Donde Sangra la Memoria
La noche se había cerrado como un puño alrededor del mundo. Ya no quedaba calor en las piedras, ni voz en el viento. El cielo pesaba sobre las ruinas como un cadáver sin nombre. Y dentro del edificio agrietado, el silencio era casi perfecto.
Casi.
Las respiraciones hondas de Kael y Thoren llenaban la sala como un eco rítmico. Dormían profundo, agotados, sin saber que el alma de uno de ellos ya estaba muy lejos.
Lira estaba sentada sola. El cuerpo quieto, pero los ojos despiertos como los de un animal atrapado. Observaba sus manos temblorosas, cubiertas de pequeñas cicatrices que nunca recordaba haberse hecho. El nombre no dejaba de repetirse dentro de su cráneo como un tambor de guerra.
Lira.
No era un nombre. Era un umbral. Y ahora que lo había cruzado, no podía detenerse.
Se levantó.
No hizo ruido. Sus pasos eran casi espectrales. Cruzó el edificio sin despertar a nadie. Una grieta en la pared le bastó para colarse fuera, como si la oscuridad misma la llamara.
La brisa nocturna le azotó el rostro como un reproche. Pero no se detuvo.
Allí estaba Lume, esperando. De pie como una estatua viviente, con su luz vibrando de forma irregular. Dudaba. La veía. Y comprendía.
Lira no dijo nada.
Solo caminó.
Lume la siguió, sus pasos no hacían eco, pero su luz latía como un corazón en agonía.
Cruzaron la calle silenciosa. Las ventanas vacías los miraban como ojos cerrados a medias. Pronto, entre la neblina espesa, se alzaron dos sombras colosales.
Samvarg.
Valgor.
Inmóviles.
Imponentes.
No necesitaban palabras. Ellos sabían. Sentían el pulso desbocado de Lira se acercaba. El peligro de abrir una puerta que quizás nunca se debía abrir.
Lira se detuvo en medio de los tres. El pecho le dolía. No sabía si era miedo o culpa. Bajó la mirada. Quiso hablar. Las palabras le arañaban la garganta.
Finalmente, las escupió.
—No puedo… seguir así. No sabiendo quién soy. No sabiendo… qué me hicieron.
Elevó la cabeza, con los ojos húmedos.
—Voy a buscar dentro. Esta vez… sin parar. Si me pierdo… si me rompo… si dejo de ser yo… deténganme.
No hubo respuesta. Pero los tres la entendieron.
Lume bajó su luz en señal de aceptación. Samvarg inclinó apenas su hocico, como un cazador reconociendo el valor de una presa que decide luchar. Valgor flexionó su cuello, y un leve estruendo recorrió el suelo, como una montaña respirando profundo.
Ella lo aceptó. Se arrodilló.
Y dejó entrar todo el poder.
Al principio fue leve. Como un zumbido detrás de los ojos. Un cosquilleo entre las cejas.
Pero luego...
Un aguijón.
Una astilla se clavó en su conciencia y giró dentro de ella.
Y todo se quebró.
Luces. Frías. Un techo de acero. Un olor a metal quemado. Una voz sin rostro gritando números.
La sien le palpitaba como si fuera a estallar. Apretó los dientes. Sus dedos se aferraron a su cabello.
Y llegaron los recuerdos.
Un quirófano. Su cuerpo desnudo, amarrado con correas de cuero. Sus gritos ahogados. Doctores con rostros cubiertos, hablando de ella como si fuera una máquina descompuesta. Una aguja penetrando su abdomen mientras aún estaba despierta.
El dolor fue real. Dolor físico, en ese mismo momento. No era recuerdo: era vivencia.
—¡AH…! —jadeó, inclinándose hacia adelante. Su cuerpo convulsionó, pero su poder siguió fluyendo. No podía detenerse.
Más.
Un comedor frío. Niños en fila. Todos pálidos.
Todos con el mismo uniforme blanco que apestaba a cloro.
Ella, más joven. Sentada al lado de un niño.
Temblando. Sollozando. Miko. Tomaba su mano.
Ella le sonreía, le contaba chistes sin gracia mientras le escondía una galleta para que no pasara hambre.
“Todo estará bien”, le decía. Mentía. Pero era una mentira necesaria.
—No… no, no, no… —gimió, apretando los ojos, pero no logró apagar las imágenes.
Una puerta abriéndose de golpe. Un doctor gritando su número. Ella tratando de cubrir a Miko con su cuerpo. Una bota la golpeó en el estómago. Otro doctor arrastrándola del cabello.
La tierra se estremeció.
Samvarg gruñó. Valgor resopló. Lume se acercó con pasos cortos, su luz intermitente, angustiada.
Pero no la tocaron.
Ella gritó.
Gritó con una furia que desgarró la noche. Gritó como una niña que lleva años rota, años silenciada, años abierta por dentro.
Su cuerpo se arqueó hacia atrás. Sus venas se iluminaron con un verde brutal. Su poder ya no sanaba… desenterraba. Como raíces que atraviesan hueso. Como espinas creciendo bajo la piel.
Y entonces…
La imagen final.
Ella de pie.
Vendajes en las muñecas.
Una bata blanca, manchada de sangre seca.
Y frente a ella, un ventanal gigante.
Debajo… Aerothis.
Suspendida en el cielo. Tan bella. Tan limpia. Flotando sobre las nubes, como una corona de acero sobre el cuello podrido del mundo. Máquinas revoloteando como aves mecánicas. Puentes de vapor. Torres de cobre que sangraban humo.
Y ella…
Adentro.
Rota.
Despierta.
Después, un árbol de relámpagos ilumino el cielo por completo.
Y luego…
Oscuridad.
Lira colapsó.
Su cuerpo golpeó el suelo con un sonido sordo. La frente contra la piedra. Sangre.
Los titanes se agitaron.
Samvarg rugió, una vibración profunda que sacudió ventanas.
Valgor bufó, abriendo grietas a su paso.
Lume corrió hacia ella y se arrodilló a su lado, su luz palpitando como un corazón acelerado.
Pasos.
Kael apareció primero, con los ojos abiertos de pánico.
Thoren detrás, jadeando.
Los dos se acercaron. Se arrodillaron junto a ella.
Lira apenas respiraba. Su rostro era una mezcla de barro, sudor y sangre.
Sus labios murmuraban algo. Una palabra apenas audible.
—...Aerothis…
Y entonces…
Nada.
Silencio.
La ciudad quedó suspendida en una calma terrible.
Donde sangraba la memoria.