Ceniza en los Ojos #2
Ara temblaba. Ya no de miedo o de frío, sino de rabia.
—¿¡Por qué no? —gritó de pronto, quebrando el silencio como un relámpago. Su voz resonó en las ruinas como si los árboles mismos se estremecieran—. ¡Podríamos ayudarlos! ¡Ahora mismo! ¡Sangran, suplican, mueren! ¡Yo... yo puedo sentirlo todo!
Su ceño fruncido y los ojos llorosos se clavaron en la madre de Miko, que apenas se movía, sentada entre los escombros, su vestido manchado por tierra y ceniza.
—No. —La respuesta fue firme. Casi como una sentencia.
Ara avanzó, furiosa.
—¡¿NO?! —repitió como un rugido—. ¡¿NO?! ¿¡ESO ES TODO LO QUE TIENES PARA DECIR!?
Kael se puso a su lado, y Thoren se acercó poco después, intercambiando miradas. El ciervo emitió una luz tenue detrás de Ara, como conteniendo la tensión.
La madre de Miko alzó la vista. Su rostro se veía más viejo que antes, surcado de lágrimas secas, pero su expresión era de acero.
—No deben sanarlos. Está prohibido.
—¿¡Prohibido por quién!? —intervino Thoren, su voz grave y dolida—. ¡Son niños los que murieron! ¡Gente inocente! ¡¿Y tú solo te quedas ahí, diciendo que no se puede hacer nada!?
Ara dio un paso más, el suelo bajo sus pies brotó pasto fresco con cada pisada. Lume, atrás brilló más fuerte, pero no se movió.
—¡Por tu culpa mueren! —le gritó Ara con la voz quebrada—. ¡Por ocultarlo todo! ¡Por no decirnos la verdad! ¡Por esconderte mientras el mundo se desmorona!
—¡YA BASTA! —bramó la mujer, enderezándose de golpe, más de lo que ya estaba.
Pero Ara no se detuvo. Ya no podía. Todo dentro de ella era una tormenta de savia y fuego.
—¡Dime qué te detiene! ¡Dímelo ahora! ¡¿Por qué no los sanas tú, si también tienes el poder!?
La madre de Miko abrió la boca, pero no emitió sonido. Cerró los ojos un instante, con el pecho alzándose agitado.
—¡¿QUÉ NOS OCULTAS?! —volvió a gritar Ara.
Y en ese instante... lo sintió.
Esa chispa oscura.
La furia.
La savia en sus brazos empezó a moverse sola, la corteza viva de su piel se partió con una luz dorada, como si la naturaleza misma se estuviera desatando.
Ara levantó una mano.
Un pequeño temblor sacudió el suelo.
Raíces espinosas brotaron cerca de los pies de la madre de Miko, como si respondieran al impulso interno de Ara.
—¡Ara, no! —gritó Thoren, sujetándola del brazo con fuerza.
Ella se giró con los ojos llenos de lágrimas y energía, pero él no soltó su agarre.
—¡No lo hagas! ¡No eres eso!
Ara respiró con dificultad. El corazón le latía como un tambor enloquecido. Quería herir. Quería obligarla a hablar. Quería… una respuesta. Pero… no así.
Bajó la mano. Las raíces se marchitaron al instante.
Kael dio un paso al frente.
—Nosotros… —dijo, su voz tan helada como firme—. Nosotros estuvimos aqui. ¡Vimos cómo se rompía todo! ¡Los vimos morir! ¡Los escuchamos gritar! ¡Y si hay una forma de salvar a los heridos, tenemos que hacerlo! ¡Es nuestro deber! ¡Fue por nuestra culpa!
—¡Si podemos salvar a uno más, aunque sea uno! —añadió Thoren, la voz quebrada—. ¡¿No lo entienden?! ¡No pueden pedirnos que los dejemos morir también!
—¡Tú sabes lo que está pasando! —exclamó Ara a la mujer, sin acercarse esta vez—. ¡Sabes algo que no nos quieres decir! ¡¿Qué es tan terrible que prefieren dejar morir a todos?!
La madre de Miko tembló. Pero no por miedo.
Por hartazgo.
Por cansancio de años y años escondiéndose.
—...Porque si sanan, morirán todos. —lo dijo en voz baja, casi como un susurro.
El silencio que cayó fue sepulcral.
—¿Qué…? —murmuró Ara.
La mujer respiró hondo. Y entonces, con la misma calma con que uno aceptaría una sentencia de muerte, repitió en voz alta, con rabia contenida:
—¡Si sanan morirán todos! ¡Los recuerdos son muerte!
Los tres jóvenes se quedaron paralizados.
Incluso Lume bajó el brillo de su luz. Samvarg y Valgor dieron un paso al frente detrás de Kael y Thoren, atentos. El viento dejó de soplar.
La anciana que había estado cerca observaba en silencio, con los labios apretados.
—¿Qué… recuerdos? —susurró Kael.
La mujer cerró los ojos, como si estuviera intentando no romperse.
—Los de arriba no permiten que se recuerde. No toleran cicatrices que puedan sanar. Porque una herida cerrada… habla. Y si alguien habla, los encontrarán. Y si los encuentran…
Alzó la vista, sus ojos más oscuros que nunca.
—Morirán. Todos. Cada uno. Sin importar su edad, su alma, su historia. Así es como controlan. Así es como dominan.
Ara cayó de rodillas. Su poder se disolvió entre sus dedos.
—...entonces… entonces… ¿no podemos salvarlos?
—No —dijo la mujer con dureza—. No con sus dones. No con la verdad.
Se hizo un silencio sepulcral.
Y entonces, la mujer, como si un peso terrible le cayera encima, dio un paso hacia atrás.
—Es momento de que vean algo —dijo con voz amarga—. Es momento… de enseñarles lo que hemos ocultado todo este tiempo a los forasteros.
Y dio media vuelta, caminando lentamente entre los cuerpos, con la mirada perdida. Los protagonistas la siguieron en silencio, mientras la mañana se alzaba como un velo de luz sobre las ruinas.