El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Verde Insondable
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Verde Insondable

La mañana era húmeda y fragante. El bosque los envolvía con una serenidad apenas perturbada por el crujir suave de hojas bajo sus pasos.

A lo lejos, Samvarg y Valgor aguardaban en una pequeña llanura cubierta de niebla espesa.

El ciervo, como siempre, iba junto a Ara, su luz verde palpitando de forma constante, serena.

Kael caminaba a su lado, con los brazos cruzados a la espalda.

Thoren los observaba desde la sombra de un árbol más atrás, su mirada fija en ella.

—¿Entonces él te enseñara a usar tus poderes? —preguntó Thoren en voz baja, sin esperar respuesta.

Ara ni siquiera volteó. Solo alzó una mano, rozó las hojas cercanas, y estas se apartaron formando un arco de ramas abiertas por donde ella y Kael pasaron.

Thoren apretó los labios. No dijo más. Se quedó ahí mientras las ramas se cerraban tras ellos, impidiéndole seguir sin destrozar lo que la naturaleza acababa de construir.

Kael y Ara llegaron a una zona amplia donde los árboles formaban un claro perfecto. El sol se filtraba entre las copas como polvo dorado, y pequeños insectos danzaban en espirales brillantes. Allí, el ciervo se sentó sobre sus patas delanteras, y Kael se volvió hacia Ara.

—¿Quieres intentarlo? —preguntó, refiriéndose al flujo de energía elemental que ella aún no dominaba del todo para sanar sin agotar su vitalidad.

—Sí —respondió con seriedad—. Pero más que eso... quiero entenderlos. A ustedes. A los Titanes. A ti.

Kael frunció el ceño.

—¿A mí?

—Tu forma de observar, de callar. Siento que entiendes cosas que ni siquiera dices. Las conexiones con Samvarg, con el mundo… Necesito aprender eso.

Kael bajó la vista. Se quitó los guantes y dejó que el frío natural de su piel se filtrara al aire. Ara hizo lo mismo, tocando la tierra con la yema de sus dedos, permitiendo que raíces pequeñas se enroscaran en sus muñecas. Ambos se sentaron frente a frente.

—Estira tus manos —dijo Kael—. Deja que tu energía fluya, pero no la impongas. Escucha primero.

El ciervo observaba en silencio. Su luz aumentó levemente, como si aprobara la elección de Ara.

En la distancia, Thoren llegó al borde del claro, oculto tras unos arbustos. No quería interrumpir, pero tampoco entendía. Sentía que algo se le escapaba.

“¿Por qué Kael? ¿Por qué no me busca a mí?”, pensó con amargura. “¿No soy yo el que la protegió primero? ¿El que ha estado con ella desde que todo esto comenzó?”

Pero no había respuestas. Solo los murmullos de la naturaleza. Desde donde estaba, podía ver la concentración en el rostro de Ara, la serenidad de Kael mientras la guiaba. No había coqueteo, ni miradas intensas. Solo confianza.

A su lado, Valgor habló solo para él, su voz como un estruendo grave en su mente:

“Ella no te ha dejado. Solo busca lo que no puede encontrar en ti. Aún.”

Thoren bajó la mirada, el corazón enredado en pensamientos que no podía descifrar.

Mientras tanto, Ara logró por fin equilibrar su energía. Una flor marchita que Kael había traído como prueba floreció nuevamente en sus manos, suave y perfecta.

—¿Lo ves? —dijo Kael, apenas sonriendo.

—Lo vi —respondió Ara, con un destello de emoción.

Detrás, el ciervo iluminó su pecho con fuerza, orgulloso.

Kael se puso de pie y le ofreció la mano para ayudarla. Ella aceptó. Por un instante, sus palmas se tocaron sin urgencia ni deseo. Solo respeto.

Thoren dio un paso atrás. El silencio del bosque lo tragó mientras los dos seguían entrenando.

Kael rodeó el claro, con los ojos puestos en los árboles que los rodeaban.

—¿Has sentido eso? —preguntó de pronto.

Ara asintió. —Hay movimiento bajo tierra. Animales pequeños. Plantas respirando.

—Bien —dijo él—. Entonces puedes sentir sin ver. Ahora... imagina que en lugar de raíces y flores, hay enemigos ocultos. Espías. Cazadores.

La energía en el ambiente cambió.

Ara frunció el ceño, y la suavidad de su postura desapareció. Dio un paso atrás, separando los pies, dejando que el musgo creciera bajo sus plantas descalzas. El ciervo se levantó con un leve chasquido de ramas, alerta.

—¿Quieres que... ataque? —preguntó ella.

—Quiero que sepas cómo hacerlo. Y cuándo. —Kael abrió una palma, y una brisa gélida salió disparada hacia un tronco cercano. El árbol estalló en fragmentos de hielo y corteza.

Ara retrocedió un poco, pero no por miedo. Por sorpresa. Kael bajó la mano.

—Perdón. A veces olvido que el hielo... no avisa.

Ella no respondió. Solo entrecerró los ojos, pensativa. Después, extendió los brazos. Las raíces del suelo comenzaron a salir lentamente, gruesas, vivas. Se movieron como tentáculos antiguos y golpearon otro tronco cercano, reventándolo en una red de astillas verdes.

—Lo mío tampoco.

Kael asintió, satisfecho.

Desde el límite del claro, Thoren observaba todo en silencio. Apretaba el puño contra un árbol mientras su ceño se endurecía. Veía cómo Ara sonreía tras el impacto, cómo Kael respondía con una pequeña reverencia sarcástica, y cómo ambos se alineaban, uno frente al otro.

Entonces Kael dio la orden:

—Vamos a hacerlo juntos. No me detengas si me excedo.

Ara frunció el ceño. —¿Y si yo tampoco me detengo?

—Entonces mejor.

De pronto, Kael se deslizó hacia un lado, la escarcha brotando bajo sus pies.

Alzó los brazos, y decenas de lanzas de hielo surgieron en círculo a su alrededor.

Ara alzó las manos con rapidez, y una barrera de ramas gruesas creció como un domo a su alrededor.

El hielo chocó contra la madera, estallando en fragmentos que brillaban como cristales.

Ara no esperó. Abrió el domo con un rugido vegetal y disparó una ráfaga de espinas verdes directamente a Kael. Él apenas alcanzó a congelar el aire frente a él, creando un escudo helado que se quebró al segundo ataque.

—¡Más rápido! —gritó Kael.

Ara gritó de vuelta, y el suelo tembló. Dos lianas salieron disparadas bajo tierra, buscando sus tobillos. Kael saltó, giró en el aire, y lanzó una ráfaga gélida hacia el suelo. Una capa de hielo cubrió el terreno. Las raíces patinaron, Ara también, pero se mantuvo en pie.

Los dos se detuvieron, respirando agitados. Había sudor en la frente de Kael, hojas enredadas en el cabello de Ara.

El ciervo permanecía al borde del claro, su luz titilando con fuerza.

Desde el fondo del bosque, Thoren no podía moverse. No porque no quisiera, sino porque el suelo ya estaba agrietado. Valgor, desde la distancia, lo había contenido con una advertencia silenciosa.

“Ahora no.”

Thoren dio un paso atrás. Su mandíbula apretada. No entendía por qué sentía que estaba perdiendo algo. Algo que tal vez nunca fue suyo.

Ara se acercó a Kael, que se había apoyado en un árbol para recuperar el aliento. —Gracias —dijo ella, suave—. Necesitaba esto. No solo para aprender a defenderme… sino para saber hasta dónde puedo llegar.

Kael asintió.

—Y lo harás. Solo asegúrate de no perderte en ese “hasta dónde”.

Ella sonrió apenas. —¿Y tú? ¿Ya te perdiste?

Kael guardo silencio.

El aire estaba denso. No por calor, ni por humedad. Sino por expectativa.

Kael y Ara se movían con agilidad creciente, ya no como principiante y maestro, sino como dos fuerzas naturales enfrentadas.

Raíces chocaban contra hielo. Lianas se estrellaban contra estacas cristalinas. Las ramas estallaban al contacto con proyectiles de escarcha. La tierra se rajaba. El musgo se evaporaba en nubes de vapor helado.

—¡No te contengas! —gritó Kael mientras lanzaba una oleada de estalactitas como una tormenta horizontal.

Ara giró sobre sí misma, impulsada por una corriente de hojas y pétalos, y con un movimiento instintivo levantó los brazos. Pero esta vez, no creció una simple muralla de raíces.

No.

El claro entero pareció detenerse nuevamente por unos segundos.

Ara observo todo, sin moverse de su lugar, solo se encargó de apartar con enredaderas los fragmentos de hielo que iban directo hacia ella. Después encapsulo mucha energía dentro de ella.

Un sonido sordo, profundo, como si el bosque respirara.

Entonces… estalló.

Desde los pies de Ara brotó una explosión de luz verde y dorada, atravesando el suelo en un anillo perfecto. No eran raíces esta vez. Era energía pura, salvaje, antigua. Una fuerza que no venía solo de ella… sino de algo más profundo. Del Titán. De la tierra misma.

El impacto lanzó a Kael varios metros hacia atrás.

El hielo se derritió en segundos. Los árboles cercanos fueron empujados, doblados, sin quebrarse, pero sí agitados como si una tormenta hubiera estallado desde adentro.

El ciervo se alzó sobre dos patas, emitiendo un bramido de poder mientras se elevaba una franja de vida nueva a su alrededor.

Y luego… silencio.

Solo el canto lejano de un ave que no sabía que algo había ocurrido.

Ara estaba en el centro del cráter humeante. Jadeando. Las flores de su cabello marchitas por el esfuerzo. Su piel cubierta de una fina capa de savia brillante que se evaporaba lentamente.

Kael se acercó, sacudiendo fragmentos de corteza de su hombro. —¿Estás bien?

—Sí… creo que sí. Pero no sé… qué fue eso. —Ella miraba sus manos—. No lo controlé. Ni lo invoqué. Solo… lo sentí.

Kael miró alrededor. El claro estaba destrozado. No en ruinas, pero sí violentado.

—Fue como si… la tierra respondiera por ti —dijo él.

Ara se abrazó a sí misma, todavía temblando. —Eso me asusta un poco.

—Como debe ser —Kael sonrió con suavidad—. Lo que no te asusta, no lo respetas. Pero lo importante no es lo que hiciste… sino lo que harás con eso.

Se quedaron en silencio unos segundos más, mirando el daño causado. Las grietas. Las ramas torcidas. Las huellas de lo que había sido un poder desatado.

—Debemos repararlo —dijo Ara, aún con la voz baja.

—Sí. Siempre. No estamos aquí para destruir… solo para aprender.

Ambos se pusieron en marcha. Kael alzó los brazos, invocando una nevada ligera, que comenzó a cubrir las zonas secas, restaurando la humedad, reforzando los troncos.

Ara tocaba el suelo y pequeñas flores volvían a crecer, musgos esmeraldas retomaban su lugar.

Las raíces se recolocaban, lentamente, como siguiendo una memoria dormida.

El ciervo los ayudaba. Cada paso que daba hacía brotar un puñado de hierba donde antes hubo destrucción. Su luz danzaba entre los troncos como un eco de esperanza.

Finalmente, cuando el claro volvió a su forma original —no exacta, pero viva— Kael se arrodilló. Tocó el suelo con una mano, la otra sobre su corazón.

—Gracias —susurró—. Por permitirnos equivocarnos… y aprender. Por enseñarnos que incluso el poder más grande nace de la armonía… y no del orgullo.

Ara solo se quedó de pie a su lado, guardo silencio de manera respetuosa.

Ambos cerraron los ojos.

Y la brisa, cálida esta vez, recorrió el claro en una caricia lenta.

Kael se enderezo. Solo miró hacia los árboles... donde, sin saberlo, Thoren ya no estaba.

Detrás de ellos, el cadáver del mundo parecía más lejano. Solo un recuerdo entre hojas y escarcha.