Recuerdos desde lo Alto
La penumbra suave de la habitación temblaba con los primeros rayos de sol filtrándose entre tablones viejos y cortinas improvisadas. El olor a madera seca y plantas colgantes llenaba el aire, junto al murmullo lejano del viento que recorría las calles silenciosas.
Un leve movimiento.
Lira abrió los ojos con lentitud. Sus párpados eran pesados, como si cargaran siglos.
Lo primero que notó fue el techo: desgastado, pero decorado con ramas secas, tela vieja y un móvil hecho de hojas trenzadas.
No estaba en el edificio abandonado. Este lugar.
.. tenía intención. No era hermoso, pero se sentía cuidado.
Alguien había tratado de hacer de esa habitación un hogar.
Se incorporó con torpeza. Sus brazos temblaban, sus músculos parecían ajenos. Todo dolía... pero estaba viva. Sus ojos se nublaron al tratar de recordar. Fragmentos. Ecos. Gritos. Luz.
Entonces, la puerta crujió suavemente.
—¿Lira...? —dijo una voz ronca y profunda.
Thoren.
Él se quedó inmóvil por un instante, como si no creyera lo que veía. Luego sonrió, contenido, como si temiera que un gesto más amplio pudiera romper ese momento.
—Estás despierta —murmuró, dando un par de pasos hacia ella.
Lira apenas asintió.
—¿Dónde... estoy? ¿Qué pasó?
Thoren se sentó en el borde de la cama. Su tono fue sereno, sin adornos.
—Te encontramos afuera... gritando, desbordando poder. No lo vimos desde el principio, pero Samvarg y Valgor sabían. Nos dijeron que no te tocáramos. Que todavía no.
Ella parpadeó, tratando de asimilarlo.
—Esperamos —continuó—. Esperamos hasta que caíste. Entonces te trajimos aquí... —Su voz se volvió más seca, contenida—. Es la casa de Kirelya la madre de Miko.
Lira no reaccionó con rabia. Solo suspiró. No había espacio para rencores. Solo para seguir adelante.
—¿Cuánto tiempo... he estado aquí?
Antes de que Thoren pudiera responder, una segunda voz habló desde la puerta.
—Una semana.
Kael. Entró con pasos firmes. A su lado, Miko, con sus grandes ojos atentos.
El niño se quedó congelado por un segundo. Luego, sin poder contenerse, corrió hasta la cama y la abrazó, torpemente, sin fuerza, pero con el corazón desbordando alivio.
—¡Estás despierta! —dijo, con una mezcla de alegría y nerviosismo.
Lira apenas pudo sonreír, sorprendida. Sintió el temblor del niño en su cuerpo. Le acarició el cabello con suavidad.
—Una semana... —murmuró, incrédula.
Tosió. Entonces Thoren, tomó el vaso de agua del mueble a su lado y se lo ofreció. Ella lo sostuvo con manos temblorosas y bebió a sorbos, refrescando la garganta.
El silencio era denso, expectante. Todos querían saberlo, pero nadie lo preguntaba.
¿Qué recordaba?
Lira lo sintió. Y habló.
—Recuerdo más. No todo… —dijo en voz baja, mirando al suelo—. Pero hay cosas más claras ahora. Fragmentos… firmes, no tan borrosos.
Miko se separó del abrazo, mirándola con interés.
—Vi el lugar… el laboratorio. Vi las pruebas. El dolor. A los otros… muchos murieron. Otros... se perdieron. No había nombres, solo números. Y entonces, lo vi a él —miró a Miko con ternura—. A ti.
El niño la miraba, confundido.
—Tú me salvaste —agregó.
—No… tú me salvaste a mí —respondió ella, con suavidad—. Si no fuera por ti, me habría rendido. Pero cuando te veía, cuando te hacía reír... incluso ahí dentro… sabía que tenía que seguir. Por ti. Para que tú pudieras salir de ese infierno.
Miko bajó la mirada, apretando los labios.
Lira respiró hondo, y su tono cambió. Más bajo. Más sombrío.
—Y luego lo vi… —susurró—. Lo último que vi antes de caer.
Todos se tensaron.
—La ciudadela… Aerothis.
Kael frunció el ceño. Thoren se inclinó levemente hacia ella.
—¿La viste… por dentro?
—No. Solo desde lo alto. Estaba en una habitación blanca, frente a un ventanal… enorme. Y abajo… estaba ella. Suspendida sobre las nubes. Como si el cielo la abrazara. Tan tranquila. Tan... ajena.
Pausó un momento, intentando encontrar las palabras correctas.
—Vi cosas que no tenemos aquí abajo… globos flotando con fuego…
pero eran máquinas. O eso parecían. Vehículos que cruzaban los cielos como aves de hierro, conectados por puentes larguísimos.
Edificios que respiraban vapor por todas partes.
Y máquinas... grandes, enormes, como insectos vigilando desde el aire.
Kael intercambió una mirada con Thoren. Elsha les había hablado de eso, pero escucharlo de Lira… era diferente.
—Ese lugar no es solo una ciudadela —dijo Lira, mirando a todos—. Es un mundo aparte. Retorcido. Frío. Hermoso y terrible al mismo tiempo… Creo… creo que también estuve ahí cuando el titan de electricidad descendió.
El silencio se espesó, como si cada palabra se hubiera quedado colgando en el aire. Ninguno sabía qué decir.
Entonces, dos golpes secos en la puerta.
Todos giraron.
La puerta se abrió. Era Kirelya. Entró con paso lento. Su rostro aún guardaba la dureza de quien ha vivido años entre muerte y culpa. No fue hostil. Pero tampoco sonrió.
Miró a Lira, y con voz baja pero sincera, dijo:
—Me alegra que estés despierta.
Luego alzó la vista hacia todos los presentes. Sus ojos, serios y afilados.
—Ha vuelto.