El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Entre Sombras y Recuerdos #3
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Entre Sombras y Recuerdos #3

Algunas caminaban como si cada paso doliera. Otras arrastraban una pierna, o tenían vendas sucias que apenas cubrían quemaduras o mutaciones. Muchos no tenían ojos. Otros, demasiados dientes. Algunos reían en voz baja, como si una broma antigua los consumiera. Otros lloraban. O rogaban a nadie.

Se acercaban lentamente. No con violencia, sino con una extraña desesperación.

Kael alzó una mano, en señal de calma. —No venimos a hacer daño. Lo juramos. Solo… —¡Fuera! —gritó uno, su voz ronca y desfigurada. —¡No los queremos aquí! —ruguio otro—. ¡No deben estar aquí! ¡Ellos no quieren que estén aquí!

El caos fue creciendo como un mar turbio. Las palabras se apilaban, chocaban entre sí. Maldiciones. Llantos. Advertencias sin sentido.

Thoren retrocedió un paso y puso una mano frente a Ara. —Están mal… muy mal. Esto no es normal.

Ara, sin embargo, no parecía asustada. Confundida, sí. Pero algo en su interior resonaba con la frecuencia de aquel lugar. —Miko me reconoció —susurró. —¿Qué? —Lo sentí. Cuando me vio. Como si supiera algo de mí… No con palabras. Fue algo más… más antiguo.

Kael miró al niño con más atención. Y lo notó. La luz que apenas lograba entrar entre los escombros oscilaba sobre su rostro. Pero su sombra… no coincidía del todo.

De pronto, una mujer emergió de entre la multitud.

No caminó. No corrió. Simplemente apareció, como si la piedra la hubiese vomitado.

Era alta, huesuda, vestida con harapos ceremoniales que alguna vez fueron hermosos.

Su rostro estaba marcado con cicatrices que formaban símbolos, y sus ojos estaban vacíos…

pero no ciegos. Llevaba consigo un silencio que hizo callar a todos.

Solo los pasos de Lume, que se acercó al grupo, acompañaban el momento. Su luz verde brilló con fuerza al ver a la mujer. Después… bajó la intensidad.

La mujer no miró a Kael, ni a Thoren. Solo a Ara.

Y entonces dijo, con voz de piedra antigua:

—¿Entonces tú eres… la que salvó a mi hijo?

El aire se congeló.

Ara, paralizada, solo pudo balbucear: —¿Qué…?

La mujer no repitió la pregunta. Solo dio un paso más. Su aliento olía a tierra cerrada, a sangre seca, a flores muertas.

—He esperado mucho —continuó—. He visto muchas caer. Y aún así, él me habló de ti. Aunque aún no recuerda tu nombre. —¿Quién? —preguntó Kael.

La mujer no respondió. Solo levantó una mano. El niño, Miko, se acercó a ella con obediencia automática. Y entonces le sonrió, por primera vez desde que lo encontraron.

—Tú… no deberías estar aquí —dijo la mujer finalmente. No como amenaza. Sino como… un hecho inevitable.

Nuevamente hablo.

—Ella no debería estar aquí… —murmuró la mujer, con la voz quebrada, mirando a Ara con un temor extraño, como si su sola presencia pudiera traer una desgracia.

Kael y Thoren intercambiaron una mirada rápida. El primero dio un paso al frente, con firmeza, aunque su tono se mantuvo respetuoso.

—Necesitamos respuestas. Nada más. Después nos iremos, se lo prometemos.

La mujer sostuvo su mirada un instante, con desconfianza. Miko, aún abrazado a su madre por la cintura, levantó el rostro al oír aquellas palabras. Sus ojos, humedecidos y temblorosos, se posaron en Ara. Por un instante pareció que su mente hacía conexión.

—Yo… yo la recuerdo —susurró con voz baja—. Ella estaba…

—¡Miko! —interrumpió la madre, apretándolo contra sí, casi con desesperación—. No digas más.

—Solo respuestas —repitió Thoren, ahora con voz más suave, más cercana—. Es todo lo que pedimos. Si hay algo que no deba saberse, no lo diremos. Pero… por favor. Ayúdenos. Esto… esto podría salvarnos. Tal vez salvarla a ella —miró a Ara, que apenas se mantenía erguida.

La mujer cerró los ojos por un momento. Se notaba su resistencia, el resentimiento que llevaba a cuestas. Pero también el cansancio, la duda, y algo más: un atisbo de compasión.

—Está bien —dijo finalmente con pesadez—. Pero si quieren respuestas, deberán ver a alguien más. Alguien que podría… saber algo.

—¿Quién? —preguntó Kael, tenso.

Ella no respondió. Solo dio media vuelta y comenzó a caminar entre las chozas del asentamiento.

—Síganme.

Miko se aferró a su madre con ternura y miedo. Caminaban pegados, como si el niño temiera que en cualquier momento pudiera perderla. Los tres jóvenes avanzaron detrás, atentos, sin intercambiar palabras. Lume caminaba junto a Ara, su luz tenue palpitando con serenidad.

A los lados, los habitantes del lugar no ocultaban su incomodidad. Algunos susurraban entre dientes; otros fruncían el ceño o directamente giraban la cabeza con desprecio. Había miedo, sí, pero también enojo, desconfianza, heridas del pasado que no cicatrizaban.

Antes de salir del claro principal, la madre de Miko giró ligeramente el rostro, sin dejar de caminar, miro a los titanes colosales. Samvarg y Valgor comenzaron a seguirlos en la retaguardia, silenciosos, vigilantes

—Oculten a sus titanes —ordenó sin rodeos—. Si alguien más los ve… serán un blanco. No todos aquí son tan pacíficos como creen.

Kael y Thoren asintieron.

—Que se oculten en aquella fabrica— dijo la madre de Miko, señalando un fabrica destruida que se lograba ver a la distancia. En un instante, Samvarg y Valgor aceptaron y se dirigieron hacia aquella fabrica, no sin antes cruzar miradas con sus jinetes, todos compartieron el mismo pensamiento.

“Estaremos vigilándolos”

Lume, en cambio, se agachó junto a Ara, con su figura de madera y enredaderas agazapada y contenida, lo más discreta posible.

Sin decir más, la mujer se internó por un sendero angosto entre árboles muertos y construcciones incompletas, guiándolos hacia un destino desconocido.

Pero cada paso que daban… parecía conducirlos más profundo en los secretos de un pasado enterrado.