El Día que No Retrocedimos
El cielo era una losa gris, inmóvil. Las nubes no se movían, ni el viento osaba respirar.
En el centro del barrio en ruinas, rodeado de esqueletos de edificios calcinados y polvo eterno, un grupo de personas se había reunido.
Sus ojos no miraban al suelo… no esta vez.
Miraban hacia el cielo. Y allá arriba, inmóvil como una estrella muerta, flotaba de nuevo el dron.
Negro, silencioso, con su único ojo brillando como una herida abierta en la atmósfera. Observando.
Como si supiera exactamente lo que habían hecho.
Como si ya estuviera transmitiendo.
Kael estaba allí. De pie, con la mandíbula tensa, sus ojos de hielo clavados en el punto flotante.
Junto a él, Thoren caminaba en círculos lentos como un animal enjaulado.
Miko se mantenía a poca distancia, junto a su madre, Kirelya.
Más gente empezaba a salir de sus escondites, empujados por la tensión que llenaba el aire como gas inflamable.
Lira no estaba. Seguía dentro de la casa. Demasiado débil, aún. Nadie lo dijo. Todos lo sabían.
Samvarg y Valgor, al fondo, se mantenían vigilantes como estatuas de guerra. Lume permanencia afuera, cerca de ella, su luz palpitando apenas. Como una llama que cuida una cicatriz.
—No se mueve —murmuró Kael, entornando los ojos—. Solo... observa.
—Igual que antes —masculló Thoren—. Mandan ese maldito cuervo para que nos vea, nos mida, y después mandan las jaurías.
—Es el mismo— dijo Kael, en voz baja. —Él sabe que estamos aquí.
—Y nosotros también sabemos. —gruñó Thoren. —Ya basta de escondernos.
Intentaron un disparo de fusión elemental.
Solo uno. Coordinado. Un proyectil de roca endurecida como acero, cubierto en escarcha afilada, lanzado con precisión quirúrgica.
Se elevó con violencia, rugiendo como una bestia desatada, pero el dron esquivó con un movimiento seco y veloz. Como si hubiera anticipado cada ángulo.
—Otra vez —gruñó Thoren.
—No sirve —respondió Kael.
Kael asintió.
La frustración cayó sobre ellos como una plaga.
Thoren cayó de rodillas, golpeó el suelo y lo hizo temblar.
Su puño golpeó el suelo con furia. La tierra se quebró. Un anillo de polvo se alzó. Algunos dieron un paso atrás, temiendo una explosión. Pero Thoren solo miraba arriba, con los ojos llenos de rabia. El eco de su grito rodó por las calles vacías.
—¡Aquí estamos! —bramó— ¡MÍRENME! ¡Tierra maldita, titanes caídos, niños muertos, madres llorando! ¡¿Eso es lo que quieren ver?! ¡¡Pues VÉANLO!! ¡NO ME ESCONDO MÁS!
Kael, sintiendo algo romperse dentro, dio un paso al frente.
—¡MÍRANOS, MALDITO ENJAMbrE DE SOMbrAS! ¡¡YA NO SOMOS LOS MISMOS!! ¡No retrocederemos otra vez! ¡¡MÁNDENLO TODO!!
—¡Maldita sea! — rugió Thoren, levantándose con furia. —¡Vamos! ¡No muestres miedo! ¡Muéstrate! ¡Enséñanos de qué estás hecho, cobarde de las alturas!
—¡Entonces baja! —gritó al cielo— ¡¿Qué esperan?! ¡¿Que nos escondamos otra vez?! ¡¿Que tengamos miedo?! ¡¡NO!! ¡NO MÁS!
El grito resonó entre los edificios como un eco antiguo. Kael avanzó, colocándose a su lado.
—¡No nos iremos! ¡No retrocederemos! ¡No nos tienen miedo a nosotros, tienen miedo a lo que representamos!
—¡Dile a tu amo que ya no le tememos! ¡Que no dejaremos solos a los nuestros!
La energía brotaba de ellos. Kael hizo que el aire se congelara a su alrededor, cubriendo el suelo con una capa de escarcha. Thoren levantó fragmentos de roca que giraban a su alrededor como un enjambre de cuchillas.
Los Titanes hablaron con sus cuerpos, Samvarg en posición de ataque, mostró sus colmillos listos para desgarrar el cielo mismo, Valgor bufó con fuerza extrema levantando polvo y se enderezó tanto que parecía que había crecido más de lo que ya media, creando una sombra imponente.
La multitud se estremeció. Algunos retrocedieron. Otros se quedaron quietos, sin saber si correr o presenciar lo que se avecinaba. Miko los miraba. Su pequeño rostro estaba lleno de ira contenida.
—Cobardes… —susurró. —Solo saben esconderse…
Y entonces, corrió hacia adelante, como un rugido que nadie vio venir…
—¡¡BASTA DE AGACHARSE!! —gritó Miko con toda la fuerza que tenía— ¡¡SON UNOS COBARDES!! ¡¡LIRA ME SALVÓ Y AHORA SOLO MIRAN AL CIELO COMO RATAS!! ¡¡HAGAN ALGO!!
Kirelya intentó detenerlo, pero se quedó inmóvil. Observó a su hijo como si no pudiera reconocerlo.
—¡Ella… nos salvó! —continuó el niño, con la voz quebrándose— ¡Y ustedes... ustedes solo ven! ¡¿Van a esperar a que los aplasten también?! ¡¿Van a dejar que vengan por los demás?!
El silencio fue absoluto.
La gente comenzó a temblar. No de miedo. De energía. Como si esas palabras les hubieran recordado algo olvidado. Una mujer joven, con ojos secos y las uñas rotas, dio un paso adelante. Un viejo con un bastón lo apretó hasta partirlo. Un niño alzó un puño sin saber por qué.
Y entonces, como una chispa que prende un bosque seco, alguien gritó.
—¡YA BASTA!
Otro gritó detrás:
—¡SÍ, ¡YA BASTA!
Y lo demás… fue tormenta.
Fue como un chispazo.
Primero fueron ramas. Desde la espalda de un joven, crecieron enredaderas como serpientes vivas.
Luego, una mujer extendió las manos y el viento comenzó a silbar con fuerza creciente.
Un niño alzó la palma y de ella brotaron espinas.
Un anciano, que nunca antes había mostrado su don, alzó la voz y del suelo brotaron hierbas que se convirtieron en lanzas.
Samvarg y Valgor crearon lanzas gigantescas de hielo y piedra, algunas fusionadas, de tamaños casi imposibles para ser creados por los portadores, apuntando a un solo objetivo.
Kael rugió y alzó su brazo. El hielo se elevó como flechas azules, brillando con muerte congelada. Thoren gritó a su lado y la tierra se partía en pedazos filosos como obsidiana.
Y entonces...
todo voló.
Cientos de proyectiles. Naturaleza salvaje. Viento canalizado. Rocas, ramas, hielo. Una tormenta de voluntades que cruzó el cielo.
Ramas, espinas, piedras, furia contenida en las manos.
Los que tenían dones los liberaron sin control.
Desde los dedos, desde la piel, desde los dientes si era necesario.
El aire se llenó de proyectiles hechos de rabia.
Hojas gigantes, raíces como látigos, esquirlas de hielo y fragmentos de tierra afilada como cuchillas.
El cielo se volvió un lienzo de guerra. El dron comenzó a esquivar, rápido, veloz como una sombra que danza entre la muerte. Pero no lo alcanzaban. Todo pasaba a su lado. Todo fallaba. De nuevo.
Kael no podía ocultar su frustración, pero decidió calmarse, cerró los ojos. Inspiró lento. Y cuando los abrió, sus pupilas eran grietas congeladas.
Hasta que vio la trayectoria de uno de sus fragmentos. Pequeño. Rápido. Casi desviado.
Y lo redirigió.
Con un gesto sutil, su energía envolvió el fragmento de hielo. Este giró, quebró el aire como una hoz silbante, se curvó en pleno vuelo y cruzó entre todos los proyectiles, atravesando los que no podía esquivar, como una aguja buscando el corazón de una bestia.
El dron no lo vio hasta el último momento, pero no pudo escapar.
El fragmento lo atravesó con una explosiva precisión.
El impacto fue seco, sordo, real.
Un chisporroteo. Un temblor en el aire. Y el ojo rojo se apagó.
Chispas. Humo. Movimiento espasmódico.
El dron comenzó a descender lentamente. No explotó. Cayó. Como un cadáver mecánico, perdiéndose entre los edificios lejanos.
Silencio.
Nadie respiraba.
La gente comenzó a murmurar. Algunos levantaron los brazos. Otros lloraron sin saber por qué. Miko se giró y miró a Thoren. Y luego a Kael. Ellos no dijeron nada. No había orgullo. Solo determinación.
Thoren fue el primero en hablar.
—¿Ahora qué sigue?
Kael alzó la mirada hacia el cielo, donde el dron había estado.
—Ahora...— dijo con frialdad—. Lo buscamos.
Y esta vez, no estaban solos.
Porque ese día… Ese día no retrocedieron. Ese día le gritó la tierra al cielo. Ese día nació la resistencia.