa baja. Tazones de sopa caliente, pan horneado con raíces dulces, y té humeante con hojas que Lira misma había creado esa mañana.

El ambiente era tranquilo, incluso cálido. Las palabras no eran urgentes. Se permitían el lujo de hablar despacio.

—Poco a poco —decía Thoren, mientras mojaba el pan en su sopa—. Ya no tropiezan con sus propios pies. Ya no tiemblan al ver sus propias manos.

—Ni se congelan al primer grito —añadió Kirelya, alzando una ceja con una sonrisa.

—Ni gritan con cada chispa de viento —murmuró Elsha, con un gesto cómplice que hizo reír a todos.

—Puede que aún no estén listos —reflexionó Kael, con la vista en Syen—, pero cuando llegue el golpe… no van a caer al primer impacto. Ya son algo más. Ya creen.

Un silencio breve, como de acuerdo tácito.

Miko, sentado entre Lira y Kirelya, devoraba el pan con tanta energía que a veces tosía migas por reírse. Sus mejillas estaban manchadas de sopa, pero sus ojos brillaban.

Entonces Kael alzó la mirada, con una expresión distinta.

—Mañana... —empezó, y todos lo miraron—. Mañana deberían descansar. Todos.

Thoren frunció el ceño con duda.

—¿Descansar?

—Se lo merecen. Nos lo merecemos. —Kael recostó los hombros contra la pared—. No todo en la guerra es entrenar hasta desmayarse. Si el cuerpo se rompe, el alma lo sigue. Y si el alma se quiebra…

—… no importa cuán fuerte sea el muro —completó Lira con voz suave—. Lo traspasan igual.

Kirelya no parecía convencida.

—¿Y quieres que todos se tomen un día de campo?

—¿Dije eso? —sonrió Kael, divertido—. Tengo una idea… una buena. Pero no voy a decirla todavía.

—Eso es cruel —dijo Thoren, alzando una ceja—. Cuando haces esa cara es porque planeas algo grande.

—No me vas a sacar ni una palabra —rio Kael.

—¿Y si te congelamos los pies? —bromeó Syen.

—No serviría —intervino Lira, sin poder evitar una sonrisa—. Él lo disfrutaría.

Rieron.

Y entonces, con naturalidad, la conversación se deslizó hacia anécdotas de los últimos días. Algunas graciosas, otras improbables.

—¿Recuerdan al muchacho que se encerró en una cúpula de raíces por miedo y no podía salir? —rio Elsha—. Tuvimos que fingir que el entrenamiento había terminado para que bajara las defensas.

—O a la niña que le gritó a Valgor “¡mira esto, roca enorme!” y catapultó una piedra del tamaño de un puño directo a su ojo —agregó Thoren, entre carcajadas—. Por poco se desmaya cuando vio que solo se movió un párpado.

—Y el niño que se tiró a abrazar a Lume… —dijo Kirelya, ahora sí riendo a pleno—. “¡Tú eres mi árbol favorito!”.

—Miko —dijo Lira con dulzura, acariciando la cabeza del pequeño—. Tú fuiste quien lo dijo, ¿cierto?

El niño fingió inocencia.

—Tal vez.

La risa volvió a llenar la habitación.

Después, cuando la comida se acabó y la sopa dejó de humear, el ambiente fue bajando su ritmo. Se cruzaron miradas más largas. Menos palabras.

Lira, asintió con una sincera sonrisa al cruzar miradas con Kirelya. Un gesto sutil, humano. De comprensión. La madre de Miko le devolvió la sonrisa con suavidad. No necesitaban hablar. A veces, bastaba con compartir el mismo dolor desde extremos distintos… y seguir vivas.

Thoren, al verlas, no dijo nada, pero sus ojos se suavizaron. Kael también observaba, en silencio.

La confianza crecía despacio. No con grandes promesas ni juramentos… sino con la certeza de que, si el cielo se caía, alguien más seguiría de pie.

Afuera.

Samvarg alzó la cabeza con un gruñido apenas audible. Valgor ladeó las orejas. Lume giró su cuerpo lumínico hacia el este, pero no lograban ver nada.

A la distancia, más allá del puente… algo estaba ahí.

Una figura. Humana en apariencia. Quieta. Silenciosa. Envuelta en sombras. A la distancia, apenas una silueta.

Pero detrás de ella… algo más. Una presencia colosal. Un contorno gigantesco que cruzaba lentamente el horizonte. Sus pasos no eran visibles, pero el suelo lo sentía. Un temblor. Una pulsación enterrada.

Y entonces, la figura humana abrió los ojos.

Dos brasas vivas. Dos llamas líquidas. Fuego puro. Sin emoción. Solo destino.

La noche continuó. La figura no avanzó. Pero ya había llegado.