Un nuevo día
Habían pasado ya tres días desde aquel entrenamiento.
La brisa fresca del amanecer acariciaba los cabellos de Ara cuando abrió los ojos.
Nadie más se había despertado aún. A unos metros, los titanes vigilaban en absoluto silencio, como centinelas atemporales.
Con delicadeza, se puso de pie. No quería despertar a Kael ni a Thoren.
El ciervo la siguió de inmediato, como si hubiese leído sus pensamientos.
Pero no todos dormían.
Thoren, aunque inmóvil, había despertado con el más leve crujido de hojas. Entreabrió los ojos apenas y vio la silueta de Ara perderse entre los árboles. Por un instante dudó. Luego se giró con sigilo, se puso de pie sin despertar a Kael, y se acercó a Samvarg y Valgor.
—La has visto irse —susurró a Samvarg.
El titán de hielo lo observó con sus ojos azules como glaciares eternos.
“No temas. Ella no está sola. Su guardián la acompaña” —Aún así… —Thoren bajó la mirada— ayer casi fui emboscado por una criatura salvaje. No me sentiré tranquilo si no sé que está a salvo.
Valgor emitió un murmullo grave, como el retumbar de la tierra.
“Haz lo que tu instinto te diga, joven Thoren. Nosotros vigilamos los caminos mayores”
Thoren asintió, agradecido. Se adentró en el bosque, tomando cuidado de no romper ramas ni pisar hojarasca seca. Avanzaba en silencio, como un cazador, aunque su presa no era más que una verdad: saber si Ara estaba bien.
La vio a lo lejos, entre los árboles. Caminaba con paso ligero, tocando los helechos con los dedos, mientras el ciervo avanzaba con la majestuosidad de un espíritu antiguo.
Ara no solo se movía por el bosque: lo despertaba.
A su paso, pequeños brotes florecían entre las grietas de la roca.
Unos hongos brillaban suavemente, como si su magia los llamara a saludarla.
Con un gesto movía las ramas que obstruían el camino, pero luego las devolvía a su lugar. No dejaba huellas. Solo armonía.
Thoren la siguió con el corazón calmado.
A ratos se detenía a observar cómo ella contemplaba un pájaro, o acariciaba la corteza de un árbol viejo.
Finalmente, comenzaron a oírse las aguas.
Una cascada se deslizaba por una grieta musgosa, alimentando un lago oculto entre rocas cubiertas de helechos.
Un remanso de paz. Ara había llegado a su destino.
Thoren la había perdido por un instante, y esto lo alarmo, cuando logro verla de nuevo se ocultó entre un grupo de arbustos y se acuclilló. Sonrió al verla sentarse sobre una piedra plana. El ciervo se echó cerca, dejando que la bruma matinal le acariciara el lomo.
Y entonces ocurrió.
Ara, creyéndose completamente sola, comenzó a desvestirse.
Thoren comprendió demasiado tarde lo que iba a suceder. Cuando bajó la mirada, ya era imposible no haber visto.
No fueron más que unos segundos, un instante robado al pudor, pero en ese destello su mirada captó algo más que piel.
Fue una imagen serena: el cuerpo de Ara, esculpido con la misma delicadeza que el bosque que la rodeaba.
No era una visión sexual, sino poética. Su figura era esbelta, de curvas sutiles y proporciones naturales, como las raíces que se aferran a la tierra con gracia.
Su piel, levemente iluminada por el sol filtrado entre las hojas, parecía brillar con la misma vida que había despertado en el camino.
Ara se sumergió en el lago con un leve salto, rompiendo el silencio con un susurro de agua.
Thoren, aún sonrojado, se giró completamente, apenado, molesto consigo mismo por no haberse apartado antes. No volvió a mirar. Esperó en silencio, con el rostro encendido de vergüenza, y luego regresó con sigilo hacia el claro, sin hacer ruido, sin contar lo sucedido.
Pasaron varios minutos hasta que Ara regresó, con el cabello mojado, la piel aún húmeda y el ánimo renovado.
El ciervo marchaba tranquilo a su lado, y sus pasos no dejaban huella alguna.
Al llegar, Kael ya preparaba el desayuno, removiendo un pequeño guisado con ayuda de su cuchillo y una vara improvisada.
Thoren estaba concentrado en cortar raíces dulces.
—¡Buenos días! —saludó Ara con energía.
Kael le devolvió una sonrisa.
—Buenos días, Ara. ¿Dormiste bien?
Kael la saludó de vuelta con calidez. Los titanes le ofrecieron una leve reverencia de reconocimiento. Thoren, en cambio, no levantó la vista. Se concentró en trocear raíces y mezclar hierbas en un cuenco improvisado.
—Sí… buenos días —dijo, fingiendo interés en su tarea.
Kael, curioso, le pidió a Ara ayuda con unas hierbas específicas que no lograba encontrar.
Ara comprendió al instante. Con una sonrisa serena, alzó la mano y las plantas comenzaron a crecer suavemente desde la tierra, extendiéndose hasta quedar a la altura justa.
Kael cortó con delicadeza lo necesario, agradeciéndole a ella y a la naturaleza en voz baja.
Ara giró la cabeza hacia Thoren.
—¿Todo bien contigo? No me has mirado en toda la mañana —dijo con dulzura.
Thoren se tensó, sonrojado, fingiendo concentración extrema.
—Sí… sólo tengo hambre, eso es todo —murmuró, sin atreverse a levantar la vista.
Ara entrecerró los ojos. No le creyó del todo, pero no insistió.
Durante el desayuno, Ara pareció más suelta. Bromeó un poco con los muchachos, y Kael le siguió el ritmo. Thoren, por su parte, se mantenía en silencio, rojo aún. Kael lo notó y se rio.
—¿Hoy te comieron la lengua los zorros del bosque, hermano?
—No, solo quiero desayunar tranquilo —murmuró Thoren.
Ara se rio suavemente, pero no dijo más. En su mirada, sin embargo, había un brillo distinto. Comprendía más de lo que decía.
Comieron, rieron un poco, y luego recogieron todo, eliminando cualquier rastro de su paso.
El bosque volvió a su estado original, con ayuda de Kael y Thoren, guiando la tierra y el agua como si nunca hubieran estado allí.
Como siempre, los titanes se levantaron después.
Ellos no comían con los humanos, pero con solo una brisa, un sorbo de agua, y el contacto con la tierra, recuperaban sus fuerzas.
Valgor absorbía energía de los minerales.
Samvarg se fortalecía con las partículas congeladas del aire.
El ciervo de Ara no necesitaba más que beber una vez y posar sus astas en el suelo: la Madre Naturaleza hacía el resto.
Eran guardianes eternos, más allá del hambre o el sueño.
Y aquel día, caminarían juntos otra vez.
Los tres avanzaban casi en formación, montando a lomos de sus titanes.
Samvarg, de treinta metros de hielo perpetuo, avanzaba en un galope elegante y silencioso, como si el peso del mundo no le afectara.
Sus patas dejaban un leve rastro de escarcha que se deshacía lentamente bajo la luz del sol.
Kael, en su lomo, tenía la mirada firme y el cuerpo relajado, como si el titán y él fueran una misma criatura.
Valgor, de cincuenta metros de roca viviente, seguía a su lado con el peso implacable de una montaña en movimiento.
Thoren se mantenía erguido sobre su lomo, una figura serena y contenida, con los ojos recorriendo el horizonte como un centinela, podía ver por encima de los árboles.
El titán de tierra parecía respirar con cada paso, sus placas de piedra crujían suavemente al encajar entre sí, como un coloso milenario que volvía a la vida.
Adelante de ambos iba Ara, sentada sobre la cerviz de su titán, un majestuoso ciervo de cuatro metros, cubierto de musgo brillante, ramas florecidas y pétalos que caían a su paso como si la primavera lo escoltara.
Era su primera vez cabalgándolo, y su rostro era el de una niña descubriendo un mundo nuevo.
Reía bajito, fascinada con la manera en que el cuerpo del ciervo vibraba bajo sus pies, con esa fuerza tranquila y profunda de la naturaleza.
Sus dedos acariciaban el lomo cálido, susurrando en voz baja como si temiera romper el encanto.
—¿Qué se siente? —preguntó Kael mirando hacia adelante.
Ara sonrió, sin poder contener el brillo en sus ojos.
—Como si la tierra me llevara en brazos… como si no existiera el miedo.
Kael le guiñó un ojo. Thoren, murmuró algo apenas audible.
—Disfrútalo. No siempre es así.
El camino se abría a cada paso de Ara. Ella extendía las manos y su poder fluía con una naturalidad creciente.
Las raíces se abrían, las ramas y los árboles se retiraban, la maleza se apartaba en paz, y luego, tras el paso de los titanes, todo volvía a su estado original.
La selva se cerraba como si jamás hubieran pasado por allí, sin herida alguna, sin daño, como una promesa silenciosa de equilibrio.
—Deberías hablar más, Thoren —bromeó Kael—. Tu voz no es tan mala como crees.
Thoren alzó una ceja.
—Y tú deberías callarte más. Tu voz es peor de lo que crees.
Ara se rio, tapándose los labios. Kael fingió estar ofendido.
—¡Eso dolió!
—No tanto como deberías —replicó Thoren, esbozando por primera vez en toda la mañana una pequeña sonrisa.
La charla continuó entre bromas y risas, con Ara empezando a soltarse más, compartiendo lo que sentía al ser escoltada por dos Titanes y sus jinetes, mientras Samvarg y Valgor caminaban con su ritmo poderoso y constante, como dos guardianes que comprendían el lenguaje del tiempo.
De repente, Thoren alzó la mano.
—Silencio.
Kael se detuvo a medio chiste.
—¿Otra vez con lo del silencio dramático?
Pero Valgor resopló con fuerza, levantando una nube de tierra, y los calló a todos con un bramido sordo, profundo, como el rugido de una montaña antes del derrumbe.
Kael entrecerró los ojos.
—¿Qué fue eso?
Thoren ya había cerrado los ojos, concentrado.
—Al este. Algo… grande.