El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Entre Sombras y Recuerdos #2
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Entre Sombras y Recuerdos #2

Justo cuando Kael termina de compartir ese último recuerdo, su voz se apaga como si no quisiera romper algo sagrado.

Los tres caminan en silencio por unos metros más.

Una brisa densa se alza, distinta. No hay canto de aves.

No hay insectos. Ni siquiera el sonido del viento.

Solo el crujir apagado de sus pasos sobre un suelo ennegrecido, casi muerto.

Ara se detiene.

Sus ojos, que hace segundos brillaban con calidez, ahora se enturbian por un escalofrío que le recorre la espalda. Lume también se frena, inquieto. Sus orejas se mueven, pero no detectan nada. O tal vez detectan demasiado.

Thoren, a su lado, se queda inmóvil. La mirada fija hacia adelante.

Kael da tres pasos más… y también se detiene.

Delante de ellos se alza la ciudad olvidada: una silueta que se funde con la oscuridad del cielo, como si el mundo mismo se hubiera tragado esa parte del mapa.

Torres caídas. Cúpulas rotas. Restos de metal y piedra corroídos por siglos de abandono y silencio.

Es como si la ciudad misma los hubiera estado esperando, conteniendo el aliento.

Algo en el aire pesa. Huele a óxido… y a memoria.

—Ya no huele a vida —murmura Ara, sin saber por qué ha dicho esas palabras.

Ninguno responde.

Un cuervo solitario cruza el cielo, graznando como un presagio.

En ese momento, las risas, las confesiones y las miradas cómplices quedan atrás. Como si el mundo se hubiera dividido en dos: el de hace un minuto… y el de ahora.

Donde van a entrar, no solo los va a poner a prueba. Puede que no todos salgan.

La ciudad olvidada no está muerta... está vigilando

El paso de los titanes resonaba en la piedra resquebrajada del viejo asfalto. Entraron por la gran avenida principal, flanqueada por esqueletos de edificios cubiertos de enredaderas secas y metal oxidado. La niebla lo envolvía todo como si el aire mismo estuviera dormido… o conteniendo el aliento.

Lume iba un poco al frente de todos, como un escudo, cuya silueta se fundía con las sombras y raíces esparcidas.

La luz que emanaba del pecho del titán palpitaba tenuemente, como si presintiera el latido de algo oculto.

Atrás de los tres Samvarg. Sus ojos gélidos escaneaban los edificios con desconfianza.

Valgor al final, el bisonte de piedra, cuyos pasos lentos hacían temblar el suelo bajo su peso.

Nadie decía una palabra.

El silencio se hizo aún más profundo. El crujido de sus botas sobre la gravilla oxidada era como un martillo en el pecho.

Y entonces... comenzaron los susurros.

Primero apenas audibles, como un zumbido entre las tuberías que serpenteaban por los muros.

—¿Lo escucharon? —preguntó Ara en voz baja.

—No... —murmuró Kael, pero su ceño fruncido decía lo contrario.

Luego, el sonido de una puerta golpeándose sola. Sin viento.

—Eso fue real —gruñó Thoren.

Otro ruido. Un eco metálico. Como un rasguño largo, como uñas sobre acero. Después, una carcajada infantil, ahogada, que vino de ninguna parte. Y al instante, una voz aguda, cantando una canción de cuna… sin letra. Sollozante. Como si un niño la tarareara con miedo.

—¿Hay niños aquí?—susurró Ara, deteniéndose en seco.

Todos la habían oído.

En una de las paredes cercanas, había una mancha de sangre seca. Oscura. Pero demasiado reciente. Goteaba. Cuando Thoren extendió la mano, la sangre ya se había evaporado.

Las sombras también comenzaron a jugar con sus sentidos.

Pasaban rápido, entre callejones. Algunas eran humanas.

Otras… no tanto. Una tenía piernas alargadas y parecía reptar por la pared vertical, siguiendo el ritmo de su andar.

Otra se quedó quieta en un umbral, mirándolos fijamente con dos ojos brillantes, pero cuando se giraron, no había nada.

—No estamos solos —dijo Kael, con el puño comenzando a cubrirlo de hielo.

Los titanes también lo sentían. Samvarg gruñía muy bajo, cada paso más cuidadoso. Valgor detuvo su marcha por un segundo. Lume brilló apenas más fuerte.

De pronto y sin previo aviso.

Una piedra cayó desde lo alto de un edificio y se estrelló cerca. Luego otra. Y otra. Una lluvia sutil de escombros comenzó, seguida por el primer ataque.

Un objeto voló directo a Kael. Lo bloqueó con un muro de hielo. Un segundo proyectil, esta vez una lámpara oxidada, se estrelló contra la espalda de Thoren. No les hacían daño real… pero estaban dirigidos con precisión.

Después, más cosas: alambres enredados como serpientes, tubos de metal, cadenas, piedras, incluso partes de muñecos y juguetes. Todo el entorno parecía arremeter contra ellos… pero sin intención de matar.

—¡Nos están advirtiendo! —gritó Thoren, defendiéndose con un escudo de tierra.

Kael lanzó un puño de hielo a una sombra, pero esta se desvaneció como humo. Ara intentó invocar raíces, pero estas se marchitaban al tocar el concreto.

Los titanes rugieron, dispuestos a entrar en combate.

—¡Alto! —gritó Kael— ¡No estamos aquí para pelear!

—¡No venimos a hacer daño! —gritó Ara, alzando ambas manos.

—¡Queremos ayudar! —añadió Thoren.

Y entonces, sin más… todo cesó.

Los proyectiles dejaron de caer como si alguien hubiera soltado un hilo invisible. Las sombras se ocultaron. Las tuberías dejaron de cantar. El silencio volvió, pero no el mismo de antes. Este era expectante. Observador.

De alguno de los edificios se escuchó el grito de un hombre de edad media.

-¡LARGO!- su voz se noto con miedo y odio a la vez.

-¡No los queremos aquí! - vocifero otro, desde algún punto inexacto de las ruinas.

Nuevamente reino el silencio absoluto.

De pronto, algo se movió al fondo de una calle lateral. Una silueta pequeña corriendo. Un niño.

—¡Lo viste! —gritó Thoren.

—¡Sí! ¡Allá! —dijo Kael.

Corrieron tras la figura. La siguieron entre calles angostas, escaleras oxidadas, y grafitis antiguos.

La figura se escabullía como si conociera cada rincón.

Ingresando a edificios donde Samvarg y Valgor no podían entrar, solo los siguió Lume.

Finalmente, lo encontraron, agazapado detrás de una máquina rota, temblando.

Un niño. Desnutrido, sucio, con ropa hecha jirones. Pero vivo.

Se acercaron con total cautela.

—Hola… —dijo Ara, con voz suave—. No vamos a lastimarte.

—¿Estás solo? —preguntó Kael, agachándose.

El niño los miró, con ojos enormes y cansados. Luego se abrazó las piernas, con el cuerpo tenso como una cuerda. Lume bajo un poco su luz para no asustarlo.

Thoren se acercó lentamente, arrodillándose.

—¿Cuál es tu nombre?

El niño alzó la vista, y sus labios temblaron.

—Mi… mi nombre es Miko.

A Thoren se le congeló el rostro. Sintió un puñal invisible en el pecho. Su hermana. El nombre de su hermana resonó como un eco ancestral.

Kael notó su reacción, pero no dijo nada.

—Estás a salvo ahora, Miko —dijo Thoren con ternura, como si hablara con un recuerdo—. Nadie te va a lastimar.

El niño lo miró… y por un segundo, pareció reconocerlo.

—¿Tú… tú también escapaste? —preguntó Miko con voz quebrada.

—¿Escapar de qué? —dijo Kael.

Miko no respondió. En su lugar, miró a Ara. Sus ojos se abrieron lentamente. No con miedo, sino con una confusión profunda… y algo parecido a esperanza.

—Tú… —susurró, se levantó lentamente de su escondite y comenzó ha acercarse hacia ella.

Ara retrocedió un paso.

—Te… te quitaron el brillo. Pero yo… yo me acuerdo de ti. Corrías conmigo. En los pasillos. Antes de que los otros se apagaran…

Ara se quedó en silencio. Sintió algo en el pecho. Una imagen fugaz. Un pasillo blanco. Luz fluorescente. Risas… apagadas. Pero no podía recordar más.

—¿Nos conocimos antes, Miko? —preguntó ella, con un hilo de voz.

El niño no respondió. Solo se agazapó otra vez y abrazó sus piernas.

—No vayan al centro… —dijo, de repente—. Ahí fue donde gritaron por última vez.

La frase cayó como una piedra al abismo.

Kael y Thoren se miraron. Algo muy oscuro estaba en el corazón de esa ciudad.

Y la ciudad… escuchaba.

La luz tenue del pelaje de Samvarg por causa del sol, apenas alcanzaba para delinear los cuerpos de los Titanes entre los edificios grises, que aguardaban al borde de la entrada como bestias guardianas.

Samvarg rascó el suelo con una de sus garras gigantescas, emitiendo un gruñido grave y casi mudo que resonó como un eco subterráneo en la mente de Kael.

—“¿Estás bien? “—le preguntó—. “Siento algo... moviéndose ahí dentro.” Kael respondió mentalmente, con serenidad forzada.

—Estamos bien. Solo... atentos. Valgor permanecía en silencio, pero Thoren supo que estaba en guardia.

Cuando su bisonte callaba, significaba que el terreno no le gustaba.

El aire era espeso. Pálido. Como si los propios muros estuvieran exhalando un pasado nunca dicho.

El niño, que seguía encogido junto a una columna derruida, apenas respondía a los intentos de Ara por calmarlo.

Su cuerpecito temblaba no del frío, sino de algo más profundo.

Algo que parecía haber horadado su alma desde dentro.

—Miko —murmuró Thoren, de pie cerca de Kael, observando al niño con un nudo en la garganta. —Lo se —susurró Kael. —Esto parece una broma de mal gusto...—No dijo más. No podía.

Ara se agachó con cuidado frente al niño, intentando no parecer una amenaza. —No tienes que tener miedo. Nadie va a lastimarte… Queremos ayudarte. ¿Sabes dónde están tus padres? ¿Qué es este lugar? ¿Sabes quién soy yo?

El niño apenas alzó la vista. Sus ojos, húmedos pero vacíos, se clavaron en ella como si intentaran recordar. Pero no dijo nada.

Y entonces… las sombras se movieron.

Primero fue un roce leve, como ramas arrastrándose por piedra. Luego, pies descalzos. Manos huesudas que asomaban entre las ruinas. Cuerpos demacrados, saliendo de entre las columnas, los pasillos colapsados, y los huecos de antiguos ventanales.

Personas. No muchas. No ruidosas. Pero sí… rotas.