Lo Inevitable #2
—Estén siempre atentos… siempre. Y, pase lo que pase, no dejen de mirar el cielo. —Su rostro se endureció—. No se detengan. Nosotros… estaremos bien.
Kael fue el último en asentir. Luego, sin más palabras, los Titanes comenzaron a moverse. El suelo tembló. El metal de la fábrica vibró con su marcha.
Y así, entre la niebla de la madrugada y las cicatrices de un pueblo olvidado, tres jinetes partieron hacia el horror suspendido en los cielos.
Sin mirar atrás. Sin saber si volverían.
La Ciudad Dormida temblaba.
No por ellos. No por los pasos colosales de Valgor ni por la gélida presencia de Samvarg congelando cada baldosa que pisaba.
Temblaba… por lo que había adelante.
Los cimientos crujían. Las estructuras viejas lloraban acero oxidado. Los escombros comenzaban a temblar… como si la tierra supiera que algo antinatural estaba a punto de desgarrarla desde las entrañas.
Los Titanes avanzaban a toda velocidad, intentando salir de aquel sepulcro olvidado. Pero lo que los seguía ya había despertado algo peor.
Y no había marcha atrás.
Kael, Thoren y Ara iban montados sobre sus Titanes, atravesando con velocidad contenida las grandes avenidas cubiertas por la niebla matinal. El sol apenas rompía las nubes, pintando con luz dorada las torres oxidadas, las fachadas cubiertas de enredaderas y las ventanas vacías como ojos sin alma.
Los habitantes los miraban. Desde los balcones. Desde rendijas en los muros. Desde las sombras mismas.
Sus ojos no tenían esperanza. Tenían miedo.
Kael miró hacia los costados mientras Samvarg avanzaba entre los edificios. Eran decenas. Tal vez cientos. Observando en silencio. Algunos cubrían a sus hijos. Otros, simplemente, los sostenían como si fuera la última vez. Nadie hablaba. Nadie corría.
—Están... resignados —murmuró Kael con una punzada en el estómago.
Thoren frunció el ceño al ver una figura solitaria en una azotea. Un hombre sin piernas que los observaba sin pestañear. Tenía el rostro quemado, las costillas marcadas… y aún así se mantenía erguido. Con dignidad dolorosa.
—Esto no es vida —masculló entre dientes, sintiendo a Valgor tenso bajo él.
Pero Ara fue quien lo dijo en voz alta:
—Esto es una tumba... …y nosotros estamos caminando sobre sus huesos.
Lume que la portaba levantó su cabeza, emitiendo una vibración tenue en su pecho, como si compartiera su tristeza.
Entonces ocurrió.
—¡Kael! —gritó Thoren, señalando el cielo— ¡¡IZQUIERDA!!
Samvarg reaccionó antes que su jinete. Un relámpago azul cruzó el aire: un proyectil de forma cónica descendía a gran velocidad, directo a Kael.
Con un rugido sobrenatural, Samvarg alzó una muralla de hielo que emergió de la nada, gruesa como una montaña. El impacto fue brutal. La explosión reverberó entre las calles, hizo trizas el escudo, lanzó hielo en todas direcciones y detuvo la marcha de los Titanes.
Los edificios más cercanos temblaron. Ara se sujetó fuerte de su ciervo. Thoren gritó algo, pero el estruendo ahogó sus palabras.
Silencio.
Luego… los vieron.
Zumbidos.
Un enjambre metálico descendía desde el cielo, deslizándose por las grietas de las nubes. Primero cuatro. Luego siete. Luego más.
Los ojos de Kael se entrecerraron.
—No... puede ser.
Los Drones estaban llegado.
𝗣𝗔𝗡𝗜𝗖𝗢
Los “Vigilantes” descendieron como buitres casi en silencio. Las luces azules de sus sensores cortaban la niebla como cuchillas de hospital. Cuando uno de ellos detectó movimiento, la muerte era instantánea.
Eran esferas flotantes, de unos metro y medio de diámetro, negros como obsidiana, con una única luz azul parpadeante en el centro. Silenciosos como la muerte. Aparecieron entre las ruinas, sobrevolando edificios y tejados, escaneando con haces de luz a cada ser viviente.
Una niña de no más de ocho años corrió entre las piernas de un adulto. Un Vigilante la escaneó, marcó su pulso… y lanzó una red de púas eléctricas que se clavaron en su carne.
El cuerpo de la niña se sacudió con violentas convulsiones, su garganta expulsó un grito ahogado mientras sus ojos se volteaban y una estela de espuma salía de su boca. Un segundo después, su pequeño cuerpo fue arrastrado por la red, dejando un rastro de sangre sobre los adoquines.
—¡MALDITOS! —Thoren rugió, ya sin contener nada.
Valgor se impulsó con tal fuerza que el pavimento explotó bajo sus pezuñas. Con un golpe de su cráneo blindado, impactó al drone que había atacado. El Vigilante se partió como fruta podrida, sus trozos metálicos salpicando sangre humana aún fresca.
Valgor rugía, la tierra temblaba… y enormes raíces de roca se alzaban y trituraban a los drones en el acto.
Kael extendió su brazo. Con un movimiento rápido, congeló el techo de un edificio, haciendo que otro Vigilante se deslizara y se estrellara contra una torre oxidada.
Ara no tenía más tiempo para entrenar, para dudar, invocó a la flora a su alrededor, las primeras se marchitaron al instante, pero no se rindió, lo volvió a intentar , está vez con más fuerza y así lo consiguió, las enredaderas con espinas salieron disparadas como látigos, envolviendo un tercer Vigilante que se estrelló contra una pared, partido en dos por la presión de sus raíces.
—¡Gente! ¡Corran! ¡Ha cubierto! —gritó Kael, mientras Samvarg giraba sobre sus patas, lanzando un aliento de escarcha contra otro grupo de drones.
Las calles se convirtieron en una zona de guerra.
𝗠𝗘𝗧𝗔𝗟 𝗬 𝗖𝗔𝗥𝗡𝗘
Kael levantó una muralla de hielo para proteger a un grupo de ancianos. Uno de los drones los había marcado. Lanzó una sonda que estalló en fragmentos giratorios. Uno alcanzó el cuello de una mujer… y lo rebanó como papel mojado.
La sangre brotó en forma de arco sobre la cara de Kael, quien cerró los ojos por un instante, jurando en silencio.
—Van a pagar... —murmuró.
Samvarg saltó como una sombra de escarcha, destrozando el dron con una dentellada en pleno vuelo. El cuerpo del Vigilante cayó en pedazos al pavimento, con un zumbido agonizante.
Más drones bajaban. Algunos eran derribados por enredaderas afiladas de Ara. Otros, atrapados por las trampas de roca fundida de Thoren. Pero eran muchos. Demasiados.
𝗟𝗢𝗦 “𝗥𝗘𝗖𝗢𝗟𝗘𝗖𝗧𝗢𝗥𝗘𝗦” 𝗟𝗟𝗘𝗚𝗔𝗡
A lo lejos, un zumbido más grave. Pesado. Asfixiante.
Aparecieron entre el humo, avanzando como monstruos bípedos.
Eran drones de cinco metros, con brazos metálicos que colgaban como extremidades dislocadas hidráulicas con herramientas quirúrgicas aún manchadas de fluidos humanos.
Llevaban cápsulas metálicas repletas de cuerpos comprimidos. Algunos se movían. Otros no.
Uno descendió cerca de una familia. Extendió sus brazos. El pitido agudo que emitió hizo sangrar los oídos de los niños. Disparó una ráfaga verde. El padre cayó de rodillas, convulsionando. El dron lo alzó y lo introdujo en una cápsula que se cerró con un chasquido de hueso.
Ara soltó un grito desgarrador. Lume corrió hacia ellos, sus patas pisaban firme la tierra mientras ella extendía los brazos, y una ráfaga de hojas cortantes emergió de su cuerpo.
—¡SUÉLTALO! —gritó.
La cápsula se abrió de golpe. El hombre cayó, jadeando. El dron intentó reposicionarse, pero el ciervo embistió con fuerza, su luz brillando intensamente, y atravesó el torso del dron.
Boom. Polvo. Fuego. Gritos.
Thoren y Valgor se lanzaron contra tres Recolectores. Uno fue aplastado bajo el peso del bisonte, otro atrapado por una trampa de piedra que lo partió en dos. El tercero disparó una ráfaga al pecho de Valgor, haciéndolo tambalear.
—¡No! —gritó Thoren. Sus ojos brillaron con furia. De sus manos brotaron fragmentos de roca fundida y los lanzó como proyectiles, impactando directo en el núcleo del dron, que explotó en el aire.
Kael, más atrás, cubría las espaldas de los otros dos. Cada vez que un drone se acercaba, levantaba espinas de hielo para impedir el avance. Una familia intentó correr al refugio, pero una red los capturó.
Kael saltó de Samvarg, congeló la red en el aire, la quebró a golpes y cargó a los niños con sus propios brazos.
—¡Ara! ¡Cúralos!
Ella corrió hacia él. La luz en sus palmas brilló verde y pura. Donde tocaba, las quemaduras se desvanecían. Donde lloraban, ella susurraba.
Un Recolector embistió un edificio a medio colapsar y aplastó a dos personas contra una pared, dejando una mancha roja gruesa como barro fresco.
Otra máquina capturó a un joven por la pierna, lo alzó como si fuera una presa de caza.
El chico gritaba, arañaba el aire. Un brazo del dron lo abrió con una incisión precisa desde el abdomen hasta el esternón.
Los intestinos cayeron como una cuerda húmeda mientras su voz se quebraba en un gorgoteo final.
Ara gritó con furia animal. Las raíces a su alrededor se alzaron como lanzas, perforando el torso del drone. El Recolector cayó, pero el cuerpo del joven quedó colgando… como un adorno macabro.
—¡¡NO MÁS!! —ella gritaba mientras sus ojos ardían con lágrimas y rabia.
𝗘𝗟 𝗖𝗜𝗘𝗟𝗢 𝗦𝗘 𝗔𝗕𝗥𝗘: 𝗟𝗢𝗦 “𝗣𝗨𝗥𝗚𝗔𝗗𝗢𝗥𝗘𝗦”
El aire cambió.
Más frío. Más denso. Más enfermo.
Desde las alturas, descendieron drones oscuros, con formas aberrantes, más parecidas a monstruos que a máquinas. No tenían luces. No tenían rostro. Solo placas negras que absorbían la luz del sol.
Kael sintió un escalofrío. Ara retrocedió. Thoren se detuvo en seco.
Los Titanes gruñeron. Valgor bajo la cabeza, tenso. Samvarg expuso los colmillos. Estaban aquí.
Y entonces… descendieron.
No como máquinas. Como juicios. Como dioses crueles cubiertos en placas negras, sin ruido, sin señales, sin alma.
Uno de los drones envió una señal sónica, apenas perceptible… pero la cicatriz en el cuello de Ara ardió como fuego.
Ella cayó de rodillas, gritando, llevándose las manos a la cabeza. Thoren corrió hacia ella.
—¡ARA!
Lume retrocedió de golpe, temblando.
Kael levantó una barrera de hielo justo antes de que otro “Purgador” disparara un haz rojo que desintegró parte del muro detrás de ellos.
—¡Nos quieren vivos, pero no a los Titanes! —gritó Kael.
—¡Tenemos que terminar esto YA! —vociferó Thoren.
Con un rugido sincronizado, Samvarg y Valgor se lanzaron a la carga. Valgor embistió con una fuerza sísmica que partió el suelo. Samvarg giró en el aire, sus patas golpearon un dron “Purgador” directo en su núcleo, congelándolo por dentro hasta que estalló.
Kael invocó una tormenta de lanzas de hielo que perforaron a otro por completo. Thoren alzó un pilar de roca que lo lanzó al nivel del último, y con su puño cubierto en piedra endurecida, lo partió en dos.
Otro activó su señal.
En menos de un segundo, todos los niños con cicatrices brillantes en la ciudad comenzaron a convulsionar. Algunos se desgarraban la piel. Otros se golpeaban la cabeza contra las paredes hasta desangrarse. Uno se arrancó los ojos con sus propias uñas antes de desplomarse.
Ara cayó de rodillas. La cicatriz en su cuello ardía como hierro fundido. La tierra a su alrededor se volvió negra. Lume rugió sin voz, su luz bajó al mínimo. La conexión espiritual fue violentada. La energia misma se volvió contra ellos.
Kael y Thoren intentaron cubrirla. Pero el segundo Purgador disparó.
Un haz rojo atravesó el brazo de Thoren, lo quemó desde adentro. Se escuchó el crujido del hueso al quebrarse. La carne se carbonizó al instante, dejando un agujero que humeaba.
Thoren no gritó. Solo apretó los dientes… y siguió de pie.
Kael lanzó una tormenta de hielo, pero uno de los drones absorbía el frío como si lo devorara. Solo Valgor, en un acto suicida, embistió con una furia tan brutal que rompió las vértebras del drone como si fuera de cristal.
Samvarg saltó desde una azotea y le arrancó el núcleo a otro con los colmillos, salpicando aceite y sangre al mismo tiempo.
Kael, cubierto de heridas, formó cuchillas de hielo sobre sus brazos y se lanzó al tercero. Lo decapitó de un tajo.
𝗗𝗘𝗦𝗧𝗥𝗨𝗖𝗖𝗜Ó𝗡
El fuego lo consumía todo. La ciudad estaba partida. Algunos edificios ardían. Otros colapsaban con cuerpos aún dentro.
Un grupo de niños intentó refugiarse en un templo antiguo. Pero un Vigilante disparó su última carga. El techo colapsó. Solo se escucharon los gritos sofocados antes del silencio final.
Ara los encontró. Solo alcanzó a sacar a una niña aún viva. Le faltaba una pierna.
—No… —Ara lloraba— no, no, no…
Puso sus manos sobre el muñón sangrante. Canalizó todo. Hasta que la niña respiró. Pero ya no lloraba. Ya no tenía ojos.
Los drones yacían destruidos. Varios más se alejaba, habían conseguido su objetivo. El cielo seguía vibrando. Como si se avecinara otra ola. Más grande. Más cruel.
Kael jadeaba. Su rostro cubierto en hollín y sangre. Thoren aún sangraba por el brazo. Ara tenía tierra en las uñas y muerte en la mirada.
—Nos emboscaron —dijo Kael.
—Sabían que vendríamos —gruñó Thoren.
—Y aún así… no retrocedimos —Ara murmuró—. Porque si no lo hacemos nosotros… nadie más lo hará.
Kael la miró. Su mirada era acero.
—Y ahora sabemos con qué estamos tratando.
Arriba, en lo alto de las nubes… un sonido grave se formaba. Un eco nuevo.
El horror no había terminado. Esperaron angustiados, pero nada paso.
Silencio.
Ara jadeaba. Los drones caían como insectos muertos. La ciudad era humo, fuego, polvo y gritos horribles.
Muchos heridos. Algunos muertos. Algunos capturados... y no rescatados a tiempo.
Ara lloraba mientras curaba a una mujer mayor, con las costillas fracturadas, pero simplemente sano solo un cuerpo ya sin alma. Lume la lamía con dulzura. Kael ayudaba a cargar escombros. Thoren se apoyaba en Valgor, mirando el desastre, con la sangre en las manos.
—No era un simple ataque —dijo Kael entre dientes.
—Nos estaban esperando… —dijo Thoren, con voz grave.
Ara se levantó, secándose las lágrimas.
—¿Y cuántos más van a morir… antes de que lleguemos a esa ciudadela?
Kael se giró hacia ella. Su mirada era hielo puro.
—Los que sean necesarios.
Sin previo aviso una fuerte explosión hizo colapsar un edificio completo, levantando polvo inmediatamente que cubrió a todos. Varios gritos por un instante se volvieron gargantas secas que los obligaron a toser sin control.
Un último recordatorio de lo que acababa de pasar.