El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Amanecer del Fin
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Amanecer del Fin

El aire estaba espeso. No por niebla, sino por el hedor de sangre, hollín y carne quemada. Aún no salía el sol, pero las luces anaranjadas de incendios aislados marcaban el camino entre ruinas, techos colapsados y cuerpos enterrados bajo los escombros.

Ya habían pasado varios minutos del ataque, pero aún continuaba el caos.

Thoren caminaba con la mandíbula apretada, la camisa desgarrada y manchada de barro, sangre y lágrimas secas. La herida en su costado aún no cerraba, aunque la cubría como podía con una venda improvisada arrancada del forro de su abrigo.

Kael iba adelante, arrastrando con fuerza una viga rota para abrir paso entre los restos de la casa.

Su brazo derecho estaba vendado hasta el hombro, hinchado y amoratado, y su rostro tenía una línea roja desde la frente hasta la mandíbula.

Cada tanto escupía sangre mezclada con saliva. No se quejaba.

Ara… se había quedado en silencio desde que vio a la anciana muerta frente a ella.

Desde que escucharon a los niños gritar mientras las paredes ardían y se derrumbaban sobre sus pequeñas figuras.

Uno de ellos, una niña con el cabello como el trigo, aún respiraba cuando la sacaron de entre los restos.

Su mitad inferior… ya no estaba, no le quedaba tiempo.

—¡Aquí! —gritó Thoren, levantando un brazo.

Había encontrado a un sobreviviente. Un joven con la cara cubierta de hollín, ojos completamente en blanco, acurrucado en posición fetal entre dos columnas caídas.

Al tocarlo, el muchacho soltó un chillido animal y comenzó a arañarlo con fuerza, desesperado, como si todavía viera fuego a su alrededor.

Kael se apresuró a calmarlo, sujetándolo con fuerza mientras Ara colocaba las manos en su rostro y susurraba algo. El chico sollozó. Después se desmayó.

—No podemos seguir así —murmuró Kael—. Nos están matando. Cada minuto que pasamos aquí, esta aldea se vuelve una tumba más profunda.

—Y aun así… —Thoren apretó el puño—, ¿vamos a huir como cobardes?

—¡No es huir! —Kael se giró con los ojos encendidos—. Es retirarnos para entender a qué demonios nos estamos enfrentando. Si seguimos sin saber qué pasa, no podremos proteger ni a uno solo.

Thoren iba a responder, pero entonces, lo escucharon.

Un estruendo seco, lejano, como si un muro de piedra hubiese sido aplastado por una ola invisible. Y luego otro. Y otro. Cada uno más cercano.

Un rugido sordo y espeso sacudió el aire, haciendo vibrar los metales entre las ruinas.

—¿Eso fue un…? —susurró Ara.

El Titán de Tierra emergió como una montaña viva a la distancia. Su cuerpo de roca y musgo avanzaba con lentitud, pero su mirada estaba fija hacia el norte. Detrás, la bestia de hielo —el lobo de Kael— gruñía con los colmillos desnudos. Los dos titanes se detuvieron justo frente al grupo.

Kael frunció el ceño.

—No… no están aquí por nosotros.

El cielo se agrietó con una descarga de luz violácea, una silueta eléctrica sobrevoló por encima, y con un grito estridente, el Titán de Electricidad descendió como un cometa al borde de la aldea.

Todo tembló. Ara cayó de rodillas, cubriéndose la cabeza.

El Titán de Electricidad abrió sus alas de rayos vivos y extendió sus garras hacia el horizonte. Señaló algo… algo que venía hacia ellos.

En la distancia, más allá de los campos negros, una figura humanoide caminaba. Desnuda. Delgada. Encadenada. Su rostro… no existía. Solo una hendidura donde debía haber ojos, nariz o boca.

—No… —susurró Kael, retrocediendo.

Era el Titán Errante.

Su silueta avanzaba entre niebla oscura que no pertenecía a este mundo. Y detrás de él… otros caminaban.

No titanes.

Eran hombres y mujeres, pero sus cuerpos estaban deformes, cubiertos por una segunda piel metálica, con extremidades cortadas y reemplazadas por herramientas, garras y cuchillas oxidadas. Ciborgs. Mutaciones.

—No puede ser… —murmuró Thoren—. Eso no es una patrulla. Es un…

—Ejército —dijo Ara.

Kael creo su lanza, aún con los dedos temblando.

—Prepárense. Ya no hay mañana.