Bajo la Llama Silenciosa
El cielo había comenzado a teñirse de índigo cuando Thoren encendió la hoguera. Bastaron unas cuantas ramas y un roce de su palma contra la tierra para que la chispa danzara. No había viento, solo una brisa suave que mecía las hojas como una canción de cuna ancestral.
Kael cocinaba con cuidado un guiso improvisado, usando raíces dulces, hongos gruesos y algunas bayas encontradas más temprano. Ara lo observaba desde su lugar, abrazando sus rodillas. El ciervo se acostó cerca del fuego, la cabeza gacha, tranquilo.
Samvarg se mantuvo a unos metros, recostado como una estatua viviente.
Sus ojos brillaban con la luz del fuego, pero su cuerpo de hielo no se derretía.
Solo respiraba en silencio, emitiendo una niebla azulada cada vez que exhalaba.
Valgor, por su parte, parecía una colina más, cubierto de musgo y raíces que se entrelazaban en su espalda pétrea. Siempre vigilando.
—Nunca pensé que cenaría al lado de un titán —dijo Thoren, dejando caer su peso sobre una roca—. Mucho menos de dos. ¿Y tú, Kael?
—Pensaba que moriría en la nieve antes de hablar con uno —respondió Kael con media sonrisa.
—Yo aún no puedo creer que sean reales—susurró Ara, casi como si hablara para sí.
Thoren se giró hacia ella, con una ceja alzada.
—¿Y ahora?
Ara tardó en responder. Su mirada se perdió en el fuego.
—Ahora creo que siempre estuvieron aquí… solo estaban dormidos. Esperando.
Kael asintió con lentitud.
—Esperando que alguien escuchara.
El aroma del guiso llenó el aire. Servido en cuencos improvisados con corteza endurecida, los tres comieron en silencio. No era un banquete, pero sabía a hogar.
El crepitar del fuego marcaba el ritmo de la noche. Las estrellas ya habían llenado el cielo. Una luna inmensa, rota en parte, se alzaba entre las nubes. El aire era fresco, pero no helado. Samvarg alzó el hocico, captando olores invisibles, y se relajó.
La noche fue generosa. El aire, tibio, portaba los últimos suspiros del crepúsculo mientras las brasas del fogón terminaban de morir con lentitud. El grupo había compartido la cena, algunas risas y silencios cómodos.
Cuando los muchachos comenzaron a levantar piedras y hielo para construir un refugio más íntimo para Ara, ella los detuvo con una voz tenue, dudando.
—¿Podría… quedarme con ustedes esta vez? —preguntó con un hilo de voz, más suave que de costumbre—. Sin el refugio.
Sus dedos jugueteaban con un tallo de flor que se había enredado en su muñeca. Su mirada iba de uno a otro, como si temiera una negativa.
Thoren y Kael se quedaron quietos. No supieron cómo reaccionar de inmediato. Fue Kael quien sonrió primero, sincero, sin reservas.
—Claro que sí, Ara. Quédate.
Thoren asintió también, algo más serio, pero con un brillo cálido en los ojos.
Ara hablo de nuevo:
—¿Creen que alguien más esté allá afuera? Como nosotros.
—¿Vivo? —preguntó Thoren.
—No. Despierto.
Kael bajó la mirada.
—Quiero creer que sí —dijo—. Y que estamos yendo hacia ellos.
Thoren se acostó junto a Valgor, usando su mochila como almohada. El titán de piedra ni se inmutó. Kael, en cambio, se quedó de pie un momento más, observando las estrellas. Samvarg se acercó y se sentó junto a él, como un centinela silencioso.
—Cuando esto termine —dijo Kael, apenas audible—, quiero construir algo. No destruir más. Solo... algo que dure.
Ara lo miró. Su expresión era imposible de leer, pero sus ojos reflejaban el fuego y la luna al mismo tiempo.
—Entonces asegúrate de sobrevivir —respondió con suavidad.
Kael la miró, sorprendido. Luego sonrió.
Ara se acostó junto al ciervo, apoyando la cabeza sobre su costado cálido. El animal ni se movió. El musgo bajo ellos era suave. La noche cayó con un suspiro.
La calma envolvió el claro como una canción ancestral. Solo se oían los grillos, el viento meciendo las copas, y la respiración pausada de quienes dormían en paz.