Ceniza en los Ojos
Oscuridad.
Primero vino el silencio. Luego… un silbido agudo, como si el mundo estuviera sumergido bajo agua hirviendo. Todo estaba borroso. Todo era ruido.
Después, el dolor. Punzante. Sordo. Crudo.
Kael intentó moverse, pero su cuerpo no respondía. Sentía un escombro grande sobre sus piernas, la boca llena de polvo, el pecho apretado como si algo invisible lo aplastara.
Un zumbido. Luego un crujido.
Y una voz lejana.
—Kael… ¡Kael!
Un destello. Otro. Imágenes intermitentes: una explosión, el cielo en llamas, una pared colapsando.
Entonces, abrió los ojos. Todo había sido una pesadilla… o una visión.
Su respiración fue un jadeo seco y brutal.
El cielo estaba cubierto por una nube densa de humo y cenizas. Las llamas seguían devorando algunos techos a lo lejos. Todo lo demás… era ruina.
Kael se incorporó lentamente. Le dolía cada hueso, cada músculo. Una corriente de sangre le bajaba por la frente, se mezclaba con el polvo, le nublaba la vista.
—¡Está despertando! —escuchó una voz femenina—. ¡Kael, mírame!
Era Ara. Arrodillada a su lado, con las manos sobre su pecho sanándolo. Lume estaba cerca, mirando en todas direcciones con su luz pulsando en tono bajo, vigilante. El rostro de Ara estaba sucio, la trenza despeinada, los ojos rojos de tanto llorar… o de tanto mirar.
Detrás de ella, Thoren apoyaba la espalda contra un muro medio caído. Su brazo izquierdo colgaba con un vendaje improvisado, cubierto de sangre seca. Pero aún tenía fuerza en los ojos.
—Te desmayaste cuando la explosión te lanzó contra ese almacén. —dijo con la voz ronca—. Pensamos que no despertarías.
Kael tragó saliva y se arrastró hasta quedar sentado. Las piernas le temblaban.
Y entonces lo escuchó.
Los gritos. El llanto. Las súplicas.
Alzó la vista… y vio el infierno real.
La Ciudad Dormida… estaba rota.
Edificios enteros se habían desplomado. Las calles estaban manchadas de sangre, no como símbolo, sino como alfombra. Cuerpos cubiertos con mantas improvisadas yacían alineados en una plaza abierta. Algunos aún gemían. Otros no.
Los heridos se arrastraban entre los restos. Algunos sin brazos. Otros con el rostro quemado, desfigurados. Niños con la piel abierta por metralla, mujeres con huesos expuestos, ancianos con miradas vacías, tambaleándose.
Samvarg estaba de pie más atrás, goteando sangre negra de la mandíbula. Su pelaje de escarcha estaba partido en varios puntos, dejando ver hielo quebrado y runas brillando débilmente. Gruñía hacia la distancia, vigilando.
Valgor, inmenso, permanecía junto a él. Sus patas estaban cubiertas de sangre y barro, su pecho subía y bajaba con lentitud, pero con furia contenida. Su ojo izquierdo estaba hinchado, casi cerrado.
Ningún enemigo quedaba en pie.
Pero no había victoria.
Solo… muerte.
Kael se puso de pie con la ayuda de Ara. Sus piernas crujieron. Thoren se acercó, cojeando.
Nadie habló.
Y entonces… la multitud salió.
Desde los refugios, desde las grietas de las casas rotas, los sobrevivientes comenzaron a rodearlos. No eran muchos… pero bastaban.
Sus rostros eran máscaras de furia.
Una mujer llorando con su hijo muerto en brazos. Un anciano con la mandíbula colgando. Un joven con una pierna cercenada, apoyado en una tabla de madera.
Una voz se alzó.
—¡¡MIREN LO QUE HICIERON!!
Kael se giró. Un hombre con el rostro cubierto de sangre, los ojos inyectados, levantaba un brazo tembloroso hacia ellos.
—¡Todos prometen protegernos! ¡¡Nos dejaron en medio de una masacre!!
—¡Son iguales que los que mandaron esos drones! ¡¡Ustedes los trajeron aquí!! —gritó otro.
—¡MIS HIJOS ESTÁN MUERTOS! —berreó una mujer.
Ara intentó hablar, alzando ambas manos, con lágrimas en los ojos.
—Por favor… escúchennos…
—¡CÁLLATE! —vociferó una joven—. ¡¡Monstruos!! ¡¡Ustedes y sus bestias!!
Los rodeaban. Más. Y más.
Kael sintió el caos prender fuego al aire. Gente arrancando partes de los drones destruidos, transformándolas en lanzas, garrotes, cuchillas improvisadas. Algunos tenían poderes. No muchos… pero bastaban. Energías de viento y naturaleza oscilaban.
Un dilema.
Kael entrecerró los ojos. Estaba listo para congelar el suelo si era necesario.
Thoren dio un paso adelante, el brazo sano levantado.
—¡¡BASTA!! ¡¡BASTAAAA!! —rugió—. ¡No queremos pelear con ustedes!
—¡No tenemos elección si se lanzan encima! —gritó Kael.
Ara miraba a su alrededor, el corazón deshecho, los labios temblando.
Los rodeaban completamente. Las armas apuntaban. El odio… ardía.
Entonces…
Valgor se movió.
El suelo retumbó con un golpe seco.
Una onda de tierra surgió de sus patas, no como ataque, sino como un recordatorio. El suelo vibró con fuerza y muchos tropezaron o perdieron el equilibrio.
Su voz, gruesa, antigua, inquebrantable, resonó en las mentes de todos los portadores:
“Ya basta. Esto no es justicia. Es venganza sin propósito”
“Están haciendo justo lo que desean los que están en la cima. Quieren que se destruyan entre ustedes. Que peleen hasta que no quede nadie con fuerza para levantarse”
“¿Y qué harán entonces? ¿Quién quedará para defender a los suyos… cuando vuelva la tormenta?”
Silencio.
Una mujer cayó de rodillas. Un anciano soltó el arma improvisada. Las manos comenzaron a bajar. Dudaban, pero para ser honestos no tenían oportunidad contra ellos, aunque eran más. Algunos aún lloraban. Otros, simplemente… dejaron de moverse.
Thoren fue el primero en hablar.
—Valgor tiene razón… No queda tiempo para el odio. Hay niños atrapados. Gente viva bajo los escombros. Si no los salvamos… hoy perderemos más que esta batalla.
Ara asintió, mirando a su alrededor.
—Cada segundo cuenta. No nos queda mucha vida… pero si la unimos, quizá baste.
Kael se acercó a la muchedumbre. Los miró a todos.
—No pedimos que nos perdonen. Solo pedimos… que ayuden. Por ellos.
Se hizo el silencio.
Y así comenzó la reconstrucción.
Minutos después
El viento seguía arrastrando el olor a muerte.
Las calles estaban cubiertas de polvo, sangre seca y lamentos. Bajo los escombros de la ciudad caída, decenas de cuerpos eran arrastrados, uno a uno, con ayuda de los que aún podían moverse. No había gritos de desesperación, solo un silencio denso, como si el aire temiera romperse.
Ara caminaba entre los heridos, con las manos temblorosas, la mirada resuelta. Cada paso que daba hacia los cuerpos amontonados en la calle, era respondido con un desvío de ojos, una negación sutil. Nadie sanaba. Nadie siquiera intentaba.
—¿Por qué no los curan? —preguntó ella finalmente, deteniéndose en medio del camino, con la voz cargada de impotencia.
El silencio fue su única respuesta. Algunos miraron hacia otro lado. Otros simplemente bajaron la cabeza.
—¿Acaso... están esperando a que mueran?
Una mujer alzó la voz, sin mirar a Ara:
—No entiendes… No pueden ser sanados.
Un murmullo se esparció entre la multitud como veneno diluido en agua.
—Están marcados… —Sanarlos es condenarlos. —Ya ha pasado antes… —No deberías…
—¡Basta! —interrumpió Ara, al borde del llanto. Dio un paso al frente—. Si ustedes no lo hacen, lo haré yo. Solo… acérquenme a los heridos.
Un joven asintió con miedo y trajo a un anciano casi inconsciente, cubierto de polvo, con una pierna rota y el pecho colapsado. Lo colocaron con cuidado frente a ella.
El hombre respiraba con dificultad. Cuando vio a Ara, su rostro se tensó.
—No… no, por favor… —murmuró, gimiendo de dolor.
—Tranquilo… —susurró ella con ternura—. Voy a ayudarte. Solo… déjame…
Colocó sus manos sobre su pecho. La energía dorada y suave fluyó desde sus palmas, envolviendo al anciano con calidez. Su respiración se estabilizó. Los gemidos se volvieron suspiros. Su rostro, arrugado y sucio, comenzó a relajarse. Durante un instante, pareció recuperar años de vida.
La multitud observaba en silencio. Algunos, con esperanza. Otros, con horror contenido.
Pero entonces…
El cuerpo del anciano se estremeció. Solo un espasmo, al principio.
Luego, otro más violento. Su espalda se arqueó, como si una fuerza invisible lo estuviera arrancando de sí mismo.
De su pecho comenzó a brillar un tenue símbolo, como si la carne recordara algo que la mente había olvidado.
Un espiral grabado en su piel, latente, siniestro.
Una marca que no pertenecía a ninguna tribu.
—¡No…! —susurró él, con los ojos bien abiertos, ahora llenos de terror absoluto.
Ara se alejó de golpe. La energía seguía fluyendo desde sus manos, sin control.
El anciano gritó.
Pero no fue un grito humano. Fue un alarido quebrado, deformado por siglos de sufrimiento. Se tomó la cabeza, sus uñas desgarrando su propio cuero cabelludo. Los ojos comenzaron a sangrar. Su cuerpo se retorcía, huesos rompiéndose bajo su propia piel.
—¡Hazlo parar! ¡Hazlo parar! —gritó alguien.
Ara cayó de rodillas, tratando de cortar el flujo de energía. El anciano se golpeó el rostro contra el suelo, una y otra vez, dejando un rastro de dientes rotos y sangre.
Entonces, se detuvo. Solo por un momento.
Y explotó por dentro.
Su espalda se arqueó en un espasmo final, y su columna se partió con un crujido seco. Cayó como un saco vacío, humeante, ojos abiertos al cielo.
Silencio.
Ara jadeaba. Su rostro empapado en lágrimas. No entendía. No comprendía qué había hecho mal. Se arrastró hacia él, temblando.
—No… no… yo… solo quería ayudarte…
Nadie se acercó. Nadie dijo nada.
Solo el recuerdo grabado en sus pupilas del rostro del anciano, deformado por el horror, permanecería para siempre.
Ara extendió la mano temblorosa, queriendo intentarlo de nuevo.
Entonces…
—¡DETENTE!
Una voz quebró el aire.
Ara se congeló.
Los demás se giraron.
La gente se apartó en silencio.
La madre de Miko avanzaba entre ellos. El cabello suelto, lleno de polvo. Las manos ensangrentadas. Las mejillas húmedas. Su rostro… deformado por la furia.
Detrás de ella, la anciana. Sin hablar. Sosteniendo un bastón torcido.
El niño… no estaba.
—No te atrevas —escupió la madre—. No… lo vuelvas a tocar.