El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Un nuevo día #3
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Un nuevo día #3

Ara se enderezo de pronto, como si una corriente invisible la hubiera impulsado desde dentro. Sus pies descalzos apenas crujieron sobre la hierba húmeda del claro mientras avanzaba con determinación. Nadie intentó detenerla. Thoren, Kael, los titanes… todos la siguieron solo con la mirada.

A su lado, sin hacer ruido alguno, el ciervo caminó con ella.

Sus pasos eran tan suaves que ni el viento se inmutaba. Su cuerpo irradiaba una calma antigua, y su cornamenta —brillante como raíces de luna— temblaba levemente con la brisa. Se mantenía a su izquierda, como un guardián que no empuja, pero sostiene. Como si dijera: no estás sola.

El titán salvaje yacía aún con vida, respirando con esfuerzo, su enorme cuerpo tendido entre ramas rotas y sangre esparcida.

En su abdomen sobresalía la estaca de hielo que Kael había invocado en el fragor del combate.

No era una criatura dócil ni noble; su energía era violenta, caótica.

Pero su fragilidad en ese momento era innegable.

Sin esperar indicación alguna, Kael extendió una mano y deshizo el hielo con un susurro. La lanza cristalina se disolvió en agua pura, que corrió sobre la piel rugosa del salvaje como un río de disculpa.

Luego Ara, sin dudar, apoyó sus manos sobre la herida.

El ciervo no se apartó. Se quedó justo detrás de ella, su cabeza cerca, su presencia fuerte y silente como un faro. Las hojas del claro se agitaron suavemente alrededor de ambos, como si respondieran a una fuerza compartida.

Ara cerró los ojos.

El don en su interior se encendió nuevamente. Sus dedos comenzaron a brillar con una luz pálida, tibia. Su respiración se hizo profunda, medida. Estaba en sintonía. Con la tierra. Con la vida. Con el ciervo, que inclinó su cornamenta hacia ella y dejó que su energía la envolviera.

Pero algo no respondía.

La herida no reaccionaba. La carne no se regeneraba.

El calor de su luz parecía perderse en la espesura de aquella criatura salvaje, como si su alma se rehusara a aceptar la sanación.

Ara frunció el ceño. Sus dedos temblaban.

El ciervo bajó un poco la cabeza, tocando brevemente su espalda con el hocico, como dándole fuerza.

—Por favor… —susurró Ara, quebrada, repitiendo la súplica en voz baja—. Por favor… por favor…

El bosque contenía la respiración. Ni Samvarg ni Valgor se movían. Kael apretaba los puños. Thoren no decía nada, pero se inclinaba ligeramente hacia adelante, como si esperara que el milagro se hiciera real con solo desearlo más fuerte.

Y entonces… sucedió, la herida sano lentamente.

Cuando terminó, un bufido violento sacudió el aire. El titán exhaló con un rugido seco y profundo, levantando hojas y polvo. Ara dio un paso atrás, y el ciervo se colocó delante de ella, su pecho amplio protegiéndola sin agresión. Todos se tensaron, listos para intervenir.

Thoren alzó la voz con firmeza:

—¡Ara, aléjate!

Ella retrocedió instintivamente, sin perderlo de vista.

Pero el salvaje no atacó.

Se levantó con dificultad, como si despertara de un largo y doloroso letargo. Sus ojos, oscuros y profundos, se posaron un instante sobre Ara. Luego sobre el ciervo. Allí hubo un momento extraño. Un cruce de miradas entre criaturas que no hablaban, pero que sabían.

El salvaje dio media vuelta, huyo y más adelante se internó en el bosque sin mirar atrás. Su aliento humeante quedó en el aire como un eco de su paso.

Silencio.

—No agradeció… —dijo Ara en voz baja, más para sí misma que para los demás.

Valgor inclinó su cabeza y habló con voz de roca y raíz. Thoren, con voz reverente, tradujo:

—Dice: “No todos saben agradecer. Algunos aún no entienden su propósito en esta vida.”

El silencio que dejó la partida del salvaje resonaba aún en los árboles, como si la naturaleza misma contuviera la respiración.

Ara seguía con la mirada fija en el bosque donde desapareció el animal, su respiración agitada y su corazón latiendo con fuerza.

El eco de su súplica aún palpitaba en el aire: ese repetido “por favor” que se había ido fundiendo con el viento, hasta perderse.

Ara bajó la mirada. Y fue el ciervo, esta vez, quien se acercó. Colocó su frente contra su nuca. Solo un instante. Un gesto breve, poderoso. Ara exhaló profundamente y asintió, en paz.

—Sigamos —dijo, más serena.

Pero no había tiempo para quedarse en pensamientos.

Su mirada se desvió, recordando el verdadero motivo por el que habían llegado hasta aquí.

Dio un paso hacia la figura que permanecía tendida a escasos metros de ellos, sin movimiento alguno.

El segundo animal. El que habían venido a salvar.

El aire a su alrededor era distinto. Más frío.

Quieto. Su piel manchada de barro, sangre y cicatrices.

Tenía los ojos entreabiertos, inmóviles, sin reflejo.

Su pecho no se alzaba. Su espíritu ya no estaba. Ara lo supo incluso antes de tocarlo.

El ciervo se detuvo a unos pasos. Lo observó en silencio, como reconociendo lo que estaba ausente.

Aun así, Ara se arrodilló. Repitió el mismo gesto: sus manos, su don, su esperanza. Luz brotó de sus dedos. Recorrió las heridas. Las cerró. Pero fue en vano. No había alma allí.

Y ella lo sabía.

Aun así, no se rindió. Imploró. Lloró en silencio. El ciervo no se acercó. Se mantuvo quieto. En respeto. Porque incluso los seres eternos entienden el dolor del intento.

Ara no quiso creerlo. —No... aún hay tiempo… —susurró, como si pudiera convencer a la vida misma de regresar.

Colocó las manos sobre su costado, donde una herida abierta aún hablaba de la violencia que había sufrido.

Cerró los ojos, y como antes, dejó fluir su energía, la conexión antigua que parecía emerger desde su misma alma.

Sus manos brillaron tenues, pulsando con ese calor reconfortante que una vez había traído alivio.

Luz sobre las heridas. Cicatrices que se cerraban.

Grietas en la piel que sanaban lentamente.

Pero el cuerpo seguía igual de inmóvil. Frío. Mudo.

Pasaron minutos que se sintieron eternos.

Kael fue el primero en moverse. Se acercó sin palabras y se arrodilló a su izquierda. Luego Thoren, con igual suavidad, se colocó a su derecha. Ninguno de los dos intentó detenerla. Ninguno quiso empujarla a aceptar lo que ya sabía. Sólo estuvieron allí, presentes, como rocas cálidas a su lado.

Kael habló con una voz serena, baja, que se confundía con el murmullo de las hojas.

—Hiciste todo lo que podías, Ara. Más de lo que muchos habrían intentado.

Thoren agregó, tras un breve silencio: —No fue tu culpa. Él… ya estaba muy lejos cuando llegamos.

Ara apretó los labios, negando con la cabeza al principio, pero luego soltó una exhalación temblorosa. Sus hombros se sacudieron. Y entonces, sin mediar palabra, giró su cuerpo hacia Thoren y se abrazó a él. Su frente presionada contra su pecho, sus manos cerradas en su espalda.

Thoren, sin sorprenderse, sin interpretarlo más allá del dolor que sentía, alzó con suavidad sus brazos y la envolvió. Uno sobre su espalda, el otro sobre sus cabellos húmedos. No dijo nada. No era momento de palabras. Solo estuvo ahí, con ella, como una raíz firme.

Kael bajó la mirada, tocando con suavidad el lomo del animal caído, y le susurró algo inaudible, como si le diera las gracias por su tiempo en este mundo.

Los Titanes observaron en completo silencio.

La respiración pausada de Samvarg apenas levantaba una hoja del suelo.

El ciervo sereno les dio espacio a los tres.

Valgor inclinó su gran cabeza, cerrando los ojos por un instante.

Fue él quien finalmente habló, su voz grave resonando como un eco desde la tierra:

“La vida es un ciclo. A veces nos toca nacer. A veces partir. No cargues con aquello que no puedes cambiar. Su espíritu ahora descansa”

Thoren alzó la vista y lo escuchó con atención. Luego, giró ligeramente el rostro para traducírselo en voz baja a Ara. Ella apenas asintió, su rostro aún oculto.

—Ahora su espíritu descansa —agregó Kael, sin dejar de mirar al animal—. Bajo el mismo cielo, donde no hay dolor.

El ciervo, entonces, emitió un sonido leve. Un lamento apagado, profundo. Una despedida.

Y allí, en el corazón del bosque, entre la vida que huía y la muerte que se despedía, el grupo entendió algo sin decirlo: que su camino no siempre sería triunfante. Pero que cada paso, cada esfuerzo, cada intento, incluso los fallidos… también formaban parte del propósito que los unía.