Kael y Samvarg Ira de un Alma Rota
Se alejaron del campamento, sin rumbo claro, hasta que las montañas a sus espaldas parecieron bestias dormidas. Kael apretaba los puños. Caminaba como si huyera de algo. De sí mismo.
De pronto se detuvo y descargó un golpe contra una roca.
Una, dos veces. El eco fue seco, hueco. Pequeños cristales de escarcha brotaron con cada impacto, sin que él lo notara.
El aire se volvió más frío a su alrededor.
El pasto bajo sus pies comenzó a marchitarse, atrapado en una fina capa de escarcha.
Las ramas crujieron con una quietud antinatural.
Era como si la rabia helara todo lo que lo rodeaba.
—¡¿Por qué lo hicieron?! —rugió, de pronto, sin mirar a Samvarg—. ¡¿Por qué…?!
Su voz se quebró. Se giró. Los ojos enrojecidos. El pecho sacudido por un temblor involuntario.
—¿Cómo puede alguien mirar a este mundo… y elegir destruirlo? ¿Cómo pudieron lastimar a seres como ustedes? ¿Cómo alguien puede… mirar a los Titanes y no ver vida, belleza… verdad?
Samvarg lo observaba, impasible, sin juicio en la mirada. La escarcha le llegaba hasta las patas, pero no se movía. Su voz fue baja, como el retumbar de un trueno contenido.
“Porque no todos saben ver. Algunos ojos… solo entienden el fuego, o el oro. Otros… están ciegos por elección”
Kael cayó de rodillas. La escarcha se intensificó. Cristales blancos trepaban por su espalda, por su cabello. Un frío denso, opresivo, vibraba desde su interior.
—Los humanos no merecen ayuda. No merecen redención. ¡Somos un error! ¡Una maldición!
El lobo se acercó, lento, su pelaje brillando con tonos plateados bajo la luz moribunda. Puso su cabeza contra el pecho de Kael. El hielo retrocedió un poco. Solo un poco.
“Y sin embargo… aquí estás tú”
—¡Yo no soy como ellos! —gritó Kael, ahogado—. ¡No quiero serlo!
“Y por eso eres distinto” dijo Samvarg, sin moverse “Nosotros lo dimos todo. Y aunque fuimos traicionados… aún dimos más. Porque lo que nace de la tierra no guarda rencor. Guarda memoria. Sufrimos, sí. Pero aún creemos. Porque lo que nosotros damos… no se pudre como el amor humano. Lo nuestro es real”
Kael lo abrazó, colapsando, la escarcha partiendo desde su piel como cristales quebrándose.
—Te fallé. A ti. A todos. No puedo imaginar este mundo sin ti… sin ellos.
Samvarg cerró los ojos por un momento.
“Mira a tu alrededor” susurró entonces.
Kael alzó la vista. Por donde su furia había caminado, quedaba solo hielo, tierra muerta. Algunas hojas crujían bajo el peso de su rabia congelada.
“¿Lo ves?” dijo Samvarg “Con tu rabia… hiciste lo que juraste nunca hacer. Destruiste. Como humano. Y sin embargo… también puedes sanar. Solo si lo eliges”
Kael cerró los ojos. Respiró hondo.
La escarcha comenzó a derretirse. Poco a poco. Como si el bosque exhalara. Las flores escondidas comenzaron a respirar de nuevo. La temperatura subió. Las hojas se soltaron de su rigidez.
“Hay semillas buenas entre la ceniza” dijo Samvarg, mirándolo “Hay quienes nacen sin la maldición. Como tú. Como ellos”
Kael asintió. Lloró. Pero esta vez, no con culpa. Sino con una decisión férrea que nacía entre las grietas de su alma rota.