Sombras de los que No Debieron Sanar
El ruido en la ciudad era espeso, como si algo en el aire retuviera el sonido, colgado entre ruinas y concreto viejo.
La madre de Miko caminaba al frente con paso firme, sin volver la vista atrás.
La anciana, encorvada y arrastrando la pierna izquierda, apenas lograba seguirle el ritmo.
Detrás de ellas, Kael, Ara y Thoren iban juntos, aunque sus pensamientos se sentían cada vez más lejanos entre sí.
Ara aprovecho la ocasión y se dirigió a la madre de Miko.
—¿Dónde está Miko?
La madre del niño no respondió de inmediato. Cuando al fin lo hizo, su voz era más temblorosa que antes, más baja.
—Lo dejé en un refugio, fuera de este caos. Está a salvo… o al menos, eso quiero creer.
Esto calmo a los jóvenes, tenía razón su madre, necesitaba estar lo más lejos de todo esto.
El humo todavía flotaba en el horizonte como un eco ardiente. Pero lo que más se sentía era la culpa. La impotencia.
A su alrededor, los heridos seguían ahí. Apilados en mantas raídas. Algunos sin moverse. Otros, tosiendo, balbuceando palabras que nadie quería oír. No después de lo que ocurrió con el anciano. No después de ver cómo su sanación lo había destrozado desde adentro.
Ara caminaba con los ojos brillantes. Iba en medio de Thoren y Kael, pero no sentía a ninguno. Solo el murmullo de su respiración rota. Solo los rostros vacíos que la miraban desde el suelo, como si esperaran su turno para morir.
Fue entonces que lo vio.
Una mancha oscura en la tela del brazo de Thoren. Y luego, la herida.
Un haz rojo lo había atravesado minutos antes. No lo había notado entre todo el caos. Le había dado prioridad a todos los demás, esto la lleno de culpa. Porque ahora la veía con claridad.
Un agujero en la carne, ennegrecida, carbonizada. El hueso brillaba como un vidrio roto. Aún humeaba.
Ara se detuvo de golpe.
—¡Thoren!
Él giró lentamente, sorprendido. Ella lo vio y le tomó el brazo con cuidado. El olor a carne quemada le heló el estómago.
—¿¡Por qué no dijiste nada!? ¿¡Cómo sigues caminando así!?
—Estoy bien —murmuró Thoren, quitándole importancia—. Hay gente muriendo aquí. Tú tenías que intentarlos sanar primero. No vamos a arriesgar más vidas por solo esto.
—No digas eso —susurró Ara, con la voz quebrada—. ¡No digas eso! Tú también… tú también importas…
Kael los observaba en silencio.
Thoren soltó un suspiro leve.
—Kael está peor. Tú viste sus costillas. No pierdas energía en mí.
—No me importa lo que tú creas —le interrumpió Ara, firme, pero con lágrimas deslizándose—. No otra vez. No quiero… perderte… perder a nadie más.
Sus manos comenzaron a brillar de un verde cálido. Tocó la herida de Thoren y la energía se deslizó sobre su piel como una enredadera viva. El humo retrocedió. La carne se reconstruyó. Ara apretaba los dientes para no llorar más, sin mirarlo a los ojos.
—¿Tú estás bien? —preguntó Thoren suavemente.
Ara negó con la cabeza, aunque su cuerpo temblaba de puro miedo y ternura contenida.
—No. Pero no por mí.
Al terminar de cerrarle la herida, sus manos temblaron, no dejaba de tomar su brazo. Y al alzar la mirada, se encontró con los ojos de Thoren.
Él no había dejado de mirarla. Ni un segundo.
—Gracias —dijo él, con esa voz que solo usaba cuando el dolor lo tocaba por dentro—. Eres más fuerte de lo que crees… incluso si te rompes en silencio.
Ara no pudo contenerlo más. Se lanzó hacia él y lo abrazó con fuerza. Con todo su miedo. Todo su corazón. Todo lo que no sabía cómo decir.
Thoren la rodeó con un solo brazo, el otro aún sensible, y se aferró a ella como si fuese el único lugar seguro en esa ciudad maldita.
En ese abrazo, Ara entendió algo. Thoren era rabia, sí. Era piedra. Era herida.
Pero también era fuego noble. Un sobreviviente que aún daba… cuando ya no le quedaba nada.
Y aunque su corazón latía fuerte, sabía que aún no podía decir lo que sentía. No ahora. No ahí. Aún no.
—Debemos seguir —dijo la voz firme de la madre de Miko, interrumpiendo el instante.
Ara se apartó, bajando la mirada. Thoren no dijo nada. Solo le dedicó una sonrisa torcida que hizo que su pecho ardiera.
—Perdón por no haberlo visto antes… —susurró Ara.
—No te disculpes —respondió él—. Solo sigue viéndome así, y todo va a estar bien.
El suelo bajo sus pies era una mezcla de ceniza, tierra cuarteada y raíces secas que asomaban como nervios expuestos.
Los pasos resonaban huecos. Cada crujido bajo sus botas se sentía como un susurro de los muertos.
Ese no era un lugar cualquiera: era una herida abierta en la tierra, un sendero olvidado entre ruinas sin nombre y secretos que sangraban aún sin nadie que los recordara.
El silencio era sepulcral, solo interrumpido por el arrastrar de alguna piedra suelta o el chasquido distante de un árbol desplomándose tras años de podredumbre. El aire olía a humedad estancada, a vegetación muerta y moho, a abandono.
Las miradas clavadas desde las sombras de las chozas destruidas pesaban como cuchillas sin filo.
Ancianos sentados en los umbrales, mujeres encorvadas sobre fogatas apagadas, niños con los ojos hundidos como pozos sin fondo…
todos observaban con la misma expresión: odio contenido.
Algunos escupieron al suelo al verlos pasar.
Otros murmuraron palabras en un dialecto arcano, palabras que Kael entendió. .. Eran maldiciones.
—Nos culpan —susurró Ara, sin mirar atrás—. Por existir.
Kael asintió en silencio. Thoren apretó la mandíbula.
Samvarg y Valgor caminaban unos metros más atrás, sus presencias tan intimidantes como majestuosas, pero también dolorosamente visibles.
El bisonte de piedra dejaba un rastro de grietas a su paso.
El lobo de hielo helaba la hierba marchita con cada pisada, Lume aunque más pequeño era muy notorio, simplemente intentaba bajar la intensidad de su luz lo más que podía, intentando no llamar la atención.
La madre de Miko se detuvo en seco al llegar a una curva.
Caminaron durante horas. Las calles comenzaban a cambiar.
Las casas ya no estaban simplemente destruidas: eran cadáveres abiertas, con las vigas como costillas y los muebles podridos como vísceras al aire.
Las puertas colgaban de un solo clavo. Las ventanas eran bocas muertas, abiertas de puro espanto.
Ya no quedaban personas. Solo el eco seco del viento entre ruinas que parecían llevar siglos podridas.
La destrucción era vieja. Vieja y silenciosa. Como si algo enorme hubiese barrido con todo... y luego esperado. Como si la muerte misma se hubiese quedado a habitar.
Kael fue el primero en notar que el aire cambió.
Más frío.
Más denso.
Más podrido.
El olor ya no era polvo o humo. Era carne rancia. Sangre seca. Órganos abiertos hace demasiado.
Ara se detuvo en seco, al ver algo entre los escombros. Bajó la vista. Sus labios temblaron.
—¿Es…?
Un brazo. Solo eso. Negro, seco, sin piel, como si el tiempo hubiese esculpido una estatua de muerte a partir del cuerpo real.
Un cuerpo casi disuelto, pegado a la pared. Nadie los había tocado. Nadie los había enterrado. Eran parte del paisaje.
Kael se detuvo. —¿Dónde… estamos?
La madre de Miko se giró.
—No pregunten aún. Lo harán después de verlo.
Más adelante, había un torso entero, pegado a una pared. Como si se hubiese fundido con el muro. Los restos estaban semiderrretidos, fusionados, y el rostro conservaba todavía una mueca de horror absoluto. Los dientes seguían expuestos, como si aún gritara.
Thoren retrocedió al ver una fila de cadáveres alineados junto a un callejón. Algunos estaban sentados contra el muro, con los ojos abiertos, secos, sin párpados. Parecían mirar.
Parecían saber.
Kael frunció el ceño.
—¿Dónde… demonios estamos?
La madre de Miko seguía sin responder. Se limitó a seguir caminando. Pero su mirada ya no exploraba: se cerraba. Como quien recuerda lo que nunca quiso revivir.
Thoren, tenso, miraba los cadáveres. Algunos tenían los ojos abiertos. Otros parecían haber gritado hasta el final.
—¿Qué es este lugar?
La anciana habló esta vez, con voz ronca.
—La llaman La Franja del Olvido. Algunos le dicen El Valle de los Que Recordaron. Otros… simplemente “El Último Paso”.
Ara tragó saliva, con el estómago revuelto.
—¿Qué… les pasó?
—Intentaron proteger.
La madre de Miko se detuvo junto a un cadáver aún fresco. En su piel, tallado como un tatuaje sobre el pecho, se leía:
“Me sané… y recordé.”
—¿Recordaron qué? —preguntó Kael, aunque ya temía la respuesta.
—Lo que eran antes —dijo la anciana—. Lo que les hicieron en la ciudadela. Sus cuerpos… lo olvidaron. Sus almas no. La energía que los mantiene vivos está marcada, como cicatrices internas. Cuando alguien los sana, eso… las abre.
—Los recuerdos los matan —dijo Thoren, más como un susurro de espanto.
—O los enloquecen —añadió la madre de Miko—. Sanar… es morir. Aquí, eso se convirtió en religión. En terror colectivo. Ni siquiera lo intentan ya.
Kael sintió un escalofrío que no tenía que ver con el frío.
—¿Y si… no lo recuerdan todo?
—No importa —dijo la anciana—. Basta una imagen. Un sonido. Un nombre. Hay quienes se arrojaron al fuego tras oír la voz de su hijo muerto.
Las paredes susurraban.
Mensajes tallados en los huesos de puertas y columnas. Algunos con sangre seca, otros con uñas desgastadas hasta el hueso.
“Me devolvieron la memoria… y vi cómo me despedazaban.” “El pacto es una mentira. La paz nunca vino.” “Recordé a mis hijos… y ellos no me reconocieron.” “No me toques. No me sanes. Déjame morir roto.”
El aire se volvió más pesado. En las paredes, se veían más mensajes grabados con uñas, sangre, metal.
“No toques mi alma.” “Me devolvieron la memoria… prefiero la muerte.” “El pacto es una mentira. La paz nunca viene.”
Thoren apretó los puños.
—¿Y por qué nadie pelea? ¿Por qué nadie se levanta? Con los poderes que tienen… ¿por qué no luchan?
La anciana y la mujer se miraron.
—Esas respuestas están justo donde vamos —dijo la madre de Miko.