Donde la Naturaleza Obedece
El grupo avanzaba entre los gigantescos pilares vivientes del bosque antiguo, caminando en una formación dispareja.
Los árboles —padres del tiempo y la sombra— se alzaban con majestuosidad en todas direcciones, sus copas tocando casi el cielo, sus raíces entrelazadas con la tierra como si fueran venas del mundo mismo.
Bajo sus ramas danzaban tímidos haces de luz que se colaban entre el follaje espeso, pintando el sendero con retazos dorados.
Caminaron en un silencio que no era incómodo, pero sí denso, como si las emociones de la noche anterior aún colgaran del aire, suspendidas entre las ramas de los árboles milenarios.
Los cinco avanzaban con paso tranquilo, rodeados por la inmensidad del bosque.
Los rayos del sol se colaban entre el dosel, salpicando el suelo de luces danzantes.
El crujido de sus pisadas sobre hojas secas era casi lo único que rompía la calma.
Kael y Thoren caminaban junto a Samvarg, el lobo de hielo, que marchaba en paralelo con pasos sigilosos, atento a cada sonido del entorno. A pocos pasos detrás iban Valgor, firme como una montaña en movimiento.
Ara marchaba algunos metros por delante. Su andar era firme, aunque sutil. Cada uno de sus movimientos parecía integrarse con el entorno; su silueta, envuelta por la luz difusa, se asemejaba a la de una princesa del bosque, guiando a su séquito silencioso.
Kael ladeó la cabeza con un gesto sutil hacia Thoren, apuntando con la mirada a Ara. El mensaje era claro. Ve. Háblale.
Thoren resopló muy suavemente, con esa mezcla de resignación y nerviosismo tan suya. Negó apenas con la cabeza, murmurando entre dientes:
—¿Y qué quieres que le diga? No soy bueno con esto…
Pero Kael le mantuvo la mirada, con una leve sonrisa cargada de intención. Thoren bufó otra vez, vencido por la insistencia muda de su amigo, y aceleró el paso.
Con paso algo acelerado, sin correr, pero con decisión, Thoren acortó la distancia que lo separaba de Ara.
El sonido de sus botas sobre la hierba húmeda fue el único anuncio de su aproximación.
Ara no se detuvo, pero pareció percibirlo; ladeó apenas la cabeza, como quien está consciente de una presencia, pero no busca compañía.
Thoren caminó a su lado durante unos segundos. El silencio entre ambos se extendió como una tela tensa, delgada, esperando ser rasgada por alguna palabra.
Se aclaró la garganta, con torpeza. Ara no volteó, pero sus ojos se movieron de reojo, lo suficiente para que él notara que lo escuchaba.
—Eh… —comenzó, sin apuro, como si buscara las palabras en medio de la maleza— ¿Descansaste bien?
Ara no respondió.
—Quiero decir… noté que saliste del campamento esta mañana —añadió con suavidad, sin sonar inquisitivo—. ¿Estás bien? ¿A dónde fuiste?
Las palabras salieron una a una, sin peso, sin exigencias. Casi como si no esperara una respuesta real. Simplemente estaban ahí, flotando, ofreciéndose sin presionar.
Pero Ara no dijo nada. Siguió caminando, el rostro quieto, los labios cerrados. Su silencio no era hostil… pero sí hermético.
Thoren agachó un poco la cabeza, resignado. Aun así, antes de alejarse, murmuró con torpeza:
—Si… si en algún momento quieres hablar, o… decir algo… aquí estoy. Estoy para ti.
Y entonces se dio cuenta.
—Digo… nosotros. Nosotros estamos para ti. No solo yo. Bueno, sí, yo también, pero… nosotros. Todos.
La torpeza era tan evidente que él mismo se sonrojó con violencia, deseando desaparecer entre la maleza.
Ara siguió sin responder. Ni una sonrisa, ni una mirada. Nada.
Thoren dio un paso hacia atrás, decidido a regresar con los demás. Había intentado, pero claramente ella necesitaba más que palabras. Necesitaba espacio… o quizás respuestas que él no podía darle.
Pero antes de que pudiera girarse por completo, la voz de Ara se alzó. Suave, como una hoja rozando el agua.
—Los árboles son enormes, ¿verdad?
Thoren se detuvo y volteó con lentitud. Ella seguía mirando al frente.
—Parecen tocar el cielo —continuó—. Y el pasto… ¿lo ves? Cómo baila cuando el viento lo acaricia. Parece que todo el bosque respira con nosotros.
Él se acercó de nuevo, ahora en completo silencio, caminando a su lado.
—Me gusta esta paz —dijo ella, con un tono más cálido, casi nostálgico—. Me hace sentir… pequeña, pero también segura. Como si todo estuviera donde debe estar.
Mientras hablaba, señalaba con gestos suaves lo que describía: los rayos de luz entre las hojas, un árbol torcido cubierto de musgo, una flor solitaria creciendo entre piedras.
Thoren no interrumpió. Solo la escuchaba, viendo cada cosa que ella mencionaba con la misma atención con la que un niño escucha una historia antes de dormir.
Y entonces, sucedió.
Ara, de pronto, se detuvo, y sin pensarlo dos veces, tomó la mano de Thoren. La calidez de su palma lo sobresaltó, pero no mostró resistencia. Ella tiró ligeramente de él, con energía contenida, llevándolo hacia la arista del bosque, sin adentrarse del todo.
Avanzaron apenas unos metros. Ara se hincó sin decir nada. Cerró los ojos. Solo esperó.
Thoren parpadeó, confundido. Kael, más atrás, se detuvo también. Samvarg levantó las orejas. Los titanes observaron sin emitir juicio, pero atentos.
Y entonces… comenzaron a llegar.
De entre los árboles, del cielo, del suelo mismo, surgieron criaturas imposibles, majestuosas.
No simples animales, sino seres mitológicos de belleza inenarrable: linces con colmillos de cristal que brillaban como hielo bajo el sol, aves de plumas iridiscentes que cantaban sin sonido, zorros de tres colas envueltos en neblina dorada.
Cada uno se aproximaba a Ara con respeto, sin temor.
Rodeaban a los titanes, incluso a Kael, como si reconocieran su vínculo con ella.
Thoren observaba con la boca entreabierta, incapaz de hablar.
—Descubrí que… puedo llamarlos —dijo Ara con una sonrisa serena, sus ojos encendidos por una luz interior.
Thoren solo pudo asentir, incapaz de encontrar palabras.
Y como si eso no fuera suficiente, la tierra comenzó a responder también.
De la nada, brotaron flores. Ramilletes de tonos imposibles emergían del suelo, creando un anillo de vida alrededor de ellos.
Las criaturas fantásticas se apartaban con suavidad para dejar paso a la flora que crecía, como si entendieran que también ella tenía un lugar sagrado.
Ara miró sus manos, desconcertada.
—¿Sabías que podías hacer eso también? —preguntó Thoren, sin apartar los ojos de la escena.
Ella asintió con la cabeza, pero aún sorprendida.
Entonces, se puso de pie y alzó la mirada hacia el bosque. Levantó una mano, abierta, hacia los árboles.
Y estos… respondieron.
Con crujidos profundos, como si despertaran de un largo sueño, se movieron. Se hicieron a un lado, sus ramas y raíces retirándose con precisión. En cuestión de segundos, se abrió un sendero amplio, directo, claro. Perfecto incluso para que Valgor pudiera avanzar sin dificultad.
Todos guardaron silencio ante la escena.
Ara bajó la mano y la miró unos segundos, como si no terminara de creer lo que acababa de hacer.
Fue entonces cuando ambos notaron cómo, lentamente, la piel de su pantorrilla comenzaba a iluminarse.
Una marca tribal, con formas que evocaban hojas, raíces y corrientes de viento, se formaba con brillo esmeralda.
Se revelaba a sí mismo como si siempre hubiese estado allí, esperando.
Ara la contempló por un momento y luego giró hacia Thoren. Lo miró directamente a los ojos. No sonrió. No lloró.
Solo dijo:
—Gracias.
Un "gracias" que significaba todo. Gracias por hablar. Gracias por estar. Gracias por no dejarla sola.
Y Thoren, por una vez, no dijo nada. No hacía falta.
Detrás de ellos, Kael se acercó lentamente, Samvarg a su lado, observando a las criaturas que aún los rodeaban. Los titanes contemplaban la escena con esa sabiduría silenciosa que siempre los acompañaba.
El bosque respiraba.
Y por primera vez en mucho tiempo, también lo hacía Ara.
La senda se abría frente a ellos, no por capricho del bosque, sino por la voluntad recién despertada de Ara.
Sus dedos, al rozar la vegetación, no arrancaban hojas ni quebraban ramas; simplemente bastaba con su cercanía para que el follaje retrocediera con un suave murmullo, como si reconociera algo en ella.
Cada paso que daba hacía que raíces se apartaran, que enredaderas se deslizaran hacia un lado, despejando el camino.
Sin embargo, con cada metro que avanzaban, no disminuían sus dudas: aumentaban.
¿Por qué ella?
¿Qué eran esos dones?
¿Por qué no recordaba nada?
¿Qué hacía sola en medio del bosque, dentro de una cápsula que no parecía de este mundo?
Ya no lideraba el grupo. Caminaba a la par de Kael y Thoren, uno a cada lado. No se sentía parte, pero tampoco ajena. Detrás de ellos, Samvarg y Valgor custodiaban en silencio, colosales y majestuosos, verdaderas leyendas vivientes.
Samvarg, el lobo de hielo, tenía un andar etéreo, su pelaje blanco azulino despedía una neblina suave con cada exhalación, como si su aliento perteneciera al invierno eterno.
Sus ojos eran como glaciares vivos, conscientes.
Imponente, elegante, imposible de ignorar.
Se desplazaba sin esfuerzo, como si el suelo mismo se congelara un instante para recibir sus patas.
Valgor, el titán de tierra, parecía haber surgido del corazón de una montaña.
Con su silueta robusta, formada por placas de roca viva y musgos milenarios, cada paso que daba hacía vibrar el suelo, pero jamás con violencia.
Era una fuerza que no pedía permiso para existir.
Su mirada era un par de cuevas iluminadas desde dentro por sabiduría ancestral.
El grupo avanzaba por una especie de pasadizo natural, un corredor vivo formado por árboles altos y espesos, cubiertos de líquenes y flores que se abrían al paso de Ara como si quisieran saludarla. Pero ni las maravillas del paisaje lograban calmar del todo su mente.
Kael rompió el silencio.