Donde la Naturaleza Obedece #2
—¿Crees que puedas hacer que un árbol entero se mueva para no dar sombra? —dijo en tono juguetón, señalando un roble imponente que eclipsaba el sol.
Ara lo miró con una mezcla de incredulidad y ligera sonrisa.
—¿Y para qué querría yo hacer algo así?
—No lo sé — continuo Kael con voz suave—. Pero si puedes abrir un sendero con solo caminar, no me sorprendería si pronto haces llover o cantar a los pájaros con un parpadeo.
—O hacer que deje de hablar Kael —agregó Thoren con un suspiro teatral.
Rieron. Ella también.
Fue un instante cálido. De esos que no parecen pertenecer al mundo roto del que venían.
—¿No les parece... raro? —dijo Ara más seria, bajando el tono—. Todo esto... el bosque, la cápsula, yo...
—Claro que es raro —respondió Kael—. Pero eso no significa que esté mal.
—Nada que nace de la tierra sin violencia está mal —añadió Thoren, mirando al frente—. Es el mundo el que está desequilibrado, no tú.
Valgor gruñó suavemente. No fue un gruñido hostil, sino una vibración grave que resonó como un canto antiguo.
Kael cerró los ojos un instante, concentrándose.
—Valgor dice… que no fue coincidencia. Que el bosque mismo deseaba encontrarte.
—¿El bosque? —preguntó Ara, intrigada.
—La tierra siente. Recuerda. Él lo dice todo el tiempo —explicó Thoren, sin necesidad de traducción—. Y ahora dice que tu presencia ha despertado memorias dormidas.
Samvarg detuvo su andar un momento. Un aullido bajo, casi un suspiro, escapó de su garganta.
Kael interpretó.
—Dice que... hay fragmentos de hielo antiguo en ti. Algo anterior incluso a sus recuerdos. Algo que no logra entender... pero que lo conmueve.
Ara se quedó en silencio. No sabía qué hacer con tanta información. No quería hacer preguntas que no tenían respuestas. De nuevo su rostro se volvió más reservado. Kael notó la tensión en sus hombros.
—Hey, no te encierres —dijo él—. Estamos aquí contigo. No tienes que resolverlo todo ahora.
—Ni sola —añadió Thoren.
Ara asintió despacio. No dijo nada más, pero se acercó un poco más a ellos. Lo notaron. Lo valoraron.
La conversación se desvió a temas menos profundos.
Kael intentó un par de chistes más, algunos malos, otros peores.
Thoren lanzaba comentarios sarcásticos, pero no crueles.
Ara se limitaba a sonreír, a veces a responder con frases cortas.
Era su modo de decir “aquí estoy”, aunque no se sintiera completa.
Las horas pasaron sin notarlo. Decidieron comer sin detenerse, una pausa breve al borde de un claro, bajo un árbol frondoso. Thoren improvisó otra de sus recetas, esta vez usando unas raíces aromáticas que Valgor había “sugerido” al hundir una pezuña en la tierra. El aroma era embriagador.
—Si alguna vez esto de salvar el mundo no funciona, puedes montar una cocina ambulante —dijo Kael mientras masticaba.
—No es mala idea —agregó Ara, relamiéndose los labios.
Thoren se sonrojó un poco.
—Deberían ver lo que puedo hacer con hongos de lava. Pero eso en otra ocasión.
Rieron. Comieron. Hablaron de tonterías. Por un momento, la pesadez del pasado y el misterio del futuro quedaron suspendidos.
Pero no por mucho.
Con el paso de las horas, las palabras fueron menguando. El cansancio se hacía sentir, físico y emocional. Las conversaciones se agotaban como se agota el agua en un cuenco agrietado. Al atardecer, entre luces anaranjadas y el canto lejano de aves nocturnas, decidieron detenerse.
Thoren fue el primero en hablar.
—Deberíamos descansar. Sobre todo tú, Ara.
Ella lo miró con agradecimiento. Nadie protestó. Todos estaban igual de agotados.
Kael y Thoren se pusieron manos a la obra. Fabricaron un nuevo refugio para Ara. No igual al del día anterior, pero igual de acogedor: hojas suaves, ramas curvas que parecían tejidas a mano, musgo perfumado.
Alrededor de una fogata cálida, cenaron juntos la segunda receta del día. Otra genialidad de Thoren. Esta vez, una especie de estofado de raíces dulces y frutos secos.
—No quiero exagerar —dijo Kael saboreando—. Pero si esto no es magia, no sé qué lo es.
Ara asintió.
—Está delicioso… gracias, Thoren.
—Me van a hacer sonrojar, ya basta —gruñó el aludido, ocultando una sonrisa.
Hablaron un poco más, bajo la luz del fuego, con Samvarg echado cerca, observando en silencio, como un espíritu guardián, y Valgor sentado más atrás, como una montaña viva que no necesitaba moverse para ser respetada.
Pero la noche avanzó.
Ara se levantó con suavidad.
—Voy a dormir... Buenas noches.
—Buenas noches, Ara —dijeron los dos al unísono.
Ella entró en su refugio. Se recostó. Escuchó el crepitar de la fogata, el canto de los insectos, los murmullos lejanos del bosque.
Minutos después, Kael y Thoren también se recostaron cerca, junto al fuego, en sus respectivos espacios improvisados.
Samvarg y Valgor tomaron posición en los extremos del claro. Silenciosos. Inamovibles. Centinelas.
Y así, bajo un cielo estrellado y una calma que no era ausencia de peligro sino la presencia de algo más profundo… cerraron los ojos.
Todos.
Menos el bosque.
Menos el destino.
Que seguía acechando, esperando el momento para mostrar lo que aún ocultaba.
Habían pasado cerca de cuatro horas cuando, de repente, el refugio de Ara comenzó a iluminarse con un resplandor tenue, como si alguien se aproximara con una lámpara etérea.
No era una luz común. Tenía un tono verde profundo, cálido y a la vez antiguo, como si hubiera nacido de la misma raíz del bosque.
Poco a poco se hacía más intensa, más cercana, proyectando danzantes sombras sobre las paredes de piedra y hielo.
Hasta que, de pronto, el movimiento se detuvo. Pero la luz… la luz permaneció.
El brillo fue tal que atravesó incluso los párpados de Ara, quien dormía profundamente. Sus ojos, primero apenas entreabiertos, se abrieron rápido al reconocer que aquella claridad no era natural. Se incorporó de golpe, alerta. Algo estaba afuera.
Sabía que no eran los muchachos. Aunque hacía poco que los conocía, confiaba en ellos, en su respeto hacia ella, en la privacidad que le ofrecían. No la espiarían. Esa idea se desvaneció en un instante.
Entonces lo recordó.
La luz en el bosque.
La misma que Kael mencionó.
Ahora estaba ahí. A solo unos pasos. Separada por una pared helada.
Con movimientos cuidadosos, conteniendo incluso su respiración, se acercó a la puerta. No quería espantarla. Temía que cualquier sonido la ahuyentara, como antes. La abrió lentamente, pidiendo que esa decisión no la alejara otra vez.
Pero no. Esa luz ya no huía. Esa luz ahora la esperaba.
Al abrir la puerta por completo, Ara vio ante ella una figura envuelta en luz verde. Tardó unos segundos en distinguir su forma, porque el resplandor era suave pero cegador. Luego lo vio.
Un ciervo.
Un ciervo cubierto de luz. No común. No natural.
Era un ser fantástico, como arrancado de una leyenda ancestral.
Su pelaje parecía tejido de hojas eternas y cristal de luna.
De su lomo brotaba una neblina esmeralda, y de sus patas, raíces luminiscentes rozaban la nieve sin marcarla.
Tenía cuatro metros de altura, pero desde el umbral Ara solo podía verle el pecho.
Tuvo que dar un paso fuera para alzar la vista y ver sus inmensas astas: ramas celestiales, curvas, enredadas en sí mismas como si atraparan secretos del bosque en cada bifurcación.
El ciervo bajó ligeramente su resplandor, como si supiera que la luz podía herir. Como si le hablara con gestos, no con palabras.
Ara se quedó ahí, quieta. Él también. Ninguno se movió por largos segundos.
En el campamento, la luz también alcanzó los ojos de Kael, obligándolo a despertar con un gesto tenso. Parpadeó, confundido, hasta que distinguió el resplandor.
—¿Thoren...? —susurró, aún entumecido por el sueño. Al no obtener respuesta, murmuró un poco más fuerte—. Thoren.
—¿Qué… qué? —respondió Thoren, sobresaltado, dando un brinco. Su voz temblaba. Vio la luz y se giró bruscamente hacia su origen. Ara y el ciervo lo miraron fugazmente por el sonido, pero sin incomodidad. Luego volvieron a verse.
—¿Un…? ¿Un ciervo...? —musitó, como si fuera un niño reconociendo por primera vez una criatura de un libro de leyendas.
—Vaya, has estado en mejores momentos, cazador —ironizó Kael, mientras se levantaba y se acercaba lentamente, sin romper la distancia. Había algo sagrado en esa escena.
Thoren lo siguió, torpe, pisando mal la capa de pieles y nieve, acercándose un poco más para observar mejor la escena.
Ara alzó lentamente la mano. Sus dedos temblaban, pero no de miedo, sino de una emoción profunda, inexplicable. El ciervo no se movió. Solo la observó con ojos como espejos de jade. Aceptó.
Ella lo acarició con suavidad, con la reverencia que se le da a lo sagrado. Tocó su cuello, su pecho, hasta donde la altura le permitía. El tacto era tibio, casi vivo, como si tocara un espíritu encarnado.
—¿Puedes… hablar conmigo? —preguntó en voz baja, con un leve titubeo. Su voz apenas era un susurro, temerosa de romper la magia.
El ciervo no respondió con sonido. Pero su luz bajó levemente, como si respondiera con un gesto. Ara siguió acariciándolo, intentando entender. Sus cejas se fruncieron.
Samvarg se levantó de donde reposaba, atento, con el pelaje erizado. Se acercó hasta donde estaba Kael, sin emitir sonido, pero con la mirada fija en el ciervo. Luego, giró hacia Kael. Este asintió apenas, comprendiendo.
—No puede hablar, Ara —dijo Kael, con tono tranquilo—. O quizás nunca ha podido. Nosotros tampoco podemos oírlo… ni los titanes.
Al oírlo, Ara bajó la cabeza. Dejó de acariciarlo por un momento. Cerró los ojos. Una leve decepción se dibujó en su rostro, como si algo en su interior se hubiera quebrado.
El ciervo observó esto en silencio.
Entonces, lentamente, bajó su cabeza enorme hasta la altura de Ara. Su hocico se acercó con suavidad, y lo apoyó delicadamente sobre su frente.
Ara no abrió los ojos. Al contrario. Al sentir la respiración pausada del ciervo contra su piel, los apretó con más fuerza. Como si el contacto la abrazara.
No hacían falta palabras.
Ella comprendió.
Él también.
Y en respuesta, Ara apoyó su rostro contra el hocico tibio del ciervo, permitiendo que su energía la envolviera. Levantó su mano y volvió a acariciarlo, esta vez sin tristeza. El brillo del ciervo se intensificó como si la rodeara con un manto de luz, como si la abrazara entero.
Y en ese instante, el bosque pareció contener el aliento.
Una muchacha rota, un ciervo de luz, un lobo de hielo, un coloso de piedra, y dos chicos que lo habían perdido todo… compartiendo silencio bajo la noche estrellada.
Nadie habló más.
Porque ya no hacía falta.
Entonces, ocurrió el saludo.
Fue silencioso. Majestuoso. Valgor y Samvarg se acercaron lentamente a ellos, posando sus inmensos ojos primigenios sobre el ciervo y sobre Ara.
La bestia de tierra agachó su frente como si tocara invisible suelo sagrado.
Samvarg no se inclinó, pero cerró sus ojos por un instante largo, como si recordara algo que solo los antiguos recuerdan.
Del otro lado del claro, el ciervo de luz se incorporó con delicadeza, estirando su largo cuello cristalino. Su cornamenta luminosa titiló en un ritmo casi ceremonial. No fue solo un gesto, fue una presentación, fue una aceptación.
Los titanes y el ciervo, por un momento eterno, se reconocieron.
Y la vida siguió su curso.