La Franja del Olvido
Los pasos de todos se hicieron lentos, pesados.
Nadie hablaba. Hasta Thoren parecía más preocupado por el eco que por lo que pudieran encontrar.
La madre de Miko —esa mujer espectral que ya no lloraba, sino que simplemente existía— avanzaba delante, como si conociera cada ruina, cada grieta, cada sombra que reptaba entre los edificios caídos.
La ciudad abandonada ya no era solo ruina: era una tumba.
La Franja se estrechó. Los muros caídos se convirtieron en pasadizos.
El cielo fue quedando atrás, oculto por restos de estructuras, de torres inclinadas que parecían mirar hacia abajo con culpa.
El silencio era tan espeso que incluso los pájaros que solían huir de las zonas vivas, evitaban ese lugar.
No quedaba vida allí. Nada que mereciera recordarse.
Los titanes se obligaban a buscar rutas alternas para poder pasar.
Y entonces llegaron.
Una pequeña puerta de piedra, al borde de una de las últimas estructuras en pie, bloqueaba un camino oculto entre el colapso. Cubierta de musgo y líquenes secos, parecía haber sido olvidada incluso por el tiempo. Pero al tocarla, la mujer se detuvo. Se giró hacia los jóvenes.
—Entren —dijo con voz rasgada, hueca—. Ella los espera.
—¿Quién? —preguntó Kael, con el puño apretado, la voz cargada de tensión.
—La única que aún recuerda el verdadero rostro del dolor.
Empujó la puerta. Un sonido gutural, como un grito de piedra molida, rompió el silencio. Más allá, oscuridad. Y algo que respiraba, sí. Pero no una bestia. Era un ritmo quebrado. Débil. Un alma atrapada en su cuerpo.