El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Ara y Thoren Raíces que Florecen
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Ara y Thoren Raíces que Florecen

La noche caía con delicadeza sobre el campamento. El crepitar de la fogata era el único lenguaje permitido. Lume se mantuvo al lado de Ara, sus ojos fijos en ella, como si intentara calmar un torrente que no podía ver.

Ara estaba sentada, los brazos rodeando sus piernas. Tenía la mirada perdida en el fuego. Había algo profundo y pesado en su silencio. No era tristeza… era duda. Un agujero invisible que ni el calor lograba llenar.

Thoren, del otro lado, la observaba en silencio.

Quería decirle algo. Algo simple. Algo que la tocara. Pero nada de lo que pensaba parecía suficiente.

Y entonces, la vio.

Una flor pequeña, aún en brote, que crecía a unos metros detrás de ella. Algo dentro de él lo supo: esa flor tenía que estar en sus manos.

Apoyó la palma contra la tierra. No la arrancó. Solo desvió el flujo de la tierra misma, como si moldeara arcilla cálida. La flor se movió, sin romper su raíz, hasta rozar los dedos de Ara con una ternura involuntaria.

Ella parpadeó. Salió del trance. Bajó la mirada.

Vio la flor. Sus dedos se cerraron levemente sobre ella.

Luego vio a Thoren.

Él solo la miraba. No decía nada. Pero sus ojos… eran sinceros. Tiernos.

Ella sonrió, tímida. Y sin quererlo, sin pensarlo… la flor floreció. En un estallido sereno. Luego otra. Y otra. El pasto brotó a su alrededor. El aire olía distinto. Dulce. Como si el mundo, por un instante, quisiera sentirse digno de ser habitado.

Y Thoren, sin quererlo también, reaccionó. La tierra a sus pies se elevó levemente. Formó curvas suaves. Pequeños montículos que sostenían otras flores. Rocas que giraron para reflejar mejor la luz del fuego. Incluso el suelo parecía más cómodo donde Ara pisaba.

Lume se puso en pie, sacudió la cabeza y dio un leve salto alegre, como si sintiera la misma euforia que ella. Como si compartieran un mismo corazón.

—¿Sabes? —dijo Thoren, finalmente—. El mundo está roto, sí. Pero tú… tú haces que todo lo que tocas parezca estar justo donde debe. Incluso la tierra se siente menos vacía cuando estás cerca.

Ara lo miró. Vulnerable.

—¿Dices que estoy destinada a llenar vacíos?

—Digo que… haces que incluso una flor solitaria quiera florecer más fuerte.

Ara tragó saliva. Abrió la boca. Lo iba a decir. Algo honesto. Algo grande.

—Thoren… esto puede sonar muy atrevido, pero… conocerte fue algo muy...

Se detuvo. Miraba detrás de él, confundida.

—¿Muy…?

—Muy opaco y oxidado.

Thoren parpadeó. Ara se corrigió, torpe.

—¡No tú! Digo… eso. —Señaló detrás de él.

Thoren se giró. Vio la cápsula. Incrustada. Vieja. Metálica. Rota.

—Ah. Bueno… supongo que eso explica por qué necesito cambiar este viejo abrigo. Muy oxidado. Muy yo.

Ara rio fuerte, se tapó la cara. Lume saltó a su lado, dando pequeños brincos.

—¡No era un cumplido para la cápsula!

—Estoy tratando de no tomarlo como un insulto, en realidad.

Ambos rieron. Pero el ambiente cambió.

La cápsula los observaba desde la montaña. Silenciosa. Testigo no invitado de una noche que parecía, por fin, viva.

Y entonces, el misterio volvió a caer sobre ellos.