El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Un nuevo día #2
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Un nuevo día #2

Samvarg gruñó bajo los pies de Kael. El lobo también lo había sentido.

Sin perder más tiempo, giraron todos hacia la fuente del ruido.

Ara alzó los brazos y la vegetación se abrió ante ellos, dejando un sendero ancho y seguro.

Avanzaron a toda velocidad, los titanes corriendo en sincronía, con una gracia salvaje y elegante que hacía que los árboles se estremecieran a su paso.

Llegaron a un claro. Desde la sombra de los árboles, vieron el espectáculo a la distancia.

Dos criaturas gigantescas, deformes y salvajes, de casi cuarenta metros de altura, con cuerpos cubiertos de escamas, pelaje desordenado y colmillos como lanzas, rodeaban a un titán más pequeño.

El titán, de apenas veinticinco metros, tenía una forma esbelta, parecida a un águila de roca, con alas maltrechas y el plumaje desgarrado.

Estaba atrapado, girando sobre sí mismo, intentando defenderse sin saber cómo escapar.

Los colosos depredadores se relamían. Uno de ellos emitió un rugido que sacudió el suelo.

—¡No podemos dejarlo! —exclamó Kael.

—¡Vamos! —ordenó Thoren.

Ara tragó saliva, su cuerpo temblaba.

—Yo… yo aun no sé pelear.

—Entonces protege. Eso es más que suficiente —le dijo Kael antes de lanzarse.

Los titanes corrieron hacia el campo de batalla. Kael extendió las manos y una barrera de hielo emergió en segundos, protegiendo al titán acosado. Al mismo tiempo, Valgor golpeó el suelo con una de sus patas, creando una onda sísmica que separó a los depredadores unos segundos.

Al llegar hasta ellos el enfrentamiento estalló.

Uno de los salvajes cargó contra Valgor. El titán de tierra lo recibió de frente, clavando su peso como una muralla, mientras Thoren usaba estacas de piedra para frenar sus patas.

Kael y Samvarg se lanzaron hacia el otro depredador. El lobo de hielo saltó, sus garras congelando el aire, y lo empujó hacia atrás. Kael lanzó cuchillas heladas que desviaban mordiscos, mientras Samvarg lo rodeaba con movimientos calculados.

—¡Ara, ayuda! —gritó Kael.

Ara temblorosa se dio cuenta que el entrenamiento no era lo mismo que el momento de la verdad, pero con esfuerzo levantó los brazos, y desde el suelo brotaron raíces gigantes que se enredaron en las patas de uno de los salvajes.

Lo detuvieron por un instante… pero con un alarido, el monstruo se liberó, rompiendo las enredaderas con brutalidad.

El ciervo de Ara no se movió. Observaba desde la distancia.

No era un guerrero. Era un guardián, solo defendería a Ara, pero ella no estaba en aparente peligro.

La batalla se intensificó. Golpes de roca, estallidos de escarcha, rugidos y zarpazos. El suelo temblaba. Las bestias eran poderosas, ágiles, y no mostraban señales de cansancio. Atacaban en pareja, con precisión. Era claro que querían alimentarse, y no se detendrían.

Pasaron minutos que parecían horas. Thoren y Kael se cubrían entre sí, retrocediendo por momentos, atacando en sincronía, los titanes rugiendo como si compartieran sus pensamientos. El titán pequeño se protegía tras la barrera de Kael, temblando, sin moverse.

Y entonces ocurrió.

Uno de los salvajes fingió retirarse, pero volvió con un salto descomunal. Cayó justo sobre Kael, los colmillos abiertos, listo para partirlo en dos.

Kael solo tuvo un segundo.

Extendió los brazos, invocando un muro de hielo denso…

pero uno de sus picos atravesó el pecho del salvaje con fuerza.

La criatura rugió, una mezcla de furia y sorpresa, y su sangre cayó como lluvia, cubriendo a Kael.

El cuerpo de la bestia lo aplastó parcialmente, y cayó con un estruendo que sacudió la tierra.

El grito de Ara rompió el cielo.

—¡Kael!

Todos se detuvieron.

El otro depredador, al ver a su compañero en el suelo, emitió un gruñido gutural… y huyó entre los árboles, perdiéndose en la espesura. Nadie lo siguió.

Ara bajó corriendo de su titán, descalza, sin pensarlo.

—¡Kael, Kael!

Thoren descendió con rapidez, Valgor se inclinó para facilitarle el salto.

El Latido Bajo la Sangre

—¡Kael! —gritó Ara por cuarta vez, su voz hecha filo y quebranto.

Las ramas se apartaban mientras ella corría, sus pasos desesperados desgarrando el silencio que el bosque había guardado tras el combate.

Su respiración era agitada, entrecortada, casi ahogada por el peso de un miedo tan vasto que no cabía en palabras.

Y allí, entre raíces partidas y sangre derramada, lo vio.

Kael.

Tendido bajo el cuerpo enorme de la bestia que lo había embestido. Su rostro estaba pálido, salpicado de tierra y sangre. El tiempo pareció congelarse alrededor de Ara. Su pecho se hundió. Aún no lloraba… pero sus ojos ardían.

—No… —susurró, un eco apenas audible entre los árboles—. No…

Thoren irrumpió tras ella, jadeante, con el rostro enrojecido por la carrera y los ojos abiertos como si no quisiera parpadear, por miedo a que al hacerlo Kael desapareciera.

—Kael… —su voz se quebró—. No. No, por favor…

Los titanes llegaron tras ellos. Samvarg, el lobo de hielo, se movía con una gracia serena, silenciosa. Su pelaje refulgía con un fulgor tenue, como si llevara la luna atrapada entre sus cristales. Valgor, el coloso de piedra y raíces, pisaba con una gravedad sagrada, cada paso una oración.

El ciervo se acercó majestuoso, etéreo, de una belleza dolorosa.

Se colocó junto a Ara, apenas rozándola con su costado. De su cuerpo emanaba un calor suave, envolvente. Su respiración la tocó, cálida, anclándola.

Ara parpadeó. Solo entonces notó que contenía el aliento.

—¿Aún…? —murmuró sin girarse.

Samvarg, con voz baja y profunda, como si hablara a través de los siglos, respondió:

“Sigue vivo. La chispa permanece. Muy débil… pero no se ha apagado del todo”

Con una delicadeza extraordinaria para su tamaño, Samvarg inclinó el hocico y con un leve movimiento, retiró el cuerpo del animal salvaje que había caído sobre Kael. Lo hizo con la reverencia de un guardián funerario. El cuerpo fue desplazado, revelando por fin a Kael completamente.

Estaba inconsciente. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo. Sangraba. Una herida profunda atravesaba su abdomen. Un fragmento de hielo, uno de los que él mismo había creado para defenderse, sobresalía de su costado. Había salvado a todos… y se había herido a sí mismo en el proceso.

Thoren se arrodilló, desesperado, tomando su mano.

—Kael… No, no te vayas. Quédate conmigo.

Ara se quedó congelada. El ciervo seguía a su lado, sereno. Entonces, ella inhaló. Cerró los ojos. La calidez del ciervo la rodeaba, sosteniéndola desde dentro. Sintió su propia sangre moverse como un río antiguo.

—Quiero intentar algo —dijo, en voz baja.

Nadie dijo nada.

—Kael —susurró, arrodillándose junto a él—. ¿Puedes oírme?

Él apenas asintió. Un gesto frágil, casi invisible.

—Voy a tocarte —dijo. Y cuando colocó sus manos sobre su piel, a ambos lados de la herida, fue como si algo dentro de ella despertara.

El ciervo inclinó su cabeza, tocando el hombro de Ara con la punta de su cornamenta. Al hacerlo, una energía ancestral se deslizó por su columna como un temblor de vida. Ella cerró los ojos con fuerza.

Y entonces pidió.

No con palabras, ni ruegos. Fue un acto de entrega. Una súplica muda que brotó desde el corazón mismo de su alma.

“No lo dejes ir.”

Sus manos se iluminaron. No era fuego, ni agua, ni luz del sol. Era algo más profundo: era vida en estado puro. Una danza de calor y ritmo, un pulso que acariciaba desde adentro. La herida comenzó a cerrarse. Las fibras rotas se tejieron con lentitud. La sangre se detuvo.

Kael exhaló. Su rostro se relajó.

—Gracias… —musitó.

Ara abrió los ojos y volteo a ver al ciervo.

—No fui solo yo… —dijo en un hilo de voz—. Fuiste tú también, ¿verdad?

El ciervo no respondió con palabras. No lo necesitaba. Su mirada hablaba con el peso de los siglos. Estaba orgulloso de ella.

Thoren se arrodilló junto a ella. Y sin pensarlo mucho, la abrazó con fuerza, como si al hacerlo agradeciera por la vida de su hermano.

Ara se quedó congelada. Su cuerpo rígido por un segundo.

Luego se sonrojó por completo. Pero no se apartó.

Solo le dio unas torpes palmadas en la espalda, algo desorientada, sin saber bien cómo actuar.

El ciervo se apartó apenas, dándoles espacio.

—Le salvaste la vida —dijo Thoren—. No sé cómo agradecerte esto.

Ara bajó la mirada.

—Yo tampoco lo sé. Solo… lo hice.

Kael, aún acostado, sonrió con debilidad.

—Creo que… tú también tienes un don.

Samvarg, al ver esto, se acercó un poco más y sopló levemente. Una nube de escarcha flotó desde su hocico y se deslizó hasta el rostro de Ara. Era fría… pero reconfortante. Como si el invierno le diera un beso de respeto.

Valgor, a su lado, emitió un rugido muy bajo. Luego, con una de sus pezuñas, arrancó una piedra brillante del suelo, cubierta de musgo, y la dejó a los pies de Ara.

Era su modo de decir “gracias”.

Ara, aún sorprendida, colocó una mano sobre la piedra y otra sobre su mejilla, tocando la escarcha que Samvarg le había dejado.

—No fue nada… de verdad.

La voz profunda de Valgor los rodeó, como un canto grave desde el fondo de la tierra:

“No es un don. Es un despertar. El lazo entre los guardianes y los elegidos es más fuerte de lo que imaginan”

El ciervo alzó la cabeza. Su silueta se recortaba contra los árboles como una constelación viviente.

Kael intentó incorporarse con ayuda de Thoren. Cuando lo hizo, Ara colocó una mano sobre su espalda, guiándolo con suavidad. El ciervo retrocedió unos pasos, pero solo para quedar al lado de Ara. Como si supiera que su tarea aún no había terminado.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Thoren, aún con la voz temblorosa.

Ara bajó la vista hacia sus manos, que aún vibraban con una energía cálida. Luego miró al ciervo. Y por primera vez, sintió que tenía un propósito.

—Ahora… seguimos adelante —dijo, con firmeza.

Kael la observó. Sonrió, esta vez con más fuerza.

—Contigo cerca… todo parece posible.