Aquello Que Despierta
Primero vino el murmullo.
No fue un sonido claro. Más bien un eco, un arrullo perdido entre los árboles, como si el mismo bosque respirara bajo su piel.
Y luego, la imagen.
Deshilachada, opaca, carente de forma. Como si sus sueños hubieran sido lanzados a un río, y ella solo alcanzara a ver los fragmentos flotando a la deriva.
Un haz de luz verde cruzando una espesura antigua, edificios cubiertos de raíces flotando en un cielo imposible, una ciudad suspendida como una promesa rota.
Después, el caos. Un grito mudo. Rayos hendiendo el cielo. Cuerpos cayendo.
Kael, inmóvil. La nieve derretida sobre su rostro, los ojos abiertos, vacíos, con la mitad del rostro cubierto de sangre y hielo.
Thoren, de pie, por orgullo más que por fuerza, el pecho colapsado, el escudo partido como una promesa rota.
Y ella. Viéndose a sí misma en un espejo de agua turbia. Desfigurada. Muerta.
Ara despertó de golpe, con el corazón latiendo como si hubiese corrido por siglos. El refugio aún estaba allí. La calidez del abrigo natural, los muros de hielo y piedra diseñados con ternura por manos jóvenes y poderosas. Pero nada la consolaba.
Sentía... algo dentro. Algo que no sabía nombrar.
Se levantó sin hacer ruido, aún con el sudor en la frente y el aliento corto. Sus pasos eran tan livianos como los de un animal asustado. Salió del refugio con el alma en la garganta.
La noche aún dormía. Pero no por mucho.
Los primeros trazos del amanecer comenzaban a pintar el horizonte de azul desleído.
Frente a ella, dos montañas. Colosales. Inmóviles. Valgor, hecho de piedra, con líquenes brillando en sus grietas como luciérnagas atrapadas. Samvarg, blanco como la escarcha, con el lomo aún cubierto por pequeños cristales de hielo que no se derretían.
No se movieron. No emitieron palabra. Pero sus ojos, medio cerrados, la seguían.
Ella lo sintió. O quizás no de forma consciente, pero algo en su piel supo que no estaba sola, aunque lo deseara.
Avanzó sin dirección clara, cruzando el bosque con pasos lentos, casi rituales. Alejándose del refugio y los únicos que tal vez podrían protegerla. Aun así, continúo. El crujir de las hojas secas no la asustaba. Pero sí la soledad.
Se detuvo junto a un claro donde los árboles se abrían como si el mundo le ofreciera un lugar para caer. Y cayó. De rodillas. Sin gritar. Sin rabia.
Solo las lágrimas silenciosas de alguien que no sabe ni por qué llora.
—¿Quién soy…?
Su voz se quebró, apenas un susurro.
La niebla del amanecer se enredaba en su cabello como dedos invisibles. El viento pasaba entre los árboles con el respeto de quien cruza un santuario.
Poco a poco, las criaturas se acercaron.
Un mapache joven, con astas que aún no endurecían. Un zorro ágil, de pelaje canela. Un par de aves con alas translúcidas. Una liebre con ojos brillantes.
No eran presencias invasivas. Solo compañía.
La rodearon con cuidado, con respeto. Ara no retrocedió. Los dejó venir. Sintió que de alguna manera la conocían. Que estaban ahí para ella.
—¿Por qué me siento así? —preguntó, con los ojos llenos de humedad—. ¿Por qué los vi… a ellos… muertos?
La imagen del reflejo muerto la estremeció. Su propia cara, vacía, sin luz.
—Díganme algo… lo que sea… —susurró entre sollozos.
Pero nadie respondió. Solo el viento, solo el calor de los animales junto a ella. Su llanto se hizo más profundo, contenido. Una tristeza limpia, que no gritaba, pero dolía.
Los titanes, aún a la distancia, también sabían, sentían su pena.
Valgor:
“El dolor humano es como el magma. Se esconde bajo la roca... pero cuando emerge, transforma la tierra.”
Samvarg:
“Debe llorar. Porque el alma que no llora, se pudre.”
Ambos colosos no se acercaron. No porque no la amaran. Sino porque sabían que ese momento era suyo.
Kael no lo entendería. Thoren tampoco. Pero ellos sí. Ambos la siguieron, no con pasos, sino con presencia. El tipo de vigilancia que no aprisiona, sino protege.
Ara, entre lágrimas, alzó el rostro. Ya no tenía más que dar. Más que pensar.
Por alguna extraña razón, coloco sus manos sobre la hierba y cerró los ojos. Esperó y la naturaleza respondió, pequeñas y hermosas flores emergieron por su simple pensamiento.
Ara se asombró, no lo tenía planeado, pero sucedió. Iba a intentarlo de nuevo.
Entonces lo vio.
Un destello verde cruzando entre los árboles. Rápido. Efímero. Una línea de luz que cortó el aire y desapareció.
Contuvo el aliento.
—Eso… eso es lo que ellos vieron —susurró.
Sin pensarlo, se levantó y comenzó a caminar dudosa hacia allá. De nuevo lo vio, por un segundo. Por lo que pronto comenzó a trotar y después a correr.
El suelo era húmedo, las raíces traicioneras, pero sus pasos no vacilaron. Corrió sin dirección exacta, como si su alma supiera a dónde ir aunque su mente no lo comprendiera.
—¡Muéstrate! ¡Por favor!
Nada.
Siguió corriendo. Tropezó. Se levantó. Se detuvo. Miró en todas direcciones.
Silencio.
Ni la luz. Ni un susurro. Sólo el canto de un ave lejana.
Su respiración era un torbellino. Su pecho subía y bajaba con fuerza. El cabello revuelto sobre el rostro.
—No… no puede ser que haya sido solo eso…
Y se dejó caer. Se sentó en el musgo. La frente apoyada en sus rodillas. La decepción pesaba más que el cansancio.
—
Mientras tanto, Kael despertaba.
Observo que la puerta del refugio estaba abierta.
—¿Ara?
Silencio.
Se levantó, tanteó la zona. Nada.
Corrió hacia Thoren, aún dormido.
—¡Thoren! ¡No está!
El joven se incorporó como si lo hubieran herido.
—¿Qué dijiste?
—No está.
Thoren maldijo, se puso de pie, revisó las huellas, tensó la mandíbula.
—¡No puede ser! ¿Cómo dejaron que se fuera?
Los titanes, tranquilos, respondieron.
Valgor.
“No se fue. Se buscó a sí misma.”
Samvarg.
“Ninguna flor crece a la sombra del miedo. Ella necesitaba espacio.”
—¡Y si algo le pasaba! —rugió Thoren.
Valgor.
“No permitimos que eso ocurriera. Su presencia aún vibra en la tierra.”
Kael colocó una mano en el hombro de su amigo. —Está bien, Thoren. Solo… confía.
Thoren no respondió. Estaba a punto de internarse en el bosque cuando, desde la espesura, emergió la silueta conocida.
Entonces, entre la niebla, una silueta emergió.
Ara.
Caminaba despacio. El cabello ligeramente húmedo. El rostro en sombras. Pero en sus brazos… ingredientes del bosque. Raíces. Hojas comestibles. Flores secas.
Se acercó hasta ellos. Los vio a ambos.
No se disculpó. No explicó. Solo dijo:
—Traje más ingredientes. ¿Podrías preparar… más de lo de ayer? Estuvo… delicioso.
El corazón de Thoren bajó su ritmo. La rabia se deshizo como humo.
Sonrió. —Claro. Será un honor.
Kael la miró. Notó el brillo húmedo en sus ojos. La forma en que evitaba sus miradas.
Ara giró el rostro, ocultándolo con su cabello. Y por ahora, eso bastó.