El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Entre Sombras y Recuerdos
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Entre Sombras y Recuerdos

El sol apenas lograba asomarse por entre las nubes grises del cielo envenenado.

Las montañas partidas y los árboles calcinados proyectaban siluetas retorcidas sobre la tierra marchita.

El silencio reinaba, salvo por el crujir de sus pasos en el barro seco y la respiración profunda de los titanes que los escoltaban.

Ara dormía encorvada sobre el lomo de Lume, su respiración pausada contrastando con el vaivén firme del animal. La luz que emitía su compañero titánico subía y bajaba con calma, como si velara por su descanso. Aún no se recuperaba del todo.

Kael caminaba en medio, con la mirada fija en el horizonte.

A su lado, Thoren iba más callado de lo habitual, sus pensamientos pensando demasiadas cosas.

Samvarg y Valgor los seguían a distancia, sus pasos pesados resonando con una gravedad ancestral.

Aunque no hablaban, su sola presencia era como una promesa de protección, de firmeza.

Pasaron unos minutos antes de que Thoren hablara.

—¿Crees… que lograremos cumplirlo? —su voz no sonó como una pregunta, sino como una duda arrancada del alma—. Lo que prometimos. Lo que nuestras tribus esperaban de nosotros.

Kael no respondió de inmediato. Sus ojos se cerraron apenas un segundo, y cuando los abrió, sus pupilas reflejaban más cansancio del que admitía.

—No lo sé. Antes creía que sí. Que solo hacía falta valor... y fuerza. Pero cada día siento que nos alejamos de todo lo que éramos. Como si ya no tuviéramos un lugar al que volver.

Thoren bajó la mirada. El suelo parecía tragarse sus pasos.

—¿Y si solo estamos caminando hacia nuestra tumba?

El viento sopló en ese instante, moviendo las hojas secas a su alrededor como si el mundo murmurara una respuesta. Valgor resopló fuerte, haciendo vibrar la tierra con su gruñido rocoso. Thoren giró levemente la cabeza, recibiendo un mensaje silencioso en su mente.

“No están solos.”

Samvarg caminó más cerca, sus ojos glaciares conectando con los de Kael. Fue solo un instante, pero en su mente escuchó claramente:

“Has caído antes. Y te has levantado.”

Kael asintió apenas, y esbozó una sonrisa rota.

—A veces creo que son ellos los que nos llevan… no al revés.

Thoren rio, una risa corta pero sincera.

—Siempre ha sido así.

La pesadez se aflojó en el aire por un momento. El gris dejó pasar un hilo de luz.

—¿Recuerdas cuando éramos niños? —dijo Thoren, cambiando el tono a uno más nostálgico—. Cuando no teníamos titanes ni responsabilidades... cuando podíamos escoger solo nieve, gritos y moretones.

Kael rio entre dientes.

—Y tú robabas bayas y decías que me las había comido yo.

—¡Porque lo hacías! ¡Pero yo me llevaba los castigos contigo, así que era justo!

Rieron. Los ecos de su infancia parecían más vivos que la tierra por la que caminaban.

—Y qué tal Seryn, ¿eh? —añadió Thoren, con un brillo travieso en la voz.

Kael frunció el ceño.

—¿Seryn?

—¡Sí! Tu adorada compañera de entrenamiento. No me digas que ya la olvidaste.

—Claro que no la olvidé. Solo… éramos buenos compañeros.

—¡Ja! ¡Compañeros mis botas! Se notaba que se gustaban. Siempre te ofrecías a curarle las heridas después del combate, aunque te dejaras morir si alguien más lo intentaba contigo.

Kael resopló, cruzándose de brazos.

—Tonterías.

—Vamos, Kael. Si te sonrojabas hasta con verla hacer estiramientos.

—Eso fue una vez…

—¡Entonces lo admites!

Kael se rindió con una sonrisa resignada.

—Tal vez… sí. Me agradaba. No sé si era correspondido, nunca lo pregunté. Nunca quise romper lo que teníamos.

Thoren le dio un leve empujón con el hombro.

—Entonces sobrevive a todo esto. Si salimos vivos… pregúntaselo.

Ambos se quedaron en silencio, con una media sonrisa compartida.

Un leve movimiento detrás de ellos hizo que se giraran.

Ara abría lentamente los ojos, su mejilla aún marcada por el borde del cuello del ciervo. Se acomodó con suavidad, sin bajarse.

—¿Siempre son así de ruidosos? —preguntó con voz ronca pero tranquila.

Kael se sonrojó. Thoren hizo una reverencia exagerada.

—Solo cuando revivimos amores prohibidos.

Ara sonrió, leve, casi imperceptible… pero verdadera.

El aire matinal aún conservaba algo del frío nocturno, pero la tensión cálida entre ellos empezaba a sentirse más intensa que el sol entre las ramas.

—Entonces, Kael… —dijo Ara con una sonrisa traviesa, girándose hacia él mientras cabalgaba— ¿Cómo era ella?

Kael parpadeó, alertado.

—¿Quién? —preguntó, como si el nombre se le hubiera borrado del alma.

—No te hagas el distraído —intervino Thoren, ampliando la sonrisa—. La chica. Tu “compañera de entrenamiento”.

—No era eso —murmuró Kael, bajando la mirada como si observar el suelo fuera más fácil que enfrentarles.

—¿Ah, no? —Ara se dispuso a bajar con gracia del lomo del ciervo. Este, casi con ceremonia, se inclinó para facilitarle la bajada.

Antes de que sus pies tocaran el suelo, Thoren se adelantó de golpe y le ofreció la mano. No lo hacía normalmente. Ni con ella ni con nadie. Ara lo notó de inmediato.

—¿Desde cuándo tan caballeroso? —preguntó, medio divertida.

—Acabas de despertar. Podrías estar... somnolienta —dijo Thoren, soltando una excusa tan mala que hasta el ciervo detrás de ella pareció bufar con desdén.

Ara lo miró en silencio por un momento. Una chispa brilló en sus ojos. No necesitó decir nada. Ambos sabían que no se trataba del sueño. Le sostuvo la mirada. Le devolvió aquella complicidad de la noche anterior, cuando el fuego de la fogata no fue solo madera ardiendo.

Pero entonces, Kael carraspeó.

—Vaya, vaya… —comentó con tono teatral—. Mira tú. Y yo creyendo que esto era una misión de búsqueda, no una luna de miel.

Thoren se tensó de inmediato y le soltó la mano a Ara con algo más de fuerza de la necesaria. Ella bajó la mirada, pero no con vergüenza: con una sonrisa suave, mientras se acomodaba un mechón detrás de la oreja. Siempre hacía eso cuando algo sincero nacía en su pecho, aunque no supiera nombrarlo.

—No hay nada —soltó Thoren, con torpeza, mirando hacia otro lado.

Kael no se detuvo ahí. Dio un paso hacia ellos.

—¿Nada? No estoy tan ciego, Thoren. Anoche en la fogata... ¿desde cuándo hay flores nocturnas en medio de una tierra muerta? ¿Desde cuándo el suelo tiembla de esa forma por simple calor? Vi claramente un hermoso oasis ahí.

—Estás viendo cosas —murmuró Thoren, más incómodo ahora.

—Quizás —Kael alzó los hombros—. Pero si eso no es “nada”, entonces lo mío sí fue algo.

Ara alzó una ceja, con una sonrisa afilada.

—Bonita forma de desviar el tema —dijo, como quien lanza una daga cubierta de terciopelo—. ¿Qué pasó entre tú y ella?

Thoren no tardó en unirse al ataque.

—Sí, cuéntanos, Kael. Recuerdo cuando decías que ella caminaba como si hablara con el viento… y esa vez que te rompiste la ceja porque te quedaste viéndola entrenar en vez de esquivar mi golpe.

Kael le lanzó una piedra de hielo que creo sin que nadie lo notara, que pasó a un dedo de su cabeza.

—¡Traidor!

Thoren rio, mientras Ara miraba entre ellos como si estuviera abriendo las páginas de un libro prohibido.

—¿También es cierto que una vez soñaste con ella y murmuraste su nombre dormido?

—¡Thoren! —exclamó Kael, rojo como las brasas de un fuego recién encendido.

—Estábamos en la misma tienda. No fue mi culpa oírlo. Solo que luego lo repetiste dos veces… suspirando.

Ara se cubrió la boca para no soltar una carcajada.

Kael alzó las manos, rendido.

—Está bien… está bien.

Se sentó en una roca, cruzó los brazos, y por un momento se volvió más serio. Su voz bajó, volviéndose más suave. No triste, pero sí cargada de algo que aún se mantenía vivo.

—Ella… era luz en un mundo que aún no sabía que estaba en ruinas. Y no me refiero al sol o al fuego… Era otra cosa. Como si me mirara y el dolor se quedara sin excusa. Como si bastara estar con ella para que todo doliera un poco menos. Nunca necesitábamos decir mucho. Bastaba que estuviera cerca.

Continuo.

—No sé cómo empezó. Tal vez cuando me rompió la nariz sin querer.

O cuando me ayudó a curarla después. No era como las demás.

Siempre iba un paso más allá. Me decía cosas como…

“si dejas de pelear por un segundo, escucharás cómo late el mundo”.

Al principio me molestaba. Luego… me encontré esperándola antes de cada entrenamiento.

El silencio se instaló. Thoren ya no bromeaba. Ara tampoco.

—Una vez me regaló una piedra —dice Kael, acariciando algo invisible entre los dedos—. No tenía valor alguno. Ni siquiera era bonita. Pero dijo que había estado bajo un árbol donde ambos habíamos peleado, que la piedra “recordaba” lo que nosotros no podíamos decir.

—¿Y aún la tienes? —pregunta Ara, en voz baja.

Kael asiente.

—Sí. Siempre.

Por un momento, los tres permanecen callados. Solo se escucha el viento, moviendo suavemente las ramas secas.

Thoren se aclara la garganta, incómodo.

—Bueno… eso fue... inesperadamente profundo.

—Gracias —dice Kael, secándose una lágrima invisible—. Y ahora, si me disculpan… me voy a enterrar vivo.

Los tres sueltan la carcajada al mismo tiempo, y la tensión desaparece como niebla bajo el sol.

Ara caminó hasta donde estaban. Lume la siguió, su luz palpitando con suavidad.

—No crecí con ustedes. No fui parte de esas primeras batallas, ni de esos juegos con heridas y castigos compartidos. No me río cuando nombran cosas que deberían doler… solo los escucho como si me contaran una historia ajena.

Kael bajó la mirada.

—Pero estás aquí ahora.

—Y eso vale —añadió Thoren.

—¿Y si solo estoy de paso? ¿Y si soy un error? —preguntó Ara, más para sí que para ellos.

—Entonces este error nos salvó —dijo Kael—. Y por eso, lo defenderemos hasta el final.

Ara lo miró. Luego a Thoren. Sus dedos rozaron el pelaje del ciervo. La criatura vibró con un leve resplandor, como si confirmara cada palabra.

Pero aunque sonríen… cada uno lleva en el pecho algo que no dijeron del todo.