Sombras de los que No Debieron Sanar #2
Kael recordó las palabras de Miko el primer día que lo encontraron:
“No vayan al centro. Ahí todo… cambia.”
Y sin embargo, seguían caminando hacia allá.
Porque en el centro… estaba la verdad.
El corazón podrido de la ciudad los llamaba.
Y ellos, sin saberlo del todo, ya habían cruzado el punto sin retorno.
Las ruinas seguían extendiéndose como un cementerio interminable mientras el viento soplaba, arrastrando el polvo oxidado de edificios muertos y esqueletos de hierro corroído.
El suelo temblaba suavemente bajo cada paso de los titanes, aunque Samvarg y Valgor se mantenían a la distancia, caminando con pasos lentos como si también sintieran la gravedad del lugar.
Lume caminando a un lado de Ara. Su rostro era un mapa de tensión contenida.
Thoren iba a su lado, los brazos endurecidos, listos para reaccionar.
Kael, unos pasos detrás, observaba las calles derrumbadas, las paredes plagadas de disparos, y los restos calcinados de transportes viejos incrustados en las fachadas.
—¿Nos dirigimos al centro? —preguntó Kael, aunque ya conocía la respuesta.
La anciana asintió apenas con un gesto. Fue la madre de Miko quien respondió, con voz áspera y sin girarse:
—Sí.
Eso fue todo. Una sola palabra, seca como hueso bajo el sol.
Los tres jóvenes se miraron entre ellos.
La mirada de Kael se cruzó con la de Thoren, y luego con la de Ara.
Ninguno dijo nada, pero todos pensaban lo mismo.
Recordaban las advertencias del pequeño Miko, dicho entre susurros temblorosos repetidos:
"No vayan al centro. Nadie vuelve de ahí. Ni siquiera las sombras se atreven a quedarse por mucho tiempo…"
Caminaron durante largo rato por una avenida partida en dos por una explosión antigua.
Árboles mutados por la radiación sobresalían entre ruinas, y partes de cuerpos mecanizados sobresalían entre la maleza.
Restos de soldados, civiles, niños. Alguien había pintado en una pared: "Nos prometieron salvación. Nos dieron silencio."
La anciana se detuvo frente a un edificio derrumbado, donde hace tiempo hubo brasas.
—Aquí hubo quienes intentaron resistirse —dijo—. Defendieron este punto con todo lo que tenían. Algunos eran elementales… otros solo tenían sus manos.
Kael frunció el ceño.
—¿Quiénes?
La mujer no respondió de inmediato. Avanzó, con el paso más lento que antes. Lume se detuvo junto a Ara, su luz vibrando levemente, como si también percibiera la tensión en el aire.
Fue entonces que llegaron al claro.
Y el mundo cambió.
Una gigantesco cráter se abría ante ellos como una herida abierta en la tierra, un cráter tan vasto que podría haber engullido a Valgor sin dejar rastro.
A su alrededor, todo estaba destrozado. No quedaban paredes, ni estructuras, ni signos de vida.
Solo restos fundidos, huesos calcinados, y polvo negro cubriendo cada centímetro como ceniza volcánica.
Pero no estaban solos.
Los drones estaban ahí. O lo que quedaba de ellos.
Vigilantes flotaban inertes, clavados entre los muros por raíces muertas o empalados con lanzas improvisadas. Sus ojos escaneadores apagados. Las esferas de sus cuerpos partidos como huevos, derramando cables retorcidos y fluidos azules ya secos.
Un Recolector, o lo que quedaba de él, yacía destrozado entre las ruinas de un edificio colapsado.
Su cápsula estaba abierta… vacía. De su cuerpo sobresalían extremidades mecánicas arrancadas de cuajo, y una quemadura profunda lo atravesaba por la mitad, como si hubiera sido partido por un rayo de pura ira.
Thoren se detuvo frente a otro, semi enterrado en el lodo seco del cráter. El dron parecía haber sido mutilado por algo inmenso. Uno de sus brazos aún se movía débilmente, como si no supiera que ya estaba muerto.
—¿Y los Purgadores? —preguntó Thoren en voz baja, temiendo la respuesta.
La anciana no respondió. Fue la madre de Miko quien lo hizo:
—Aquí aparecieron dos.
Ara se estremeció.
—¿Sobrevivió alguien?
La mujer asintió lentamente.
—Sí, solo alguien. Pero cuando esos… despiertan las cicatrices de la energía… la gente no lucha. Solo grita. Y después se apagan.
Kael miró a su alrededor. El suelo estaba sembrado con esqueletos humanos abrazados a cuerpos mecánicos.
Algunos, aún conservaban fragmentos de ropa.
Un niño no mayor a los 15 años, con un brazo calcinado, se apoyaba contra el torso roto de un Recolector.
No parecía haber muerto con miedo… sino con furia.
A su lado, una lanza hecha de hueso y metal aún estaba clavada en el torso del dron.
El aire olía a ozono, metal derretido… y sangre vieja.
Kael se acercó al borde del cráter, conteniendo la respiración. Thoren se quedó atrás unos pasos, mirando con ojos apagados. Ara tragó saliva, aferrando su mano a la pata de Lume, cuya luz apenas parpadeaba.
El cráter no solo era profundo. Era devastador.
Como si algo hubiera explotado desde dentro de la tierra y arrastrado consigo todo lo que alguna vez respiró.
Las paredes del abismo estaban marcadas por grietas profundas y placas de obsidiana líquida.
Todo lo que había estado en medio fue desintegrado.
Entre los escombros se veían más Vigilantes, reventados contra el suelo, como si una onda expansiva los hubiera golpeado desde dentro. Algunos tenían grabados mensajes en su chasis, hechos a mano:
“NO NOS VAN A BORRAR” “NOS HICIERON MÁQUINAS PARA SER HUMANOS” “PREFIERO RECORDAR Y MORIR”
—Aquí… —dijo la anciana, la voz quebrándose apenas—. Aquí se dio la última resistencia. Los últimos que creyeron que podían ganar.
—¿Pero qué pasó? —preguntó Thoren, con la mandíbula apretada.
—Drones… muchos. Más de los que puedas imaginar. Y algo más… algo que nadie vio claramente. Dicen que era como una lanza de luz… una chispa que partió el cielo. Cuando tocó tierra, lo devoró todo.
Kael apartó la mirada del abismo, con el pecho tenso.
Thoren cerró los ojos, su puño temblando apenas. Ara bajó la vista, la mirada nublada. Samvarg alzó la cabeza en la distancia, olfateando el aire. Valgor se detuvo por completo, inmóvil como un monolito. La tierra bajo sus pezuñas no temblaba. Temía.
Y entonces, silencio.
Un silencio tan denso que parecía absorber los pensamientos, como si el abismo también se alimentara de la esperanza.
Los tres jóvenes al borde de la destrucción total, rodeados por los cadáveres de máquinas asesinas y las huellas de una resistencia que fracasó, sabiendo que lo peor apenas estaba por comenzar.