El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Susurros del Bosque Dormido
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Susurros del Bosque Dormido

El grupo avanzaba entre colinas verdes y senderos de tierra húmeda, el sol aún tibio filtrándose entre las hojas.

La armonía del entorno los acompañaba. A cada paso, el aire parecía más limpio, más antiguo, como si algo los observara.

Valgor y Samvarg caminaban con sus pesadas pisadas detrás de ellos, como dos guardianes de eras distintas.

Sus dedos de Ara rozaban las hojas al pasar, como si intentara sentir una memoria que se le escapaba entre los dedos.

Entonces, sin aviso, la tierra tembló.

Un silbido agudo cortó el aire, y desde la maleza explotó una criatura aberrante: un ser de raíces retorcidas y ojos de savia negra, con garras de piedra y musgo. Un rezago del bosque corrompido, nacido del desequilibrio entre los titanes. No hablaba, no pensaba. Solo atacaba.

Kael reaccionó de inmediato, interponiéndose entre la criatura y Ara.

—¡Thoren!

—¡Lo veo! —gritó el otro, ya invocando una lanza de piedra viva.

—¡Este no es un ser conocido, esta corrompido! ¡Debemos destruirlo! —aseguro Kael. Thoren asintió.

La criatura se abalanzó. Kael alzó su brazo y un muro de hielo emergió con un chasquido. Las garras lo partieron a la mitad. Samvarg gruñó, sus ojos fríos ardiendo. Pero no se movió sin permiso.

Valgor, desde atrás, retumbó con voz profunda:

“La corrupción es antigua… y testaruda. No es su culpa, pero debe ser detenida”

El ciervo se colocó frente a Ara, escudándola con su cuerpo resplandeciente.

Ara no gritó. No se movió. Solo observó.

En su interior, algo se estremeció... como si la violencia despertara una vibración dormida.

Pero no sabía cómo actuar. Sus manos temblaban, sus ojos fijos en Kael, quien ahora giraba con precisión alrededor del monstruo, cortándolo con cuchillas de escarcha que nacían de sus brazos.

—¡Thoren, ahora! —gritó Kael.

Thoren clavó su lanza de piedra justo cuando Kael lo congeló desde dentro. El ser se quebró como un árbol reseco. Sus restos se deshicieron en polvo húmedo.

El silencio regresó, espeso.

Kael bajó el brazo. Thoren exhaló.

—¿Estás bien? —preguntó Thoren a Ara.

Ella solo asintió, sin palabras. El ciervo disminuyó su luz, tranquilo.

Valgor se acercó un poco más, cada paso como un suspiro antiguo de montaña.

“La tierra despierta… como ella. Es un buen signo”

Samvarg lo secundó con voz grave, cristalina:

“No fue coincidencia. Ella debía estar con ustedes. El bosque lo sabe. La vida misma lo sabe”

Kael observó el polvo de la criatura en su guante.

—¿Tú crees que está aquí para ayudar? —preguntó en voz baja.

“No todo debe saberse hoy” respondió Samvarg “pero la luz que la protege… no brilla para destruir”

Thoren miró a Ara de reojo, mientras ella se agachaba, tocando un pétalo chamuscado del arbusto donde la criatura había emergido.

—Quizá... alguien la envió. Para algo. No sabemos qué, pero si fue protegida de esa forma, no puede ser con mal propósito —comentó Thoren.

Kael añadió, sin despegar la mirada de Ara:

—No tenemos certezas. Pero tenemos instinto. Y hasta ahora… no nos ha fallado.

Samvarg gruñó suavemente, como un eco gélido.

“Entonces sigan. Las respuestas no están aquí. Aún no”

Y sin más palabras, el grupo reanudó el paso. Esta vez, más atentos. Más unidos.

El bosque volvió al silencio, como si hubiera retenido el aliento durante el enfrentamiento.

Caminaron hasta que los árboles se abrieron en un claro escondido, bañado por la luz de la tarde.

Una pequeña cascada caía sobre rocas lisas, formando un estanque de agua cristalina.

Los rayos del sol atravesaban la neblina como si pintaran el aire.

Thoren levantó la mirada y sonrió, cansado.

—Bueno… si la vida nos da un rincón como este, no lo vamos a rechazar.

Kael asintió, sin decir palabra. Dejó caer su mochila y se acercó al agua. Samvarg lo siguió, se inclinó con elegancia y comenzó a beber. Su respiración helada formaba vapor.

Valgor se sentó con un ruido sordo, hundiendo parte del suelo. Musgo fresco comenzó a cubrir sus patas lentamente, como si la tierra lo reconociera.

Thoren tomó agua entre las manos y se la echó al rostro. Luego miró a Ara, que había permanecido en silencio todo el trayecto. Ella observaba el estanque. El ciervo caminaba a su lado, pausado.

Kael se le acercó. Esta vez con suavidad.

—¿Tú… alguna vez habías sentido algo parecido? —preguntó.

Ara lo miró, sus ojos aún opacos, pero vivos. Negó con lentitud.

—No con tanta claridad. Era como si algo... despertara. Pero no era mío. No del todo.

Kael se sentó junto a ella. Por un momento no hablaron. Solo escucharon la cascada. Las aves lejanas. El viento entre las ramas.

—A veces —dijo él—, me pregunto si lo que llevamos dentro es realmente nuestro. O si los titanes... o este mundo... solo nos usaron para recordarse a sí mismos.

—¿Y te molesta? —preguntó ella con una calma que sorprendió al propio Kael.

—No. No si al final sirve para algo bueno —respondió él.

Thoren, desde más atrás, bromeó:

—¿Y ese algo bueno eres tú?

Kael sonrió, sin mirarlo.

—Puede ser Ara… puede ser tú… o puede ser simplemente que esto no se repita.

Ara bajó la mirada al agua. La superficie le devolvía su reflejo, distorsionado por la corriente.

—Yo no quiero destruir nada —susurró ella, apenas audible—. Pero hay algo dentro que no sabe quedarse quieto.

El ciervo inclinó la cabeza y se tendió a su lado, como un perro leal. Ara apoyó la mano en su cuello, y por primera vez desde la noche anterior, cerró los ojos sin miedo.

Thoren los observó desde la distancia. Luego se acercó a Valgor. Tocó su pierna de roca como si tocara a un hermano mayor.

—Gracias por no aplastar nada hoy —bromeó.

Valgor soltó un ruido bajo, como un eco profundo.

“Las raíces no aplastan. Sostienen”

Thoren rio, secándose con una tela improvisada.

—Díselo a la criatura de antes.

Mientras la luz bajaba, Kael y Thoren, en silencio, hicieron su ritual de agradecimiento: Kael congeló parte del estanque en forma de espiral de escarcha. Thoren colocó tres piedras talladas con símbolos tribales alrededor.

Ara los miraba desde lejos, sentada junto al ciervo.

—¿Qué hacen? —preguntó al fin.

—Agradecemos a los elementos por no habernos quitado más de lo que nos dieron —explicó Thoren—. Es... una promesa. Seguimos aquí. No vamos a romper el equilibrio, ni, aunque el mundo nos empuje a ello.

Kael completó:

—Lo hacemos cada vez que sobrevivimos a algo que no entendemos del todo.

Ara asintió. Luego se acercó. Por primera vez, tocó una de las piedras.

—¿Puedo?

—Claro —dijo Thoren, sorprendido.

Ara cerró los ojos. No dijo nada. Pero la piedra bajo su palma floreció con un brote diminuto, verde y tímido.

Kael lo vio. No dijo nada.

Thoren tragó saliva.

El ciervo se acercó detrás de ella, orgulloso.

—¿Eso fue…? —empezó Thoren.

—Solo un susurro —dijo Ara sin mirarles—. Pero estoy empezando a escucharlo.