Una Noche Entre Raíces Rotas
La tarde se había asentado como una lápida sobre la ciudad abandonada.
Los edificios corroídos por el óxido y las raíces rotas parecían fantasmas de concreto que alguna vez sostuvieron a una civilización orgullosa.
Solo quedaban ruinas, susurros atrapados en el viento, y cicatrices vivientes que se arrastraban entre la chatarra de un mundo que había colapsado.
Ara, Kael y Thoren caminaban en silencio entre las calles amplias de aquella ciudad. A su alrededor, Lume se desplazaba con suavidad. La formación era compacta, cautelosa. Nadie hablaba.
Después de varios minutos, por fin llegaron, observaron que era pequeña cabaña de madera, medio oculta entre raíces elevadas y musgo viejo, parecía un suspiro abandonado del mundo anterior.
En medio de dos edificios que parecía que pronto colapsarían sobre esa cabaña y esta desaparecería sin dejar rastro.
Ara se detuvo primero. Su mirada se perdió en la estructura como si algo intentara despertarse en su memoria.
Lume se puso a su lado. Su luz bajo con un pulsó suave desde su cuello… atento.
La madre de Miko toco la puerta con suavidad.
Una puerta crujió. Alguien había salido.
Era una mujer de rostro endurecido por la tragedia y los años. El cabello gris le caía en nudos, y sus ojos estaban apagados, salvo por una chispa que nació al ver a Ara.
La observó sin decir palabra. Su boca se apretó. Su mano, temblorosa, se aferró al marco de la puerta.
—Tú… —murmuró apenas audible, pero no dio un paso más—. Así que... eras tú la que lo protegió.
Ara ladeó la cabeza, confundida.
—¿Lo protegí?
Kael y Thoren intercambiaron una mirada.
—No venimos a hacer daño —dijo Kael, levantando una mano con calma—. Solo vamos de paso.
La mujer bajó la mirada. Luego, habló con voz firme, quebrada por dentro pero resistente como corteza vieja:
—No están a salvo aquí. Nadie los quiere aquí. No después de lo que pasó por culpa de los suyos.
La madre de Miko hablo, como queriendo aprovechar la oportunidad.
—Mi hijo despertó llorando. Diciendo que el Titán de Fuego había vuelto. Que los cielos se partieron. Que fue... aplastado. Que sintió el crujido de su cuerpo. Y tú estabas ahí —señaló a Ara—. Dijo que una luz verde lo cubrió. Que no dolió… pero yo lo sentí. Yo sí lo sentí.
El silencio pesó como ceniza.
Ara dio un paso adelante.
—Lo salvé… ¿verdad?
—No sé qué hiciste —respondió la mujer con frialdad—. Pero sigue temblando por las noches. Se orina dormido. No habla más de lo necesario. Los árboles susurran nombres olvidados. Y yo... solo quiero proteger lo que me queda.
—Entendemos —dijo Kael suavemente—. De verdad. No buscamos quedarnos. Solo… buscamos respuestas. Especialmente para ella.
La anciana fijó su mirada de nuevo en Ara.
—¿Tú no recuerdas?
Ara negó con la cabeza.
—Desperté sola. Entre raíces. Dentro de una cápsula destruida. No sé quién soy.
La mujer apretó los dientes.
—¿Cápsula? Bueno, aquí nadie recuerda. Ni siquiera los nuestros. Es mejor así. Solo sobrevivimos. Bajo tierra, entre miedo y raíces muertas.
Miró hacia aquella ciudad, hacia donde el eco del pasado aún parecía gritar.
—Yo tampoco recuerdo mucho, aun así, intentare decir lo que se, aunque no les prometo nada.
Kael asintió con respeto. Thoren cruzó los brazos, sin bajar la guardia. Ara simplemente murmuró un “gracias”, sin saber si eso era suficiente.
La mujer chasqueó la lengua.
—No me agradezcas. Solo pueden quedarse esta noche. No más. Cuando amanezca, se van. No quiero a más titanes pisando nuestras raíces. Ya es bastante con que los árboles lloren por las noches.
Los jóvenes asintieron. Lume, por su parte, encendió su luz con más fuerza, como si marcara el camino.