El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Cáscaras del Pasado
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Cáscaras del Pasado

La cápsula sobresalía de la montaña como un hueso expuesto tras una herida antigua. Thoren y Ara se quedaron de pie frente a ella durante un largo rato, sin decir nada. Era distinta a la de Ara. Más vieja. Más herida. Más… triste.

—Es una cápsula —murmuró Ara, casi sin aire.

Thoren asintió.

—Sí. Como la tuya… pero distinta. Más rústica. Más... rota.

Ara dio un paso adelante. Su rostro se tensó.

—Hazlo con cuidado —le dijo a Thoren. Su tono fue bajo, casi maternal, pero tenso.

Thoren asintió de nuevo y posó ambas manos sobre la tierra. Un leve temblor se sintió bajo sus pies. Las raíces de piedra se extendieron hacia la cápsula y la rodearon como dedos pacientes, liberándola del abrazo de la montaña.

Fue bajándola lentamente. La giró con cuidado, hasta dejar visible su lado derecho. Un suspiro se escapó de los labios de ambos al ver la compuerta: abierta, incompleta, arrancada con violencia. Vacía.

Un silencio denso cayó entre ellos.

Ara bajó la cabeza. La decepción se le notaba en los hombros. Thoren cerró los ojos un momento, mordiéndose el labio. No dijo nada.

Comenzaron a inspeccionarla. Cada centímetro. Los bordes de metal estaban corroídos, deformados por impactos, manchados con lo que parecía polvo antiguo y algo más… como quemaduras de energía. No había señales de vida ni rastros evidentes de tecnología útil. Solo una cápsula agonizante.

—No tiene sistemas activos —murmuró Thoren, frustrado—. Ni siquiera sensores. Esto es más... sarcófago que nave.

—La mía estaba igual —dijo Ara—. Esta… ni siquiera tiene un alma.

Pasaron minutos escudriñándola. En un costado, parcialmente borrado, hallaron algo.

Una serie de números: D34-09-711, y al final, apenas visible: L.ra

Ambos lo dijeron al mismo tiempo:

—L.ra…

Ara retrocedió. Una mezcla de emociones cruzó su rostro: confusión, ira, tristeza. Pero no dijo nada.

Thoren miró a Valgor, quien había observado en silencio desde su sitio. La montaña viviente asintio, como señalando la cápsula. Thoren mostro solo una mueca torcida de decepción.

Entonces se oyeron pasos. Kael y Samvarg aparecieron entre los árboles, alertados por el cambio en el paisaje. El claro ahora parecía un oasis: flores y pasto habían brotado por la emoción de Ara y Thoren antes. Kael lo notó de inmediato. También notó la tensión. Algo se había roto.

—¿Qué pasó? —preguntó, acercándose.

Thoren señaló la cápsula.

—Otra. Vacía. Rota. Más antigua.

Kael se acercó, examinando los daños.

—¿Y ese nombre? —preguntó—. ¿Tiene relación contigo?

Ara seguía en silencio, de rodillas al lado de la cápsula. Miraba la nada. Kael intentó conectar puntos con Thoren.

—Quizá esta falló en su viaje. Tal vez no llegó donde debía. ¿Y si hay registros ocultos? ¿Algo que podamos rescatar?

Thoren se encogió de hombros.

—Está muerta. Ni siquiera responde al tacto energético. Es como si nunca hubiera estado viva.

De pronto, Ara se rio. Una risa que no habían escuchado antes. Aguda. Inquietante. Casi como una carcajada burlona de niña.

Los dos la miraron, desconcertados. La risa subió de tono, hasta que incluso Valgor alzó la cabeza y Samvarg dio un paso hacia adelante, preocupado. Lume, cerca de ellos también cambio su brillo, su presencia calmada pero tensa, los ojos brillando en la penumbra.

Ara por fin habló, entre risas, con voz entrecortada:

—¡Claro! Por supuesto que no sería tan fácil. ¿Qué pensaba? ¿Que abriría una cápsula y ahí estarían todas las respuestas, envueltas como un regalo?

Se volvió hacia ellos. Los ojos húmedos, pero no de tristeza. De algo más caótico. De resignación mezclada con ironía.

—Es perfecto, ¿no creen? Una cápsula más vieja que la mía.

Vacía. Sin mensaje. Sin destino. Solo un chiste más de este universo defectuoso.

Las respuestas me esperan adelante, claro.

Siempre adelante. —Se levantó, sacudiéndose las piernas—.

Porque, como todos saben, no tengo inicio.

No tengo fin. Solo soy una caminante sin camino.

Kael intentó acercarse.

—Ara, incluso si está dañada, puede tener algo útil. Un núcleo, un registro oculto… no todo está perdido.

Ara lo miró. Y esa mirada lo atravesó como cuchilla helada.

—Kael. Aún no lo entiendes, ¿verdad?

Su voz ya no tenía risa. Era seca. Directa. Dolida.

—No hay respuestas para mí. Solo preguntas disfrazadas de esperanza. Cada paso que doy no me lleva a ninguna parte. ¿Sabes qué es más aterrador que no tener memoria? Tenerla… y que no signifique nada.

Kael no supo qué decir. Bajó la mirada.

Thoren ni siquiera lo intentó. Sólo observó. Y cuando Ara volteo a ver a Thoren le dijo:

—Encárgate. Por favor.

La súplica en su tono no era súplica. Era una orden disfrazada de gentileza. Una petición hecha por alguien que ya no espera ser escuchado, sino obedecido.

Thoren solo puso una mano sobre el suelo. No dijo nada. Un impulso sacudió la tierra. La cápsula tembló, se levantó bruscamente del suelo como si una fuerza invisible la escupiera del planeta. Fue proyectada hacia el bosque, lejos, hasta que desapareció entre los árboles.

Hubo un largo silencio.

Thoren intentó aliviarlo.

—Bueno… al menos no tendremos que cargar con eso mañana.

Pero nadie se rio.

Lume caminó hacia Ara, se acercó a ella lentamente. Su presencia la hizo cerrar los ojos. Ara posó una mano sobre su lomo y respiró hondo. A través de él, sentía la calma que no encontraba en sí misma. Y el ciervo, al sentir su tristeza, agachó la cabeza, como si él también la compartiera.

Valgor se sacudió pesadamente, recostando el cuerpo alrededor del campamento como un escudo viviente. Samvarg caminó en círculo, buscando una posición que le permitiera vigilar sin molestar. Nadie hablaba.

Ara fue la primera en romper el momento:

—Es hora de dormir.

Y nadie discutió.

Se acomodaron alrededor de la fogata. Cada uno en silencio. Cada uno con sus pensamientos. Pero esa noche, a diferencia de las anteriores, ninguno durmió del todo.

Porque algo cambió.

Porque ese día vieron que el pasado no da respuestas, solo cicatrices. Porque aprendieron que la verdad se esconde en la tierra, pero grita en el vacío. Porque por más que uno huya, el destino siempre tiene sentido del humor.

Y porque incluso el amor, la esperanza o la furia… a veces no son más que ecos perdidos de una cápsula vacía.